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Manfredo - Lord Byron

L >> Lord Byron >> Manfredo

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MANFREDO.

No, no, ijamas! he sido cruel con
los que me amaban, con aquellos a
quienes yo amaba. Jamas he dado
un golpe a un enemigo sino en mi
legitima defensa; pero iay! mis caricias
eran fatales.


EL CAZADOR.

iQue el cielo restituya la tranquilidad
a tu alma! ique el arrepentimiento
te vuelva a ti mismo! yo te
prometo mis oraciones.


MANFREDO.

No tengo ninguna necesidad de
ellas; pero no desprecio tu piedad,
me retiro; a Dios. Te dejo este bolsillo,
igualmente que mis gracias,
no hay que rehusarle ... esta recompensa
te es debida ... no me sigas ...
conozco mi camino, no tengo que
atravesar los senderos peligrosos de
la montana; lo repito otra vez, no
quiero que se me siga.

[Manfredo se va.]




ESCENA II.

[El teatro representa un valle de los Alpes inmediato a
una catarata.]


MANFREDO.

El sol no se halla a la mitad de su
carrera, y el arco iris que corona el
torrente recibe de sus rayos sus hermosos
colores[1]. Las aguas estienden
sobre el declivio de las rocas su
manto de plata, y su espuma que se
eleva como un surtidor, se parece a
la cola del enorme y palido caballo
del Apocalipsis sobre el que vendra
la Muerte.

Mis ojos solamente gozan en el
momento de este magnifico espectaculo,
estoy solo en esta pacifica
soledad, y quiero disfrutar del homenage
de la cascada con el genio
de este lugar. Llamemosle.

[Manfredo toma algunas gotas de agua en el hueco de su
mano y las arroja al aire pronunciando su conjuro
magico. Al cabo de un momento de silencio aparece la
Encantadora de los Alpes bajo el arco iris del
torrente.]

iEspiritu de una hechicera hermosura,
que yo pueda admirar tu
cabellera luminosa, los ojos resplandecientes
y las formas divinas que
reunen todos los hechizos de las
hijas de los hombres a una sustancia
aerea y a la esencia de los mas puros
elementos! Los colores de tu tez
celeste se parecen al bermellon que
hermosea las megillas de un nino
dormido en el seno de su madre y
mecido con los latidos de su corazon;
se parecen al color de rosa que
dejan caer los ultimos rayos del dia
sobre la nieve de los ventisqueros,
y que puede equivocarse con el pudico
sonrosado de la tierra recibiendo
las caricias del cielo. Tu aspecto
suaviza el resplandor del arco brillante
que te corona; yo leo sobre
tu frente serena que refleja la calma
de tu alma inmortal, leo que tu perdonaras
a un hijo de la tierra, con
quien se dignan comunicar algunas
veces los espiritus de los elementos,
el atreverse a hacer uso de los secretos
magicos para llamarte a su
presencia y contemplarte un momento.


LA ENCANTADORA DE LOS ALPES.

Hijo de la tierra, yo te conozco;
igualmente que los secretos a que
debes tu poder, te conozco por un
hombre de pensamientos profundos,
estremoso en el mal y en el bien,
fatal a los otros y a ti mismo; te esperaba,
?que quieres de mi?


MANFREDO.

Admirar tu hermosura, nada mas.
El aspecto de la tierra me sumerge
en la desesperacion; busco un refugio
en sus misterios, huyo cerca de
los espiritus que la gobiernan; pero
ellos no pueden socorrerme; les he
pedido lo que no pueden darme,
no les pido nada mas.


LA ENCANTADORA.

?Que es pues lo que pides, que
no pueden concedertelo aquellos
que lo pueden todo y que gobiernan
los elementos invisibles?


MANFREDO.

?Para que repetire la relacion de
mis dolores? seria en vano.


LA ENCANTADORA.

Yo los ignoro, tened la bondad
de referirmelos.


MANFREDO.

iBien! por cruel que sea para mi
esta confesion, hablara mi dolor.

