Relacion historica de los sucesos de la rebelion de Jose Gabriel - Anonymous
En esta ocasion llego a manos de Orellana una carta de un indio
principal de Acora, avisandole que los rebeldes de aquella parte que se
habian retirado hasta Ylabe y Juli, reforzados con los de la provincia
de Pacajes, venian otra vez marchando sobre aquel pueblo, con animo de
vengar en sus indios la resistencia que habian hecho de seguir su
partido. Para sostenerlos, dispuso marchasen las companias que considero
bastantes, a fin de que no fuesen sacrificados por los contrarios, pero
depuso este pensamiento con la noticia que adquirio de que su verdadero
designio era volver otra vez sobre Puno, para atacarle de nuevo con
todas las fuerzas que habia reunido, lo mismo que habia ya recelado por
el contesto de tres edictos librados por Pascual Alarapita y Pedro Ruiz
Condori, que pocos dias antes se aprendieron a una india que los
conducia. Trato desde luego no omitir prevencion alguna de las que tenia
premeditadas para esperarlos y resistirlos. Reparo con mayor cuidado las
fortificaciones que habia hecho anteriormente, y tomo todas las
precauciones que le dictaba la experiencia adquirida en los ataques
antecedentes, fundando en ella solamente la esperanza de mantener aquel
puesto, salvar su propia vida y la de todos los que le acompanaban,
porque cerrados los caminos y toda comunicacion por los enemigos con la
ciudad de la Paz y otras partes, no podian contar sino con el valor y
constancia de sus tropas.
Acercaronse finalmente los enemigos hasta la ciudad de Chucuito, donde
se mantuvieron algunos dias esperando las resoluciones de Diego
Tupac-Amaru, que se hallaba en la provincia de Lampa, a la cabeza de un
considerable trozo de enemigos. Tento Orellana ganar a Pascual
Alarapita, por la suavidad: escribiole, persuadiendole pidiese el
perdon, y se acogiese bajo las banderas del Soberano, poniendo a su
devocion la provincia de Chucuito, y que entregase a cualquiera que con
su influjo intentase destruir este pensamiento: pero el obstinado en sus
delitos y lleno de soberbia, no quiso contestar, y solo en una esquela
que escribio al prisionero Isidro Mamani, hizo mencion de la carta, para
asegurarle con osadia, que sin leerla la habia entregado a las llamas
anadiendole muchas amenazas contra Orellana y los demas que intentaban
defender a Puno; de modo que ya no dejaba duda que su intento era
reunirse con el cuerpo de rebeldes, mandado por Diego Tupac-Amaru, y
juntos atacar con todo el esfuerzo posible aquella villa. En este
aprieto determino Orellana por ultimo recurso, despachar un
extraordinario al corregidor de Arequipa, pidiendo le auxiliase con
gente, viveres y municiones, a cuya practica no dieron lugar las
ocurrencias posteriores.
Apresuro Diego Tupac-Amaru cuanto pudo sus prevenciones, y se aparecio
con todas sus fuerzas el dia 7 de Mayo, en las alturas inmediatas a
Puno, mandando extender las tropas por aquellas montanas al estruendo de
la artilleria, cajas y clarines. No se descuido Orellana en tomar
cuantas prevenciones considero oportunas para evitar el ser sorprendido
aquella noche, pero el enemigo no hizo movimiento alguno; hasta la una
de la tarde del dia siguiente, que se puso en marcha para atacar los
indios fieles que estaban apostados en el Cerro del Azogue, y habiendo
conseguido desalojarlos, bajaron en su seguimiento hasta el Castillo de
Santa Barbara, con tanto impetu, que fue preciso saliese la guarnicion a
sostenerlos, empezando de este modo la accion por aquel lado, que en
breve se hizo general, y fue preciso oponerles la caballeria por la
parte de la campana, y destacar algunos piquetes de fusileros para
contenerlos cerca la iglesia de San Juan, donde hacian sus mayores
esfuerzos para ocupar aquel puesto: y aunque duro por largo rato la
obstinacion y la resistencia por una y otra parte, fueron al fin
rechazados con perdida de algunos de los suyos, y sin dano considerable
de los nuestros.
