El paraiso de las mujeres - Vicente Blasco Ibanez
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--Le amo--dijo Popito--por lo mismo que soy mujer y quiero continuar
siendolo. No crea, gentleman, que todas las de mi sexo en este pais
estamos contentas de la tirania de nuestro gobierno y de la situacion
abyecta en que mantiene al hombre, haciendo de el un vencido. Del mismo
modo que entre los varones se va formando el partido masculista, entre
nosotras surge un movimiento de protesta dirigido por las mujeres que
aspiran a una vida dulce y de concordia entre los sexos: una vida sin
violencias, sin que ninguno de los dos grupos en que se divide la
humanidad impere sobre el otro ni abuse de el. No queremos que el hombre
sea el despota de la mujer, como en otros tiempos; pero tampoco que la
mujer sea el tirano del hombre, como en la actualidad. ?Por que no
pueden ser iguales los dos, manteniendose en inalterable armonia gracias
a la dulzura y, sobre todo, a la tolerancia?...
Ademas, gentleman, yo, como dice mi padre y otras mujeres
intransigentes, tengo un alma de esclava, porque a todas ellas les
parece una esclavitud no ser las primeras en cualquier momento y no
poder dominar y maltratar al ser que marcha a su lado. A mi, la libertad
a solas, la independencia aspera y egoista, no me seducen. Necesito
vivir acompanada, verme protegida, apoyarme en alguien, y solo pido que,
a cambio de mi sumision carinosa, me respeten, se muestren ciegos para
mis defectos y, sobre todo, me amen.
Somos ya muchas las que pensamos asi. Tres generaciones de mujeres han
vivido como embriagadas por su triunfo, vengandose de un largo pasado de
esclavitud con disposiciones atroces. Nosotras no tenemos nada que
vengar; hemos nacido dentro de unas familias en las que el hombre ocupa
una situacion inferior y humillante, y esto nos hace ver el presente con
mas claridad y mas independencia que pueden verlo nuestros progenitores.
Es la reaccion inevitable despues de un periodo de violencias, el
retroceso al buen sentido despues de un avance exagerado.
--Pero su Ra-Ra--dijo el gigante--tiene otros pensamientos. Suena con
repetir a favor de los hombres todas las violencias que realizaron las
mujeres al ocurrir la Verdadera Revolucion.
--No crea usted sus palabras--dijo Popito con dulzura--. Ra-Ra es
bueno, aunque parezca amargado y cruel por las persecuciones de que se
ve objeto.... Yo estoy a su lado, y cuando el amor une verdaderamente a
dos seres, el hombre solo es perverso si la mujer se lo consiente.
Hubo una larga pausa. Mientras Popito hablaba, su amante, con la vista
baja, parecia reflexionar.
--Ademas--continuo ella--, ?cuando triunfara Ra-Ra?... Yo lo deseo,
aunque esta victoria signifique la desgracia de mi padre y la
desaparicion del gobierno de las mujeres. Asi podria vivir tranquila,
sin las angustias que sufro actualmente, pues temo de un momento a otro
ver preso y condenado a muerte al hombre que amo. Pero ?es posible esa
victoria?... Cada vez la veo mas lejana. Las mujeres triunfaron tal vez
para siempre al apoderarse de la fuerza.
Las palabras de Popito hicieron que Ra-Ra saliese de su abstraccion.
Tomo un aspecto de inspirado, de conductor de muchedumbres, una actitud
heroica, que contrastaba con sus vestiduras femeniles.
--Nuestro triunfo llega--dijo con voz sorda--. Estan contados los dias
de la tirania de las mujeres. Anoche recibi grandes noticias. Un esclavo
de la servidumbre de nuestro gigante me entrego un papel que le habia
dado otro esclavo venido de una de las ciudades mas remotas de la
Republica. El numero de nuestros adeptos aumenta. Tal vez somos ya un
millon.