Desde mi juventud, mi espiritu
no estaba de acuerdo con las almas
de los hombres, y no podia mirar
la tierra con amor. La ambicion que
devoraba a los demas me era desconocida;
su objeto no era el mio ...
mis placeres, mis penas, mis pasiones
y mi caracter me hacian parecer
un estrano en medio del mundo.
Aunque revestido de la misma forma
de carne que las criaturas que
me rodean, no sentia ninguna simpatia
por ellas ... una sola ... pero yo
hablare de ella luego.

Mis placeres eran el ir en medio
de los desiertos a respirar el aire vivo
de las montanas cubiertas de hielo,
sobre cuya cumbre los pajaros no
se hubieran atrevido a construir su
nido, y en donde el granito desnudo
de yerbas se ve desierto de los insectos
alados. Gustaba de atravesar
las aguas de los torrentes furiosos, o
de volar sobre las olas del Oceano
iracundo; me encontraba ufano de
ejercitar mi fuerza contra los corrientes
rapidas; gustaba durante la
noche de observar la marcha silenciosa
de la luna y el curso brillante
de las estrellas; miraba fijamente los
relampagos durante las tempestades
hasta tanto que mis ojos quedasen
deslumbrados, o bien escuchaba la
caida de las hojas cuando los vientos
del otono venian a despojar los bosques.
Tales eran mis placeres, y tal
era mi amor por la soledad, que si
los hombres, de quienes me afligia
el ser hermano, se encontraban a mi
paso, me sentia humillado y degradado,
hasta no ser ya, como ellos,
sino una criatura de barro.

En mis paseos delirantes descendia
a la profundidad de las cavernas
de la muerte para estudiar su causa
en sus efectos, y desde los montones
de huesos y del polvo de los sepulcros,
me atrevia a sacar consecuencias
criminales; consagre las noches
en aprender las ciencias secretas olvidadas
hace ya mucho tiempo. Gracias
a mis trabajos y a mis desvelos,
a las pruebas terribles y a las condiciones
a que nos someten la tierra,
los aires y los espiritus que despueblan
el espacio y el infinito, familiarice
mis ojos con la eternidad, como
habian hecho en otros tiempos los
magicos y el filosofo que invoco en
su profundo retiro a Eros y a Anteros[2].
Con mi ciencia crecio mi
ardiente deseo de aprender, mi poder
y el enagenamiento de la brillante
inteligencia que....


LA ENCANTADORA.

Acaba.


MANFREDO.

iAh! me complacia en detenerme
estensamente sobre estos vanos atributos,
porque cuanto mas me acerco
del momento en que descubrire la
llaga de mi corazon ... pero quiero
proseguir: aun no te he nombrado,
ni padre, ni madre, ni querida, ni
amigo, con quienes me hallase
unido por nudos humanos: padre,
madre, querida, amigo, estos titulos
no eran nada para mi; pero habia
una muger....


LA ENCANTADORA.

Atrevete a acusarte a ti mismo:
prosigue.


MANFREDO.

Se me parecia en lo esterior, en
los ojos, en la cabellera, en sus facciones
y aun en su metal de voz;
pero en ella todo estaba suavizado
y hermoseado por sus atractivos. Lo
mismo que yo, tenia un amor decidido
por la soledad, el gusto por
las ciencias secretas y un alma capaz
de abrazar al universo; pero
tenia ademas la compasion, el don
de los agasajos y de las lagrimas,
una ternura ... que ella sola podia
inspirarme, y una modestia que yo
nunca he tenido. Sus faltas me pertenecen:
sus virtudes eran todas
suyas. Yo la amaba y le prive de la
vida.


LA ENCANTADORA.

?Con tus propias manos?


MANFREDO.

iCon mis propias manos! no; fue
mi corazon el que marchito el suyo
y le destrozo. He derramado su
sangre, pero no ha sido la suya. Su
sangre ha corrido sin embargo, he
vislo su pecho desgarrado y no he
podido curar sus heridas.


LA ENCANTADORA.

?Es esto todo lo que tienes que
decir? haciendo parte a pesar tuyo
de una raza que tu desprecias, tu
que quieres ennoblecerla elevandote
hasta nosotros ipuedes olvidar
los dones de nuestros conocimientos
sublimes y caer en los bajos pensamientos
de la muerte! no te reconozco.