Retiradas a las eminencias que tenian ocupadas, no hicieron movimiento
en todo el dia siguiente, en que fue continuada su griteria y algazara
hasta las dos de la tarde, que se advirtio el motivo; que fue por haber
descubierto los que venian de la parte de Chucuito, que continuando su
marcha en varias direcciones, llegaron a acampar muy cerca de la villa
sobre el mismo camino real, donde se mantuvieron hasta el otro dia, en
que de concierto con Diego Tupac-Amaru, y a una misma hora, se movieron
de sus campamentos para rodear la poblacion y acometerla por todas
partes. El ataque fue con la mayor intrepidez, y tanta bizarria, que se
hara increible a los que no hayan conocido a aquellos indios en todo su
furor guerrero. Su caballeria, que era numerosa, ataco por la parte de
la laguna, y logro cortar el ganado, sin dar lugar a los pastores de
entrarle a lo interior de la poblacion. Sufrieron por largo rato el
fuego de la artilleria de los castillos de Guansapafa, Santiago y Santa
Barbara, y el de la fusileria, apostada en los parapetos exteriores a
interiores, arrojandose con ferocidad a las trincheras para forzarlas,
animados con la presencia de sus primeros generales, que repetian los
ataques, particularmente contra las que estaban inmediatas al Tambo de
Santa Rosa, de que disistieron por lo mucho que les ofendia el fuego del
Castillo de Santiago, que no estaba muy distante. Por la parte superior
de la poblacion, bajo el canon de Guamapata, se habian ya internado
hasta la calle de las casas del licenciado Mogrovejo, y cuando pensaba
Orellana en los medios de resistirlos y rechazarlos, como lo consiguio
en poco rato, se le dio aviso de que otros entraban por la calle
principal, y revolviendo sobre ellos para oponerse, los ataco
valerosamente, y les hizo perder el terreno que habian adelantado.
Por las espaldas de la parroquia de San Juan acometieron tambien con un
furor lleno de desesperacion, logrando en el primer impetu del choque,
romper un destacamento de lanceros, sostenido de algunos fusileros que
mandaba D. Martin de Cea, obligandoles a retroceder llenos de confusion
y desorden en busca de asilo en las calles interiores. Poco despues
pusieron en fuga a nuestra caballeria, que perseguida por los rebeldes,
huia del mismo modo, dejando a los fusileros cortados a su retaguardia.
Salioles al encuentro Orellana, y los detuvo, afeandoles en pocas
palabras el deshonor de su vergonzosa y apresurada retirada, y
reanimados con el ardor y eficacia de sus razones, volvieron sobre los
enemigos, que ya cruzaban las primeras calles y en especial la que
vulgarmente llaman de Puno, y las que la atraviesan. Al primer choque
murieron dos o tres de los mas osados, y recobradas animosamente las
tropas de Orellana, estimuladas por el ejemplo de valor que les dieron
el capitan de caballeria, el cacique D. Andres Calisaya, el teniente de
fusileros, D. Martin Cea, y su hijo D. Felipe, cargaron sobre los demas
y lograron rechazarlos hasta fuera de la poblacion, matando a muchos en
el alcance, en tanto que Orellana se dirigio a socorrer la trinchera de
Santa Rosa, que defendia con valeroso teson el alferez de fusileros, D.
Juan Caceres.
