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El paraiso de las mujeres - Vicente Blasco Ibanez

V >> Vicente Blasco Ibanez >> El paraiso de las mujeres

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--?Que decia usted, querido profesor?--pregunto Edwin con la expresion
de un hombre que despierta.

Estas palabras aumentaron las risas en el doctorado joven. Algunos
universitarios se encogian y achicaban para lanzar carcajadas con toda
libertad al amparo de las espaldas de sus vecinos. Querian aprovechar la
ocasion para reirse sin peligro del temible Momaren. Este, con las
mejillas enrojecidas y la nariz mas encorvada que nunca, arano los
brazos de su sillon, mientras el buen Flimnap, avergonzado por el
incidente, balbucia sus explicaciones.

--Le pregunto, gentleman, si despues de haber escuchado lo que dije
sobre los diversos periodos de nuestra literatura no cree usted que el
poeta Momaren resulta el mas eminente de todos en el genero sentimental.

--Es indiscutible--respondio el coloso--, y solo los ignorantes pueden
opinar lo contrario.

Esta respuesta devolvio en parte su tranquilidad al Padre de los
Maestros, pero todavia sonaron algunas risas entre la gente joven,
aunque menos audaces por ir dirigidas concretamente contra la persona
del jefe supremo.

--Vamonos, profesor--ordeno a Flimnap--. Estamos cansando con una visita
demasiado larga a este pobre gigante, que no parece de un vigor
intelectual en armonia con su estatura. Despidame de el; digale que he
tenido mucho gusto en conocerle.

Y se puso de pie, acudiendo inmediatamente los dos aspirantes a profesor
que sostenian la cola de su toga. Tambien corrieron los portadores de su
litera para empunar los brazos de esta caja portatil. Todo el cortejo
universitario, que ya empezaba a fatigarse de una visita larga y sin
incidentes, se aglomero en los escotillones para deslizarse por las
cuatro rampas arrolladas a las patas de la mesa.

Flimnap se despidio de su protegido con breves palabras:

-Vendre manana, gentleman. El Padre de los Maestros le saluda y agradece
su atencion.

Lo que el catedratico deseaba era volver al lado de Momaren. El
entrecejo de este y su boca tirante y desdenosa le infundian terror. Se
inclino ante el cuando iba a entrar en su litera, y el eminente
personaje le dijo con frialdad:

-Me parece un buen hombre su Gentleman-Montana, pero sin ningun sentido
critico. En cuanto a sus versos, ya sabe mi opinion: muy flojos; casi
diria que son malos.

Fue a meterse en la caja portatil, pero todavia retrocedio para
comunicar a su inferior el gran descubrimiento que acababa de hacer. Una
colera sorda y fria habia registrado su memoria mas profundamente que la
vanidad halagada.

-Ya se a quien se parece su gigante: acabo de descubrirlo. Es un retrato
exacto de Ra-Ra, ese loco peligroso, nieto de aquel asesino de las
guerras antiguas que se creia un grande hombre. No es una semejanza que
haga simpatico a su Gentleman-Montana.

Y despues de decir esto se metio en su litera, satisfecho de la
confusion y la alarma en que dejaba al buen profesor.

Gillespie, mientras tanto, habia levantado el brazo que servia de
refugio a los dos amantes. Al ver Popito que el cortejo universitario
habia abandonado ya la planicie de la mesa, se dirigio hacia uno de los
escotillones, despidiendose antes de Ra-Ra con varios besos.

--Volvere--dijo apresuradamente, ahora que conozco tu escondrijo.
Pretextare un deseo de estudiar de cerca el modo de vivir del gigante.

Despues de tales palabras quiso correr, pero se vio detenida en mitad de
su carrera por un obstaculo. El Hombre-Montana habia colocado una de sus
manos sobre la mesa, manteniendola en posicion vertical, con el pulgar
en alto.

Tropezo la joven con los almohadillados carnosos de su palma, y al mismo
tiempo una voz enorme que se esforzaba por ser dulce llego a sus oidos
desde lo alto:

-Doctor Popito, puede usted volver cuando quiera: el Hombre-Montana la
invita. Si Momaren es el Padre de los Maestros, yo deseo ser el Padre de
los Enamorados.




IX

Donde el gigante va de caza y Popito expone sus ideas sobre el gobierno
de las mujeres

Cuando el bondadoso Flimnap se presento al dia siguiente, Edwin le hizo
una pregunta que tenia preparada desde la tarde anterior.