MANFREDO.

iHija del aire! te protesto que,
despues del dia fatal... Pero la palabra
es un vano soplo, ven a verme
en mi sueno, o a las horas de
mis desvelos, ven a sentarte a mi
lado; he cesado de estar solo, mi
soledad se halla turbada por las
furias. En mi rabia rechino los
dientes mientras que la noche estiende
sus sombras sobre la tierra,
y desde la aurora hasta ponerse el
sol no ceso de maldecirme. He invocado
la perdida de mi razon como
un beneficio, y no se me ha concedido:
he arrostrado la muerte;
pero en medio de la guerra de los
elementos, los mares se han retirado
a mi presencia. Los venenos han
perdido toda su actividad; la mano
helada de un demonio cruel me ha
detenido en la orilla de los precipicios
por solo uno de mis cabellos
que no ha querido romperse. En
vano mi imaginacion fecunda ha
creado abismos en los cuales ha querido
arrojarse mi alma; he sido rechazado,
como si fuese por una ola
enemiga, en los abismos terribles
de mis pensamientos. He buscado
el olvido en medio del mundo, lo
he buscado por todas partes y nunca
le he hallado; mis secretos magicos,
mis largos estudios en un arte sobrenatural,
todo ha cedido a mi desesperacion.
Vivo, y me amenaza una
eternidad.


LA ENCANTADORA.

Quizas yo podre aliviar tus males.


MANFREDO.

Seria necesario llamar los muertos
a la vida o hacerme bajar entre
ellos a la sepultura. Ensaya el reanimar
sus cenizas y hacerlos aparecer
bajo una forma cualquiera y a
cualquier hora que sea; corta el
hilo de mis dias, y sea cual fuere el
dolor que acompane mi agonia, no
importa, a lo menos sera el ultimo.


LA ENCANTADORA.

Ni una cosa ni otra estan en mi
arbitrio, pero si tu quieres jurar
una ciega obediencia a mis voluntades
y someterte a mis ordenes, podre
serte util en el cumplimiento de
tus deseos.


MANFREDO.

iYo jurar! iyo obedecer! ?y a
quien? a los espiritus que domino.
iYo venir a ser el esclavo de los que
me reconocen por su senor!... iJamas!


LA ENCANTADORA.

?Es esta toda tu respuesta? ?no
tienes otra mas dulce? iPiensa bien
en ello antes de negarte a lo que te
propongo!


MANFREDO.

He dicho no.


LA ENCANTADORA.

Puedo pues retirarme; habla.


MANFREDO.

Retirate.

[La Encantadora desaparece.]


MANFREDO _solo_.

Somos la victima del tiempo y de
nuestros terrores; cada dia se nos
presentan nuevas penas; vivimos
sin embargo maldiciendo la vida y
temiendo la muerte. Gimiendo bajo
el yugo que nos oprime, y cargado
con el peso de la vida, nuestro corazon
no late sino en las ocasiones
que esperimentamos alguna contrariedad,
o algun goce perfido que
finaliza por crueles angustias y por
la estenuacion y la debilidad. ?En
el numero de nuestros dias pasados
y por venir (porque lo presente no
existe en la vida) no hay algunos,
no hay uno solo en el que el alma
no deje de desear la muerte, y no
obstante de huirla, como un rio helado
por el invierno cuya fria impresion
bastaria el arrostrarla un
momento?

Mi ciencia me ofrece todavia algun
recurso. Puedo invocar los
muertos y preguntarles cual es el
objeto de nuestros terrores. La nada
de los sepulcros quizas me responderan...
?Y si no responden?... iEl
profeta sepultado respondio a la encantadora
de Endor! y el rey de
Esparta supo su destino futuro por
las sombras de la virgen de Bizancio.
Habia quitado la vida a la que
amaba sin conocer que era su victima,
y murio sin obtener perdon.
Fue en vano que invocase a Jupiter,
y que por la voz de los magicos de
la Arcadia suplicase a la sombra
irritada el ceder o a lo menos el fijar
un termino a su venganza. Obtuvo
una respuesta oscura, pero que fue
demasiado cierta[3].