A los principios del ataque, la falta de precaucion de los que defendian
el Castillo de Guansapata, ocasiono la desgracia de volarse el repuesto
de polvora, de cuyas resultas quedaron algunos muy maltratados, y fue
preciso acudiese a su socorro el teniente de fusileros, D. Evaristo
Franco, que con un piquete de esta tropa estaba de reserva en la plaza
mayor, en atencion a que Urbina que le mandaba, habia quedado bastante
lastimado, y con solos dos o tres soldados capaces de la defensa. Luego
que los indios lo advirtieron, atacaron este Castillo con tanto denuedo,
que llegaron muy inmediato a su cimiento a descubierto: pero habiendo
logrado descargar sobre ellos con felicidad un canonazo a metralla, se
apartaron prontamente, sin volver a pensar en tan temerario arrojo. No
sucedio asi con el de Santiago, porque los que habian emprendido su
ataque, lo egecutaron repetidamente con el mayor teson, en los que
lograron herir gravemente al oficial y a muchos soldados, de los que le
defendian. Pero conociendo que por aquel medio eran inutiles sus
diligencias, intentaron minarlo, sufriendo un fuego continuo, que se les
hizo desde el castillo: a pesar del que, hubieran conseguido su intento,
sino sale a socorrerle con un piquete el ayudante mayor, D. Francisco
Castillo, reforzado con los rejones que mandaba D. Juan Monasterio, que
lograron rechazarlos a mucha distancia. Por la parte en que estaba la
trinchera de Santa Rosa, que mandaba D. Juan de Caceres, repitieron
segunda vez el ataque, sin haber sido bastante a su escarmiento el vivo
fuego que se les hizo, y la muerte de muchos que esperimentaron en el
primero: antes bien, mas obstinados y feroces se acercaron a ella, y
lograron forzarla, rechazando a los que la defendian, haciendolos
retirar apresuradamente, sin que las animosas razones, ni el ejemplo del
oficial que los mandaba, fuesen bastantes para detenerlos, y recordarles
su obligacion. Pero socorridos con oportunidad por la tropa que estaba
de reserva en la plaza mayor, recobraron nuevo aliento, y cargaron con
tanta bizarria a los enemigos, que los hicieron retroceder aun con mas
aceleracion de la que habian entrado, dedicandose inmediatamente al
reparo de la trinchera que habian inutilizado los rebeldes. Se hacen
increibles, al menos dudosos los esfuerzos, que por todas partes
hicieron este dia los insurgentes, para conseguir la espugnacion de
aquella villa: pero no lograron otra ventaja, que la de incendiar
algunos ranchos y casas de poca consideracion, que por estar separados
de lo principal del pueblo, no pudieron incluirse en el recinto, ni
resguardarlas con el fuego de las trincheras, asimismo que los demas
edificios, que por la igual longitud de las calles, no pudieron ponerse
a cubierto, sin un conocido riesgo de los que lo intentasen. Se pelea
con obstinacion todo aquel dia, por una y otra parte, hasta que con las
sombras de la noche, volvieron los sitiadores a ocupar sus cuarteles, y
Orellana no se descuido en aprovechar esta ocasion favorable, para
retirar el oficial y guarnicion del Castillo de Santiago, que se
hallaban muy maltratados de los golpes y heridas recibidas en los
ataques, y determino tambien abandonarle por falta de sugetos, que con
utilidad sirviesen los canones, considerando seria mas ventajoso
colocarlos en la plaza mayor a disposicion del Comandante de artilleria,
para que los emplease segun conviniese a la necesidad y ocurrencias que
se ofreciesen en adelante. Aquella noche se mantuvieron los oficiales y
guarnicion sobre las armas en las trincheras, y los indios fieles se
apostaron por toda la circunferencia esterior de la poblacion, ademas de
varios piquetes y patrullas, que estuvieron en continuo movimiento hasta
el alba, para observar los que intentase el enemigo, a fin de que estas
precauciones evitasen cualquiera sorpresa que hubiesen meditado. Al
dia siguiente, que se contaba 11 de Mayo de 1781, salieron los rebeldes
de sus campamentos a la misma hora que en el antecedente, y siguieron
igual metodo en los ataques. Los sitiados los rechazaron tambien con
felicidad por todas partes, sin embargo de haberse empenado mas
particularmente contra la citada trinchera que defendia Caceres, situada
a las espaldas de la iglesia de San Juan, considerandola con fundamento
mas endeble que las otras, porque la escasez de tiempo, y el cansancio
de la guarnicion, no habia permitido repararla completamente. Por la
noche se tomaron las medidas mas oportunas a precaver el peligro que
amenazaba la inmediacion del enemigo, ya bastante diestro en aprovechar
las ocasiones de poner en egecucion sus cautelas: y en efecto, no fueron
inutiles, porque a las 2 de la manana dio aviso el Castillo de
Guansapata, que se ponia en movimiento. Mando Orellana desde luego tomar
las armas a la tropa, que no estaba destinada a la defensa de los
puestos, y salio del recinto, para observar por si mismo la intencion, y
hallo que verdaderamente habian los rebeldes descendido hasta la falda
de las alturas que ocupaban: pero suspendieron la continuacion de su
marcha hasta las 6-1/2 de la manana, en que divididos en muchos trozos,
y con un movimiento de ambos ejercitos, dieron principio al cuarto
ataque, con mayor desesperacion y ferocidad que los anteriores, haciendo
ademanes, que manifestaban la confianza que aquel dia tenian del
vencimiento.