Adivino que el profesor hembra le traia buenas noticias, a juzgar por la
expresion alegre de su rostro; pero antes de que se enfrascase en su
relato y tal vez en la manifestacion de sus tiernos sentimientos, quiso
satisfacer la propia curiosidad.

-Digame, doctor: ?Momaren tiene una hija?

Al oir estas palabras, Flimnap perdio su alegre gesto. No se acordaba en
aquel momento del mencionado personaje, y la pregunta del gigante
resucito en su memoria las molestias y los temores del dia anterior.

-Si, gentleman; tiene una hija, como usted dice, o como nosotros
decimos, un hijo, que pertenece a la Universidad y podria ser una de sus
mejores glorias. Pero el doctor Popito, ademas de proporcionar al Padre
de los Maestros abundantes molestias en el presente, le recuerda un
pasado de sucesos muy tristes.

Viendo que Flimnap callaba, el gigante indico con un gesto su deseo de
saber algo mas; pero el universitario se nego a seguir hablando si no se
colocaba antes en una oreja aquel aparato que permitia oir las voces mas
tenues. Temia contar a gritos la historia de las desgracias familiares
de su poderoso jefe. Una indiscrecion de tal clase aumentaria la
frialdad que le mostraba Momaren despues de lo ocurrido en la tarde
anterior.

Solo al ver que Gillespie hacia uso del microfono, siguio diciendo en
voz baja:

--La historia del Padre de los Maestros es la historia de todas las
mujeres que concentran su felicidad y su porvenir en un hombre,
entregandose a esa pasion absorbente y martirizadora que llaman amor.
Hace veinticinco anos, cuando aun no era jefe de la Universidad, pero
ocupaba un asiento por primera vez en el Senado y una catedra de
Historia politica, se enamoro de un hombre.

No crea usted, gentleman, que este hombre era un intelectual, digno del
afecto de Momaren. Por el contrario, apenas sabia leer y escribir, pero
era un buen mozo y disponia a su capricho de todas las artes que
cultivan los varones metidos en sus casas para atraer y dominar a las
pobres mujeres. Como la mujer vive preocupada por sus negocios y vuelve
a su domicilio rendida de tanto trabajar, ignora el modo de precaverse
de tan diabolicas asechanzas.

Momaren, que aspiraba a ser un asceta del estudio, dedicando a la
ciencia su vida entera, sin las preocupaciones de familia, que estorban
la concentracion silenciosa del pensamiento, fue debil, y cayo vencido,
como cualquiera de esas muchachas del casco con aletas que estudian para
oficiales en nuestra Escuela militar. Durante tres anos se considero el
profesor mas feliz de la Republica porque tenia a su lado a este hombre
seductor y diabolico.

No era aun Padre de los Maestros, pero fue padre de Popito, que nacio al
ano de esta union.

El caprichoso joven no pudo acostumbrarse a la gravedad amorosa del
profesor, a la calma de su casa, y un dia se fugo con una comica,
celebre por su belleza, para vagar por los diversos Estados de nuestra
patria, llevando una existencia de aventuras y privaciones.

Debe haber muerto hace tiempo; nadie ha sabido mas de el. Pero el
ilustre Momaren quedo herido para siempre despues de esta traicion, y
muy pocos le han visto sonreir.

El dolor es el agua que riega los jardines de la poesia y hace crecer
sus arboles mas lozanos. (Esta imagen, gentleman, siempre que la uso en
una conferencia arranca murmullos de entusiasmo.) Quiero decir que la
mala accion de aquel aventurero sirvio para que Momaren produjese sus
mejores obras. Como usted noto durante la lectura de sus versos, este
gran poeta solo canta armoniosamente al recordar sus dolores.

La educacion de Popito le entretuvo durante los anos de su infancia y su
adolescencia. Pero ahora Popito es una mujer completa, un doctor de gran
porvenir, y si el Padre de los Maestros puede darle ordenes como jefe en
los asuntos universitarios, no le puede imponer su voluntad dentro de la
familia.

Para Momaren, la mejor de las esperanzas era que su hijo viviese como el
no supo vivir: observando el celibato, que conviene a toda mujer de
estudios, pensando unicamente en la gloria propia y en el porvenir de la
humanidad, sin caer nunca bajo la tirania del hombre. Un sabio que desea
ser verdaderamente fuerte necesita despreciar el amor. Pero Popito ha
resultado completamente distinta a las ilusiones de su padre. Debe tener
un alma igual a la de aquel aventurero enamoradizo y caprichoso que
abandono al mas alto de nuestros sabios para irse con una comica. Es de
las pobres mujeres que consideran necesarios para su vida el hombre y el
amor.