Si yo no hubiese vivido nunca,
lo que amo viviria todavia; si no
hubiera amado nunca, lo que amo
aun conservaria la hermosura, la
felicidad y el don de poder hacer
dichosos. ?Que se ha hecho la victima
de mis maldades?... Un objeto
en el cual no me atrevo a pensar...
Nada quizas... De aqui a algunas
horas habre salido de mis
dudas... Sin embargo tiemblo al ver
llegar el momento deseado... Hasta
ahora jamas me ha hecho temblar
el acercarse un espiritu bueno o
uno malo... Me estremezco... Siento
un peso de hielo sobre mi corazon.
Pero puedo atreverme a lo que temo
y desafiar los recelos de la materia.
La noche llega....

[Se va.]




ESCENA III.


[La cumbre del monte Jungfro.]


EL PRIMER DESTINO.

El disco plateado de la luna empieza
a brillar en los cielos. Nunca
el pie de un mortal vulgar ha manchado
las nieves sobre las cuales
andamos durante la noche sin dejar
ninguna huella. Apenas rozamos ligeramente
esta mar de escarchas
que cubre las montanas con sus olas
inmoviles, semejantes a la espuma
de las aguas que el frio ha helado
repentinamente despues de una tempestad;
imagen de un abismo reducido
al silencio de la muerte. Esta
cumbre fantastica, obra de algun
terremoto, y sobre la cual descansan
las nubes de sus viages vagamundos,
esta consagrada a nuestros misterios
y a nuestras vigilias: yo espero en
ella a mis hermanos que deben venir
conmigo al palacio de Ariman;
esta noche se celebra nuestra grande
fiesta... ?Porque tardan en venir?

[Una voz canta a lo lejos.]

El usurpador cautivo, precipitado
del trono, sepultado en un
infame reposo, estaba olvidado y
solitario: yo he interrumpido su
sueno, le he dado el socorro de una
multitud de traidores; el tirano
esta todavia coronado. Pagara mis
cuidados con la sangre de un millon
de hombres, con la ruina de una
nacion, y yo le abandonare de
nuevo a la huida y a la desesperacion.

[Una segunda voz.]

Un navio bogaba rapidamente sobre
las aguas, impulsado por los
vientos propicios: he rasgado todas
sus velas y roto todos sus masteleros,
no ha quedado ni una sola tabla de
esta ciudad flotante; no ha sobrevivido
un solo hombre para llorar su
naufragio... Me engano, hay uno
que yo mismo he sostenido sobre
las aguas por un mechon de sus cabellos ...
era un sugeto muy digno
de mis cuidados, un traidor en la
tierra y un pirata en el Oceano. Sabra
reconocer mis bondades por
medio de nuevos crimenes.


EL PRIMER DESTINO.

[Respondiendo a sus hermanos.]

Una ciudad floreciente esta sumergida
en el sueno, la aurora
alumbrara su desolacion: la horrible
peste ha caido de repente sobre
los habitantes durante su descanso.
Pereceran a millares. Los vivos huiran
de los moribundos que deberian
consolar; pero nada podra defenderlos
de los tiros crueles de la
muerte. El dolor y la desesperacion,
la enfermedad y el terror envuelven
a toda una nacion. iDichosos los
muertos de no ser testigos del espantoso
espectaculo de tantos males!
La ruina de todo un pueblo es para
mi la obra de una noche; la he verificado
en todos los siglos, y no
sera todavia la ultima vez.

[Llegan el segundo y el tercer Destino.]


LOS TRES DESTINOS JUNTOS.

Nuestras manos encierran los corazones
de los hombres, sus sepulcros
nos sirven de tarima. No damos
la vida a nuestros esclavos sino para
volversela a quitar.


EL PRIMER DESTINO.

Salud, hermanos mios. ?En donde
esta Nemesis?


EL SEGUNDO DESTINO.

Prepara sin duda alguna grande
obra, pero lo ignoro porque me
encuentro demasiado ocupado.


EL TERCER DESTINO.

Vedle aqui.


EL PRIMER DESTINO.

?De adonde vienes Nemesis? tu
y mis hermanos habeis tardado mucho
esta noche.


NEMESIS.