No por esto desmayaron aquellos valerosos, constantes defensores, antes
bien, a pesar de las fatigas y cuidados continuos, sufridos en los dias
y noches antecedentes, se mostraron a su comandante intrepidamente
dispuestos a la resistencia, y ocupando cada uno el puesto que tenia
senalado, se recibio por todas partes al enemigo con la mas constante
bizarria. Sus principales esfuerzos se dirigian a las trincheras que
mandaban D. Francisco Barreda, D. Juan de Monasterio y D. Juan de
Caceres, porque reconocieron desde el dia antecedente, que ya estaba
abandonado el Castillo de Santiago, cuyo fuego las ponia a cubierto, e
impedia a los rebeldes acercarse demasiado a ellas; como lo egecutaron
avanzando repetidas veces con obstinacion, sin embargo de haber sido
siempre rechazados. Por las espaldas de la iglesia de San Juan,
acometieron con igual o mayor empeno, pero los contuvo D. Martin Cea con
su piquete de fusileros, y la caballeria de Calacoto y Juliaca,
reforzada con los honderos de estos mismos pueblos que Orellana habia
mandado apostar en aquel puesto desde los principios del ataque. La
trinchera de D. Juan Caceres lisonjeaba las esperanzas de los enemigos,
y por lo mismo repetian contra ella con mas vivacidad sus esfuerzos y
ataques: porque habiendo ya conseguido forzarlas en los dias anteriores,
se persuadian que por aquel paraje podrian abrirse el paso que deseaban
a lo interior de la villa; de modo que le fue preciso a Orellana
socorrer con algunos soldados que separo de otros, donde el peligro y la
necesidad no eran tantos, aumentandole tambien su fuerza con alguna
tropa, de la que se mantenia de reserva, para acudir donde llamase mas
la atencion por semejantes ocurrencias. Era el conflicto general, y sin
cesar redoblaban los enemigos sus ataques, peleando con desesperada
obstinacion, fiados en la multitud, a que los nuestros oponian una
constante resistencia por todas partes, cuando D. Andres Calisaya con un
trozo de caballeria hizo un giro por la parte superior de la villa, y
pasando por el Castillo de Guansapata, cayo en Orcopata por medio de la
multitud de enemigos que ocupaban este puesto, y a costa de tan bizarra
y determinada accion, no solo consiguio sorprenderlos, sino tambien
dejandolos admirados de tanto arrojo, tuvieron los sitiados un corto
intervalo para tomar algun aliento. Pero muy en breve volvieron de
nuevo, y con mayor empeno, a las hostilidades, prevenidos de utiles para
derribar las paredes del recinto, y buscarse una entrada menos dificil y
peligrosa: como en efecto lo consiguieron, penetrando hasta las espaldas
del Tambo de Santa Rosa, donde prendieron fuego a las viviendas de aquel
lado, de que ya se consideraban posesionados. Pero disfrutaron poco rato
esta ventaja, porque fueron desalojados de aquel puesto por el ayudante
mayor, con la tropa de su mando, quien despues de haberlos rechazado,
atajo oportunamente el progreso de las llamas.
El Comandante de artilleria, D. Francisco Vicenteli, atento siempre a
los pasages que se consideraban en mayor peligro, dirigia a ellos desde
la plaza mayor un fuego muy vivo, y con tanto acierto, que escarmentaba
y contenia a los rebeldes, hasta que poco a poco fueron cediendo y
retirandose de las cercanias de la poblacion, y volvieron a situarse en
la falda de las montanas inmediatas. D. Antonio Urbina hizo tambien un
fuego continuado desde el Castillo Guansapata, que fue de mucha
utilidad, particularmente para impedir que la multitud de indios, que
intentaban forzar las trincheras que mandaba Barreda y Monasterio, lo
consiguiesen. El de Santiago, a cargo de D. Martin Javier de Esquiros,
dirigia su fuego con mas frecuencia hacia la campana, donde combatia la
caballeria contraria con la nuestra, sostenida una y otra de un cuerpo
de honderos. Desde el reducto situado en las cuatro esquinas de la casa
del cacique D. Anselmo Bustinza, se les hizo fuego con un canon fundido
a su costa, con el que se defendia parte de la campana que se descubria
por aquel lado, y no solo contuvo a los sitiadores, sino que tambien
liberto del incendio a todo el barrio, desgracia que habia sufrido el
del Tambo de Santa Rosa, por estar distante de la defensa. Bien que este
fue el unico triunfo que consiguieron aquel dia: corto en realidad, y
que de manera alguna correspondia a la perdida que habian sufrido en
tantos y tan repetidos asaltos, en los cuales habian acreditado un
esfuerzo y constancia que no podian jamas esperarse ni creerse de una