De seguir los consejos de su padre, la veriamos antes de pocos anos
sucederle en el alto cargo de Padre de los Maestros. Pero tiene un alma
debil y contemporizadora, como la de aquellas hembras que en los
primeros dias de la Verdadera Revolucion lloraban e intercedian por los
varones. Por eso desprecia la mas eminente posicion universitaria de
nuestro pais, prefiriendo vivir con un hombre amado, en carinosa
servidumbre, adivinando sus deseos para cumplirlos y dejandose despojar
de los derechos de superioridad que le confirio, por ser mujer, nuestra
victoria revolucionaria.

Su detuvo el profesor para anadir con timidez, bajando aun mas el tono
de su voz:

--Por desgracia, gentleman, yo tengo cierta culpa de la frialdad con que
acoge Popito los sabios consejos de su padre. Esta muchacha ama a un
hombre, y yo, sin darme cuenta, hice que los dos se conociesen.

La interrumpio Gillespie con una voz que para el era casi un susurro:

--Lo se, profesor; el hombre se llama Ra-Ra....

--iMas bajo, gentleman!--dijo el traductor--. Ese nombre no le conviene
a nadie repetirlo en los presentes momentos. Digamos "el" simplemente, y
nos entenderemos lo mismo. ?Como le ha conocido usted?

Gillespie invento una historia para hacer creer al profesor que por un
azar habia conocido a Ra-Ra, contra la voluntad de este, llegando al fin
a ver su rostro.

--iImprudente!--murmuro Flimnap, refiriendose a su protegido--. Hay que
ver como lo buscan por toda la capital. Muchas veces quise abandonarlo a
su suerte, en vista de sus absurdas predicaciones contra el excelente
gobierno de las mujeres, ipero le quiero tanto!... Lo conozco desde
nino. Ademas, en los ultimos dias ha aumentado mucho mi afecto hacia el.
?Se ha fijado, gentleman, como se le parece a usted?...

Gillespie siguio contando el encuentro de Ra-Ra y Popito sobre su mesa
en la tarde anterior, y como, extendiendo uno de sus brazos, creo un
refugio para que los dos amantes se hablasen entre caricias.

--iImprudentes!--volvio a repetir Flimnap--. Ahora comprendo por que se
mostraba usted tan distraido y no contesto a mis preguntas. iQue
atrevimiento!... Tener una entrevista de amor a corta distancia del
Padre de los Maestros, que odia a Ra-Ra y desea suprimirle, pues cree
que es el unico culpable del despego que le muestra su hija....

A pesar de las grandes muestras de escandalo que provocaba en Flimnap la
audacia de los dos amantes, se noto en su voz cierta admiracion. Unos
dias antes su protesta hubiese sido sincera, pero despues de conocer a
Edwin pensaba de distinto modo, mostrando veneracion por todos los que
sacrificaban la seguridad y las comodidades de su existencia en pro de
un amor.

--Me asombro de su atrevimiento, gentleman, pero iquien sabe si estos
enamorados valerosos ven la realidad mejor que nosotros y conocen los
goces de la vida mas que los prudentes!... Yo, gentleman, tal vez
hubiese sido como ellos, pero nunca tuve ocasion de conocer el amor. Mi
mundo no me daba facilidades para enamorarme. Siempre he sonado con
dedicar mi ternura a algo muy alto, muy extraordinario, que estuviera
por encima de las cabezas de los demas mortales.... Pero antes de que
usted viniese esto equivalia a sonar con lo imposible.

Se ruborizo Flimnap, creyendo haber dicho demasiado, y miro a traves de
su lente el rostro del gigante. Este permanecia impasible, como si no la
hubiese entendido, y el profesor juzgo oportuno no insistir. Por el
momento bastaba esta insinuacion; mas adelante se expresaria con mayor
claridad. Y paso a hablar de aquellas noticias que dilataban de gozo su
cara bonachona cuando entro en la antigua Galeria de la Industria.

--Usted no puede estar metido aqui siempre, pues eso acabaria con su
salud. Se lo he dicho al presidente del Consejo Ejecutivo, a muchos
senadores, al gobierno municipal de la ciudad y a todos los periodistas
que conozco, excelentes muchachas, que ahora me prestan alguna atencion,
despues de no haberme hecho caso nunca, y se dignan repetir en sus
articulos todo lo que me oyen. En una palabra, gentleman: he creado un
movimiento de opinion a favor de usted para que su vida sea mas
higienica y divertida.