Estaba ocupada en levantar los
tronos abatidos, en componer himnos
funestos, en volver la corona a
los reyes desterrados, en vengar a
los hombres de sus enemigos a fin
de hacerlos arrepentir de sus venganzas.
He castigado con la locura
a los que estaban detenidos por sabios,
los gefes inhabiles han sido
proclamados por mi, dignos de gobernar
el mundo ... los mortales
empezaban a disgustarse de los tiranos,
se atrevian a pensar por si
mismos, a poner los reyes en equilibrio,
y a hablar de la libertad,
que para ellos es el fruto vedado...
Pero esta tarde ... montemos en nuestras
nubes.

[Desaparecen.]




ESCENA IV.


[El palacio de Ariman.--Ariman esta sobre un globo de
fuego que le sirve de trono, rodeado por los Espiritus.]


HIMNO DE LOS ESPIRITUS.

iSalud a nuestro monarca! al
principe de la tierra y de los aires,
que vuela sobre las nubes y sobre
las aguas. En su mano se halla el
cetro de los elementos, quienes, a sus
ordenes, se confunden como el tiempo
del caos. Sopla, y una tempestad
alborota los mares; habla, y las
nubes le responden por la voz de
los truenos; mira, y los rayos del
dia desaparecen, anda, los terremotos
conmueven el mundo. Los
volcanes se forman bajo sus pasos.
Su sombra es la verdadera peste; los
cometas le preceden en los ardientes
senderos de los cielos, y se reducen
a cenizas al menor de sus deseos. La
guerra le ofrece sus sacrificios, la
muerte le paga su tributo; la vida
de los hombres y sus innumerables
dolores le pertenecen: es el alma
de todo lo que existe.

[Entrada de los Destinos y de Nemesis.]


EL PRIMER DESTINO.

Gloria al grande Ariman. Su poder
se estiende cada dia mas sobre
la tierra: mis dos hermanos han
ejecutado fielmente sus ordenes, y
yo no he descuidado mi deber.


EL SEGUNDO DESTINO.

Gloria al grande Ariman, nosotros
doblamos la rodilla a su presencia,
nosotros, que pisamos las
cabezas de los hombres.


EL TERCER DESTINO.

Gloria al grande Ariman; nosotros
esperamos la senal de su voluntad.


NEMESIS.

Rey de los reyes, nosotros somos
tus vasallos, y todos los seres que
tienen vida lo son nuestros. Aumentar
nuestro poder seria aumentar el
tuyo; no olvidamos nada para conseguirlo.
Tus ultimas ordenes quedan
fielmente ejecutadas.

[Entra Manfredo.]


UN ESPIRITU.

?Quien es este audaz? iun mortal!
itemeraria criatura, pon la rodilla
en tierra y adora!


SEGUNDO ESPIRITU.

Este hombre no me es desconocido,
es un poderoso magico cuya
ciencia es temible.


TERCER ESPIRITU.

Arrodillate y adora a Ariman, vil
esclavo, ?no reconoces a nuestro
senor y al tuyo? Tiembla y obedece.


TODOS LOS ESPIRITUS.

Arrodillate, hijo del polvo vil, y
teme nuestra venganza.


MANFREDO.

Conozco vuestro poder, y sin embargo
ya veis que no obedezco.


UN CUARTO ESPIRITU.

Nosotros te ensenaremos a humillarte.


MANFREDO.

No tengo necesidad de aprenderlo.
iCuantas noches tendido sobre
la arida arena y con la cabeza
cubierta de ceniza, me he prosternado
poniendo mi cara sobre la tierra!
He caido en la ultima de las humillaciones;
porque me he sometido
a mi vana desesperacion y a mi propia
miseria.


QUINTO ESPIRITU.

?Te atreves a negar al grande
Ariman hallandose sobre su trono,
lo que le concede toda la tierra, sin
haber visto el terror de su gran poder?
Prosternate te digo.


MANFREDO.

Que Ariman se prosterne delante
del que es superior a el, delante del
Eterno e Infinito, delante del soberano
Criador, que no le ha destinado
a que se le de adoracion; que
el se arrodille, y yo lo ejecutare
igualmente.


LOS ESPIRITUS.

Confundamos a este gusanillo;
aniquilemosle.


EL PRIMER DESTINO.