Pero el numero representa poco. Lo que vale es el trabajo de los hombres
inteligentes que desean emanciparse de una vida de haren y apelan al
estudio como unico medio de conseguir la libertad.
Hemos encontrado a un octogenario que de joven hizo la guerra con el
generalisimo Ra-Ra, mi heroico abuelo. Este anciano conoce el mecanismo
de todos los aparatos de combate que se conservan en las universidades.
Acuerdate, Pepito, que tu y yo, cuando eramos muchachos y viviamos en la
Universidad, nos hemos deslizado ocultamente en los almacenes de la
Facultad de Historia para ver de cerca las bestias de acero, gloriosas y
mudas, sin poder adivinar como funcionaron en otros tiempos....
--Pues bien--continuo Ra-Ra con entusiasmo despues de una larga pausa--,
ese anciano lo sabe; ese guerrero escapado a la venganza de las mujeres
prepara la resurreccion de un mundo de honor caballeresco y de heroismo,
comunicando sus conocimientos a los jovenes.
--?Y de que puede servirles todo eso?--interrumpio Gillespie--. Yo
conozco la historia de este pais, que usted parece haber olvidado.... ?Y
los rayos negros?
Ra-Ra levanto los hombros con una expresion de menosprecio.
--iOh, los rayos negros!--dijo al fin--. El invento de una mujer bien
puede sobrepujarlo el invento de un hombre. Nuestros sabios trabajan....
y no quiero decir mas. Vamos a encontrar algo que nos dara la victoria,
y yo vendre a salvarle, gentleman, antes de que ordene su muerte el
gobierno de las mujeres.
X
En el que se ve como el Hombre Montana conocio al fin la Ciudad-Paraiso
de las Mujeres, y la deplorable aventura con que termino esta visita
Despues de numerosas peticiones al municipio de la capital y de no menos
entrevistas con los personajes allegados al gobierno, consiguio Flimnap
ver aceptado el programa de diversiones que habia ido formando para
recreo de su amigo el gigante.
Una noche guio al Gentleman-Montana hasta una colina desde cuya cumbre
se podian contemplar verticalmente dos grandes avenidas de la capital.
Gillespie encontro interesante el hormiguero que rebullia y centelleaba
bajo sus pies.
Un resplandor de aurora ligeramente sonrosado iluminaba las calles, sin
que el pudiese descubrir los focos de donde procedia. Tal vez emanaba de
misteriosos aparatos ocultos en los aleros de los edificios. Pero lo que
mas admiro fue el continuo transito de los vehiculos automoviles. Todos
afectaban formas un poco fantasticas del mundo animal o vegetal,
llevando en su parte delantera faros enormes que fingian ser ojos y
cruzaban el iluminado espacio con chorros de un resplandor todavia mas
intenso.
La Ciudad-Paraiso de las Mujeres le parecio muy grande y digna de ser
visitada.
--No tardara usted en verla toda--dijo el profesor--. Ya tengo el
permiso del gobierno. Aprovecharemos la gran fiesta de los rayos negros.
Y fue explicando a Gillespie sus gestiones para conseguir esta
autorizacion y el motivo de que el gobierno hubiese fijado para dos dias
despues la visita del Hombre-Montana a la capital.
Habia que aprovechar una conmemoracion historica, porque en tal fecha la
mayor parte del vecindario abandonaba sus viviendas para visitar cierto
templo de las inmediaciones. Era el glorioso aniversario de la invencion
de los rayos negros, considerada como el origen de la Verdadera
Revolucion. Todos en dicho dia querian ver la casita y el laboratorio
donde la benemerita sabia habia hecho su descubrimiento: modestos
edificios cubiertos ahora por la techumbre de un templo majestuoso, en
torno del cual se extendian vastisimos jardines.
La capital casi quedaba desierta despues de mediodia. Unicamente las
personas de distincion continuaban en sus casas o se reunian en
aristocraticas tertulias, para no mezclarse con la gente popular. El
resto del vecindario acudia a la peregrinacion patriotica, y hasta los
hombres se agregaban a la fiesta, sin acordarse de que la inventora de
los rayos negros habia sido su peor enemigo.