El gobierno me ha autorizado para que forme un programa de diversiones.
?Que es lo que usted desea?... Yo, espontaneamente, me he atrevido a
proponer varias. Quiero que un dia le dejen visitar la capital. Esto es
mas dificil que parece a primera vista. Habra que suspender la
circulacion en las calles para que usted, al marchar, no aplaste a unos
cuantos centenares de transeuntes y para que nuestros vehiculos
terrestres no le corten los pies con sus ruedas. La gente solo le vera
desde las ventanas y los tejados.

Como le digo, esto no es facil, y solo puede realizarse despues que se
reuna el gobierno municipal y decrete la suspension del trafico por unas
horas.

Tambien he hablado al ministro de la Guerra, y esta dispuesto a enviarle
un batallon de muchachas, las mas jovenes y agiles, para que hagan
maniobras sobre esta mesa y ejecuten varias danzas guerreras. Otras
diversiones tengo pensadas, pero solo podran realizarse mas adelante,
pues exigen larga preparacion.

El recreo mas inmediato sera manana. Usted necesita el aire del campo,
dar un paseo digno de sus piernas, y el gobierno me ha autorizado para
que le lleve al parque secular, donde nuestros antiguos emperadores se
dedicaban a la caza durante sus veraneos. Tres dias de viaje echaban
aquellos despotas en sus pesadas carretas para llegar a dicha selva,
poblada de toda clase de animales feroces. Ahora, con nuestros vehiculos
automoviles, vamos en tres horas, y usted, gentleman, tal vez haga el
camino en menos tiempo.

Vera usted cosas maravillosas en aquellas frondosidades, que, segun la
credulidad de nuestros remotos abuelos, fueron habitadas por los
primeros dioses. Encontrara arboles casi de su estatura y tal vez
bestias de caza muy interesantes.

Edwin acepto la invitacion con entusiasmo. Deseaba conocer algo mas que
el eterno espectaculo de la capital vista por los tejados, y el rio, en
el que unicamente le permitian moverse dentro de un reducido espacio.

Paso la noche inquieto por esta novedad, despertandose con frecuencia, y
apenas hubo empezado a apuntar el alba salio de la Galeria,
encontrandose con que el profesor Flimnap le aguardaba ya acompanado por
dos individuos mas del _Comite de recibimiento del Hombre-Montana_. Un
destacamento de amazonas armadas con arcos llenaba tres vehiculos
enormes, sin duda para recordar al gigante que no era mas que un
prisionero.

Las dos maquinas voladoras que permanecian dia y noche sobre el enorme
edificio abandonaron su inmovilidad, lanzandose a traves del aire como
para indicar la direccion al cortejo terrestre.

Camino el gigante unas tres horas en pos del automovil donde iba su
traductor, rodando detras de el los otros vehiculos llenos de soldados.
Al entrar en la selva se hundio en una arboleda que tenia siglos y solo
le llegaba a los hombros, pasando muy contadas veces sus ramas por
encima de su cabeza. Los vehiculos marchaban por caminos abiertos entre
las filas de troncos, pero el gigante, al seguirlos, tropezaba con el
ramaje en forma de boveda, acompanando su avance con un continuo crujido
de maderas tronchadas y lluvias de hojas.

La escolta tuvo que quedarse en el antiguo palacio de caza de los
emperadores, que casi era una ruina, y Gillespie se lanzo a traves de lo
mas intrincado de la selva, aspirando con deleite el perfume de
vegetacion prensada que surgia de sus pasos.

Del fondo de la arboleda se elevaban nubes de pajaros, unas veces en
forma de triangulo, otras en forma de corona, siendo las mas grandes de
estas aves del volumen de una mosca. Todos los habitantes de la selva
adormecida escapaban asustados al sentir la aproximacion de este
monstruo inmenso. Bajo sus pies morian a miles las flores y los
insectos; cada una de sus huellas era un cementerio vegetal y animal.
Las grandes bestias de caza, del tamano de ratas, capaces de poner en
peligro la vida de un cazador pigmeo, corrian en galope furioso,
temerosas y encolerizadas a la vez por la intrusion de esta montana
andante, que podia aplastarlas con sus piernas, tan gruesas como los
troncos de los arboles mas antiguos.