Retiraos; este hombre es mio.
Principe de las divinidades invisibles,
este hombre no es de una naturaleza
comun, como lo atestiguan
su aspecto y el encontrarse en estos
lugares. Sus sufrimientos han sido
de una naturaleza inmortal como la
nuestra. Su ciencia, su poder y su
ambicion, tanto como lo ha podido
permitir su esterior grosero que encierra
una esencia eterea, le han elevado
sobre todas las criaturas formadas
de un barro impuro. No ha
aprendido en los secretos que ha
querido penetrar sino lo que conocemos
todos nosotros, esto es, que
la ciencia no es una felicidad y que
no conduce sino a otra especie de
ignorancia. Pero no es esto todo...
Las pasiones, atributos de la tierra
y del cielo, y de las cuales ningun
poder, ningun ser esta esento, desde
el gusano hasta las sustancias celestes,
las pasiones han devorado y han
hecho de el un objeto tan miserable,
que yo, que no puedo esperimentar
la piedad, perdono a los que la sienten
en su favor. Este hombre es
mio, y tambien puede ser tuyo todavia;
pero en estas regiones ningun
espiritu tiene un alma como la
suya, y no puede tener el derecho
de mandarle.


NEMESIS.

?Que viene a buscar aqui?


EL PRIMER DESTINO.

El es quien debe responder.


MANFREDO.

Vosotros sabeis hasta donde llegan
mis conocimientos magicos, y
sin un poder sobrenatural no hubiera
podido hallarme aqui; pero
aun hay poderes superiores, y vengo
a preguntar sobre lo que busco.


NEMESIS.

?Que pides?


MANFREDO.

Tu no puedes responderme: llama
a los muertos; a ellos se dirigiran
mis preguntas.


NEMESIS.

Gran Ariman, ?permites que se
satisfagan los deseos de este mortal?


ARIMAN.

Si.


NEMESIS.

?A quien quieres sacar del sepulcro?


MANFREDO.

A un muerto que estuvo privado
de sepultura: llama a Astarte.


NEMESIS.

Sombra o espiritu, sea lo que
seas, que conservas todavia una parte
de tu primera forma, o tu forma
entera, sal de la tierra y vuelve a
ver el dia. Vuelve con las mismas
facciones, el mismo aspecto y el mismo
corazon, huye de los gusanos de
la tumba y vuelve a aparecer en estos
lugares: el que puso un termino
a tus dias es quien te llama.

[La sombra de Astarte comparece en medio de los
Espiritus.]


MANFREDO.

?Es la muerte la que veo? aun
brillan los colores en sus megillas;
pero reconozco demasiado que no
son colores vivientes. El encarnado
no es natural, se parece al que produce
el otono sobre las hojas marchitas.
Ella es ciertamente, io cielo!
y yo itiemblo al mirarla, al mirar
Astarte! No, no puedo hablarle,
pero quiero que ella hable, que me
condene o me perdone.


NEMESIS.

Por el poder que te ha hecho salir
de la sepultura que te servia de
prision, habla al que acabas de oir,
o a aquellos que te han invocado.


MANFREDO.

Guarda silencio; y para mi es una
respuesta cruel.


NEMESIS.

Mi poder no va mas lejos. Principe
del aire, tu solo puedes ordenarle
el hacer oir su voz.


ARIMAN.

Espiritu obedece a este espectro.


NEMESIS.

iTodavia calla! no esta pues bajo
nuestro imperio, pero pertenece a
otros poderes. Mortal, tu pregunta
es escusada, y nosotros estamos confusos
igualmente que tu.


MANFREDO.