nacion que anteriormente se habia considerado de un caracter veleidoso y
debil. Duro la accion hasta las tres y media de la tarde, en que
tuvieron empenadas todas las fuerzas del enemigo, separandose del ataque
las que mandaba Diego Cristoval Tupac-Amaru, a su cuartel, antes que los
de la parte de Chucuito, que dilataron media hora mas sus obstinadas
pero infructuosas diligencias: y retirados todos a sus campamentos, tuvo
lugar la guarnicion de atender a sus heridos, que pasaban de 100, sin
los muertos que llegaban a 60, los mas de tiro de fusil, cuya perdida
puede reputarse considerable si se compara con las que se experimentaron
en los ataques anteriores, al mismo tiempo que acredita la valentia y
resolucion con que se condujeron en este. Pero el amor y constancia que
animaba a los sitiados, lejos de apocarse, adquiria mayor denuedo a
vista de la desgraciada suerte de sus companeros, y se disponian con
generosa determinacion a resistir el asalto del dia siguiente que
consideraban inevitable, cuando a las primeras luces advirtieron la
novedad de haberse desaparecido aquella noche improvisamente Diego
Cristoval Tupac-Amaru y todos los que le acompanaban, con tanta
precipitacion que dejo en el campo los ricos quitasoles que usaba contra
los rayos del sol, y muchos viveres de que se apoderaron las partidas de
los sitiados, destinadas al reconocimiento de la campana, y pocos dias
despues se desaparecieron tambien los que habian venido de la parte de
Chucuito, como queda referido anteriormente. Cuyos favorables efectos
causo la inmediacion y presencia de las tropas de Lima, con tanta
oportunidad, que los defensores estaban ya inmediatos a experimentar el
extremo de las necesidades y peligros, asi por la falta de municiones de
boca y guerra, como por haberseles frustrado toda esperanza de recibir
socorro de las ciudades de la Paz y de Arequipa. La primera, porque todo
lo necesitaba para atender a sus propias necesidades y defensa; y la
segunda, por haberse negado enteramente a prestarlos su corregidor, D.
Baltazar Senmanat.
Libres del todo al fin guarnicion y vecindario de la villa de Puno el
dia 24 de Mayo de 1781, y con la gloria de que fuesen espectadoras de su
resistencia, las tropas del vireinato de Lima, campadas a una legua de
distancia, solo restaba elegir los medios para su conservacion y
seguridad. Pensaba el Comandante General, D. Jose del Valle, seguir las
marchas con el ejercito de su mando hacia las demas provincias que
estaban sublevadas en la jurisdiccion de Buenos Aires, sugetarlas y
socorrer la ciudad de la Paz, que en aquella ocasion supo la tenian
sitiada un numero considerable de rebeldes, capitaneados por Julian
Apasa, Tupac-Catari: pero muchas y muy poderosass razones le impidieron
realizar este proyecto, siendo entre todas la mas poderosa, la
considerable desercion de sus tropas que cada dia iba en aumento: sin
embargo que sabian de cierto no se libertaba alguno de caer en manos de
los enemigos, ni salvaban la vida; proporcionandoles por este medio el
arbitrio de engrosar sus fuerzas con las armas de que se apoderaban;
males que se hubieran aumentado considerablemente luego que se hubiese
divulgado iba a alejarlos mas de sus casas, y exponerlos no solo a
nuevos peligros, sino tambien a los rigores de una estacion la mas
penosa del ano, asi por los excesivos yelos como por la esterilidad de
los campos para la subsistencia de mulas y caballos. En tan critica
situacion determino juntar todos los gefes del ejercito para oir sus
dictamenes, considerando que su fuerza se habia reducido a 1,100 hombres
de armas entre fusiles y rejones, y a 450 indios: y hechas en la junta
todas las reflexiones convenientes, opinaron contestes sus vocales
convenia se verificase inmediatamente la retirada a la ciudad del Cuzco,
porque de lo contrario era infalible la perdida de las tropas y armas
que quedaban, sin que los pocos que restasen, amantes de la gloria del
Soberano, se les presentase otro recurso que perecer infructuosamente a
manos de los rebeldes. Bien meditado todo, con la madurez y reflexion
que pedian las circunstancias del caso, unio aquel Gefe su dictamen al
de los demas, y se resolvio la retirada al Cuzco, que anunciada a las
tropas la celebraron con muchas aclamaciones, y despues se supo que
viendo se les dilataba esta orden, habian convenido desertarse aquella
noche 30 soldados milicianos con 150 indios auxiliares.