Gillespie vio jabalies de erizado pelaje y ciervos de complicadas y
altisimas astamentas, que parecian datar de los tiempos en que cazaban
los emperadores. Estas bestias de terrorifico aspecto hacian temblar de
emocion al profesor Flimnap, a pesar de que las contemplaba desde una
altura prodigiosa. El gigante, al salir del palacio ruinoso para correr
la selva, habia creido prudente llevar con el a su traductor.

--Asi me acompanara alguien de la Comision encargada de velar por mi
seguridad.

Y puso al catedratico sobre su pecho, aposentandolo en el bolsillo
superior de su chaqueta, donde antes guardaba el panuelo perfumado que
habia sido el asombro de las damas masculinas en el palacio del
gobierno.

Flimnap, asomado al borde del bolsillo, casi lloraba de miedo cada vez
que el gigante extendia una mano pretendiendo apresar en plena carrera a
alguna de aquellas bestias amenazantes dominadoras de la selva.

--iNo, gentleman!--gritaba--. iTenga cuidado! En este momento recuerdo
que uno de nuestros viejos cronistas relata como una fiera de esta clase
mato, hace quinientos anos, al emperador Deffar Plune, valeroso cazador.

Pero el gigante, excitado por los perfumes silvestres y sintiendo
renacer su vigor con este deporte extraordinario a traves de una selva
que tal vez tenia mil anos y no era mas alta que su cabeza, rio del
miedo de la traductora y de los emperadores de cinco siglos antes.

En una replaza abierta entre espesos arboles persiguio a un jabali, que,
al verse acorralado, le acometio con espumarajos de rabia, pretendiendo
hundir sus colmillos en el cuero de sus zapatos. Pero una patada del
gigante lo envio por alto, yendo a estrellarse contra un arbol copudo y
robusto semejante a un cedro. Luego, en un sendero, agarro a un ciervo
en mitad de su fuga veloz y lo subio a la altura de su pecho,
colocandolo a corta distancia de Flimnap, de modo que el asustado
animal, al mover la cabeza, casi le tocaba con las puntas de su
cornamenta.

El profesor cayo desmayado de miedo en el fondo del bolsillo, mientras
el gigante volvia a inclinarse sobre la tierra para dejar al ciervo en
libertad.

Tuvo que atender a su traductora, sacandola de su refugio, despues de
esta broma un poco ruda. Se sento en el suelo, rompiendo bajo su peso
varios arboles. Luego metio una mano en un arroyo proximo, pasando dos
dedos sobre la cara de su acompanante. Esta empezo a despertar bajo la
caricia humeda.

--iOh, gentleman!--suspiro con acento de reproche--. ?Por que me ha dado
ese susto?... iYo que le amo tanto!

A pesar de este tono de queja, se notaba en su voz y en sus ojos una
expresion adorativa, como si estuviese dispuesta a sufrir nuevos
terrores a cambio de contemplar la majestuosa autoridad que ejercia su
amigo sobre una selva donde habian temblado de emocion tantos cazadores
valerosos.

El gigante la dejo por unos momentos sentada al borde del arroyo, para
meterse otra vez entre los arboles.--Quiero llevarme un recuerdo de
esta visita--dijo a Flimnap.

Y el profesor vio como cogia con ambas manos un arbol que le llegaba a
la cintura, empezando a moverle a un lado y a otro, cual si pretendiese
arrancarlo del suelo.

Una nube de hojas envolvio al gigante. Varios pajaros se escaparon
lanzando chillidos. El arbol crujia cada vez mas ruidosamente, hasta que
al fin se rompio junto a las raices. Gillespie fue tronchando sus ramas,
y asi pudo fabricarse un baston que mas bien era una cachiporra, gruesa
de abajo, delgada de arriba y con varias puas que marcaban el ramaje
roto.

Hizo un molinete con el tal baston, que estremecio a los arboles
inmediatos, extendiendo una brisa ondulatoria sobre gran parta de la
selva. Se sentia con esta cachiporra en la diestra menos esclavo de los
pigmeos. Sonrio pensando que hasta era capaz de echar abajo el par de
maquinas aereas que le vigilaban haciendo evoluciones sobre su cabeza.
Un simple garrotazo podia acabar con las dos si es que volaban, como
otras veces, cerca de el para tenerle al alcance de su lazo metalico.