iEscuchame! iAstarte, mi querida,
oyeme y dignate hablarme!
He sufrido tanto, sufro todavia tan
cruelmente imirame! ila muerte no
te ha cambiado tanto, como yo debo
parecerlo a tu vista! tu me amaste demasiado
tiernamente y mi amor era
digno del tuyo. No hemos nacido para
atormentarnos uno y otro de este
modo por culpable que haya sido
nuestro amor. Dime que no me detestas,
que yo solo sea castigado por
los dos, que tu seras recibida en el
numero de los bienaventurados y que
yo debo morir. Porque hasta ahora
todo lo que hay de mas odioso conspira
a encadenarme con la existencia,
a una existencia que me hace
ver con terror la inmortalidad, y
un porvenir semejante a lo pasado.
No puedo encontrar ningun descanso.
Ignoro yo mismo lo que deseo
y lo que busco, y no siento sino
lo que tu eres y lo que soy. Quisiera
oir tu voz todavia una vez antes de
morir, la voz que para mi oido era
la mas dulce melodia. Respondeme,
io querida mia! te he llamado en
las sombras de la noche; he asustado
a los pajaros dormidos bajo las
hojas silenciosas, he despertado al
lobo en las montanas, y he hecho
conocer tu nombre a los ecos de las
cavernas mas sombrias. El eco me
ha respondido, los espiritus y los
hombres tambien me han respondido,
tu sola has permanecido muda.
He visto sucederse el giro de las
estrellas en la boveda celeste; he
dirigido mi vista hacia ellas para
ver si podia descubrirte; he recorrido
la tierra para ver si encontraba
alguna cosa que se te pareciese:
dignate de hablarme finalmente;
mira a esos espiritus que nos rodean
que se enternecen al oir mis
quejas; yo los miro sin terror y solo
lo tengo por ti; dignate de hablarme
aunque no sea sino para manifestar
tu enojo; dime a lo menos...
Yo no se lo que deseo; pero dejame
todavia oir tu voz por la ultima vez.


LA SOMBRA DE ASTARTE.

iManfredo!


MANFREDO.

iAh! prosigue por favor: esta
voz me reanima; es la tuya seguramente.


LA SOMBRA.

iManfredo! manana se acabaran
tus dolores terrestres. iA Dios!


MANFREDO.

Todavia una palabra iuna sola
palabra! ?estoy perdonado?


LA SOMBRA.

iA Dios!


MANFREDO.

?No nos veremos mas?


LA SOMBRA.

iA Dios!


MANFREDO.

iAh! por compasion, todavia
una palabra; dime si me amas.


LA SOMBRA.

iManfredo!

[Desaparece.]


NEMESIS.

Se ha ido y no volvera a aparecer:
sus palabras se cumpliran;
vuelvete a la tierra.


UN ESPIRITU.

Se encuentra en las convulsiones
de la desesperacion; ved los mortales:
quieren penetrar los secretos
que son superiores a su naturaleza.


OTRO ESPIRITU.

iPero ved como se domina a si
mismo, y como somete sus tormentos
a su voluntad! si hubiese sido un
espiritu como nosotros hubiera sobrepujado
a todas las otras inteligencias
celestes.


NEMESIS.

?Tienes todavia que hacer alguna
pregunta a nuestro augusto
monarca o a sus vasallos?


MANFREDO.

Ninguna.


NEMESIS.

A Dios hasta la vista.


MANFREDO.

?Nosotros volveremos pues a vernos?
?Pero en donde, sobre la tierra?
No importa; adonde tu quieras.
A Dios, te doy gracias por el
favor que acabas de concederme.




FIN DEL ACTO SEGUNDO.




ACTO III, ESCENA PRIMERA.


[Una habitacion del castillo de Manfredo.]


MANFREDO Y HERMAN.


MANFREDO.

?Se acabara bien pronto el dia?


HERMAN.

Todavia falta una hora, y el sol
va a ocultarse; todo nos anuncia
una hermosa noche.


MANFREDO.

?Lo has dispuesto todo en la
torre, segun lo he ordenado?


HERMAN.

Todo esta pronto, senor, ved la
llave y la arquilla.


MANFREDO.

Esta bien, puedes retirarte.

[Herman se va.]


MANFREDO _solo_.

Esperimento una calma y una
tranquilidad que no habia conocido
en mi vida. Si yo no supiese
que la filosofia es la mas loca de
nuestras vanidades, y la palabra
mas vacia de sentido entre todas las
inventadas en la jerga de nuestras
escuelas, creeria que el secreto del
oro, es decir la piedra filosofal tan
buscada, se hallaba finalmente en
mi alma. Este estado tan lisonjero
no puede ser durable, pero ya es
mucho el haberlo conocido aunque
haya sido una sola vez. Ha enriquecido
mis ideas con un nuevo sentido;
y quiero escribir en mi libro
de memoria que existe este sentimiento...
?Quien esta ahi?


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