Tomada esta determinacion, hizo el General llamar a D. Joaquin Antonio
de Orellana, asi para que espusiese el estado en que se hallaban las
provincias confinantes, con la ciudad de la Paz, como para que dijese,
si conceptuaba podia conservar en adelante la villa de Puno con el
auxilio de 100 fusileros, que era todo lo que podia dejarle: pero este
esforzado y valeroso comandante, tocando en su guarnicion los mismos
defectos que habia causado la prodigiosa diminucion de aquel ejercito, y
que no estarian libres de ellos aquellos 100 hombres que se le ofrecian,
dijo: que atendidas y bien reflexionadas las dificultades que se
presentaban, y la fermentacion en que estaban aquellas inmediatas
provincias, graduaba imposible la conservacion y subsistencia de Puno
con solo aquel refuerzo, o al menos que el no se hacia responsable de la
continuacion de su defensa: y considerando por otra parte el General D.
Jose del Valle que no podia desmembrar mas el numero de sus tropas, para
atender a las urgencias que podian ocurrirle en la retirada que se habia
determinado, se vio en la dura necesidad de resolver y mandar el
abandono de aquel pueblo, que por tanto tiempo habia frustrado cuantos
esfuerzos hicieron los rebeldes para espugnarle; y consecuente a ello se
dieron las ordenes para que saliese la guarnicion y vecindario, dandoles
tres dias de tiempo para evacuarle: termino que aun se minoro despues,
reduciendolo a dos solamente. Esta determinacion consterno en estremo a
los vecinos, y no poco a Orellana, que sentia verlos reducidos a tan
misero estado, despues de haber acreditado tanto su constante fidelidad
al Soberano, con el sufrimiento de infinitas calamidades y trabajos por
la conservacion y defensa de aquella villa, que quedo desamparada el dia
26 de Mayo de 1781, con un general sentimiento de cuantos se habian
acogido a ella de otras provincias; y asi estos como los naturales,
dejaron en sus casas abandonados todos los muebles en el estado que los
poseian, porque no les fue posible conducirlos a causa de la mucha
escasez de bagajes que tenian. Salieron cerca de 5,000 personas de ambos
sexos y de todas edades, las mas a pie y sin auxillio para seguir la
marcha: espectaculo lastimoso que cruelmente heria en el corazon de
Orellana, sin arbitrio para hacerlo menos penoso: a que se unian las
dificultades de conducir los heridos, que no podian abandonarles, porque
indefectiblemente hubieran sido victima de los rebeldes. La guarnicion
constaba de 136 fusileros, 440 lanceros de a pie, 64 artilleros, 308
hombres de caballeria, 104 honderos, y 1346 indios de la misma especie,
reunidos y procedentes de los pueblos que se conservaban fieles. Mando
Orellana, antes de abandonar la villa de Puno, clavar todos los canones,
y enterrarlos en profundos pozos, asi porque no tenian arbitrio ni
comodidad para retirarlos por la falta de mulas, como para evitar se
apoderasen de ellos los rebeldes. Dedico despues todo su cuidado en dar
oportunas disposiciones para que su gente fuese reunida en la marcha con
las tropas de Lima; y aunque lo consiguio en parte, no logro todo aquel
orden y precision que deseaba el Comandante General, D. Jose del Valle;
porque ocupado cada uno en el cuidado y conduccion de su familia, se
estraviaban demasiado de la formacion, y asi tambien le era imposible en
los campamentos cenirse a las dimensiones que prescriben las reglas
militares para semejantes casos; porque era mucho estorbo para
observarla, el crecido numero de familias que conducia. Algunas
concibiendo mejor modo de subsistir en Arequipa, se dirigieron a esta
ciudad; pero la mayor parte no quisieron apartarse de su Comandante
Orellana, con el honroso designio de sacrificarse por el servicio del
Soberano, en las operaciones que se emprendiesen posteriormente contra
los rebeldes.