Al cerrar la noche volvio el Hombre-Montana a su alojamiento. Tanta era
su alegria despues de esta excursion, que durante el camino de regreso,
influenciado por la dulzura del atardecer, empezo a cantar mientras
marcaba el paso, llevando sobre un hombro el arbol convertido en
garrote.

Su cancion era una marcha belicosa de las que entonaba el ejercito
americano durante la guerra en Francia. Cuando se fatigaba de cantar
silbaba, y todos los del cortejo, contagiados por su alegria, intentaban
imitarle. Las muchachas de la escolta, no menos regocijadas y
enardecidas por la excursion, acompanaban el canto del gigante golpeando
sus casquetes con sus espadas. Las aviadoras de larga pluma coreaban la
cancion o los silbidos desde sus maquinas aereas, que flotaban muy cerca
de Gillespie. Los habitantes de las cabanas y de los pueblecitos corrian
hacia el camino, atraidos por esta musica ruidosa que parecia venir de
las nubes.

Aquella noche el profesor Flimnap escribio un largo informe dirigido a
sus superiores, en el que relataba la alegria del prisionero,
insistiendo sobre la necesidad de proporcionarle diversiones para que
gozase de buena salud. Asi los sabios del pais podrian enterarse,
gracias a sus confidencias, de la civilizacion de los Hombres-Montanas.

Despues de redactar este documento solo durmio unas horas. Debia partir
al amanecer en la maquina volante que hacia el viaje a una de las
ciudades mas lejanas de la Republica. Le aguardaban alla para que diese,
ante un publico inmenso, otra de sus conferencias sobre el coloso.

Este, fatigado por su excursion del dia anterior, y sabiendo que Flimnap
no vendria a verle, se levanto tarde. Paso dos horas en el rio, dedicado
a su limpieza corporal, divirtiendose al mismo tiempo en arrojar
manotadas de agua a la orilla de enfrente, donde los curiosos se
arremolinaban y huian riendo de estas trombas liquidas.

Cuando subio a su vivienda, vio que la servidumbre trabajaba ya en torno
de las cocinas, preparando el gigantesco almuerzo.

Ocupo Edwin su escabel, apoyando los codos en la mesa; pero al abarcar
con su vista la planicie de madera, tuvo un agradable encuentro. Habia
alguien mas que los atletas que dormitaban junto a la grua. Sentados en
el lomo del libro de poesias traido por Flimnap, y que hacia ahora
oficio de banco, vio a Popito y a Ra-Ra. Los dos amantes conversaban con
las manos unidas y mirandose a corta distancia.

--No se molesten ustedes--dijo el gigante--. Continuen.

Pero estas palabras resultaban ironicas, pues ninguno de los dos se
habia movido al llegar el Hombre-Montana ni parecieron enterarse de su
presencia.

Gillespie no pudo ofenderse por este egoismo, propio de enamorados.
Tambien el cuando habia conseguido una entrevista con miss Margaret en
un paseo de Nueva York o en un jardin de California, era capaz de no
mostrar el menor interes ni llevarse la mano al sombrero aunque pasase
por su lado el presidente de la Republica. El amor tiene bastante con
sus propios asuntos y no deja espacio a las otras curiosidades de la
vida.

--Ha hecho usted bien, doctor Popito--continuo alegremente--, en
aprovecharse cuanto antes de mi permiso. Hablen todo lo que quieran.
Aqui tienen al Padre de los Enamorados, que los defendera del Padre de
los Maestros y de todos los Consejos que intenten su persecucion. Sobre
esta mesa pueden considerarse mas seguros que sobre la mas alta montana.
Me basta dar un puntapie a sus patas para demoler todos los caminos de
subida, cortando el paso a los perseguidores.

Los dos amantes agradecieron al Gentleman-Montana su proteccion. Pero a
pesar de esta gratitud, se adivinaba en ellos que hubiesen preferido
verse solos, sin la obligacion de conversar con el gigante.

Gillespie tambien excuso tal egoismo; lo mismo le ocurria a el cuando
hablaba con miss Margaret. Pero aquella manana sentia un vivo deseo de
ponerse en comunicacion con estos dos seres que reproducian su propia
existencia como una miniatura reproduce un rostro humano.

--Desde que tuve el gusto de conocerle, doctor Popito--continuo--,
llevo en mi memoria una pregunta, y aprovecho la oportunidad para que me
la conteste. ?Como usted, una mujer, ama a este hombre terrible que
desea la derrota del gobierno femenino y que la sociedad vuelva a estar
constituida como antes de la Verdadera Revolucion?...


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