Una gran feria, abundante en diversiones para la muchedumbre, ocupaba
los jardines del templo. De lejanas ciudades llegaban por el espacio
flotillas de aparatos voladores, depositando en el lugar sagrado nuevos
grupos de peregrinos.
El profesor Flimnap, de acuerdo con los individuos del gobierno
municipal, habia compuesto un programa dando a la vez satisfaccion a la
curiosidad del gigante y a la curiosidad del pueblo. Gillespie debia
colocarse en las primeras horas de la manana a la entrada de la ciudad,
en el camino conducente al templo de los rayos negros. Asi le podria ver
todo el vecindario mientras marchaba a la peregrinacion nacional. Cuando
la muchedumbre se hubiese alejado, el gigante podria entrar por las
calles casi desiertas, sin riesgo de aplastar a los transeuntes.
Asi fue. El dia senalado, Gillespie, siguiendo a una maquina terrestre
montada por su traductora y varios individuos de su Comite, llego al
citado lugar. La muchedumbre habia emprendido ya su marcha hacia el
templo, y la presencia del gigante produjo enorme desorden. En vano los
jinetes de la cimitarra dieron varias cargas para dejar un espacio libre
de gente en torno de Gillespie. A estas horas de la manana la
muchedumbre era de los barrios populares, y mostro un regocijo agresivo
y rebelde. Bailaba al son de sus instrumentos, obstruyendo el camino, y
se negaba a obedecer a la fuerza publica cuando esta pretendia alejarla
del Hombre-Montana.
Todos querian tocarle despues de haberle visto. Se subian sobre sus
zapatos, se metian en el doblez final de sus pantalones. Algunos
curiosos que eran de gran agilidad, por exigirlo asi sus oficios,
intentaron subirse por las piernas agarrandose a las asperezas que
formaba el entrecruzamiento de los hilos del pano.
Hubieron de intervenir finalmente las autoridades que vigilaban esta
salida de la ciudad. Un destacamento de la Guardia gubernamental,
llegando en auxilio de la policia, libro al gigante del asalto de la
muchedumbre. Al fin se encontro el medio de que todos pudieran
contemplar al Hombre-Montana sin que el desfile se cortase y sin que el
templo de los rayos negros se viera abandonado por primera vez desde su
fundacion.
Como el gigante, colocado en medio del camino, era a modo de un dique
que contenia el curso de la gente, le hicieron alejarse un poco de la
ciudad, hasta llegar a una fortaleza antigua situada al borde de un
barranco, la cual habia servido para la defensa de esta ruta en tiempo
de los emperadores.
Edwin se sento sobre la tal ciudadela, que no llegaba a tener dos varas
de alta, y en este sillon de piedra descanso mucho tiempo, mientras
seguia el desfile del vecindario.
Varias lineas de infantes y jinetes extendidas ante sus pies le
separaban de la inquieta muchedumbre, evitando nuevas familiaridades.
A la gente popular de la primera hora sucedieron otros grupos menos
bulliciosos y de mejor aspecto, que pasaban en automoviles propios o en
grandes vehiculos de servicio publico.
Los establecimientos de ensenanza habian enviado a sus alumnos en
formacion militar para que visitasen la tierra de donde surgio la
liberacion femenil. Las tropas pasaban tambien, con sus musicas al
frente, para desfilar ante la tumba de aquella mujer de laboratorio que
se habia ido del mundo sin sospechar su gloria.
Cerca de mediodia el profesor Flimnap volvio en busca de su protegido.
Empezaba a aclararse la muchedumbre de peregrinos.
--Ya puede entrar usted en la capital. El jefe de la policia dice que
las calles estan casi desiertas. Un peloton de jinetes marchara delante
para que se alejen los curiosos, si es que verdaderamente queda alguno.
Ademas van con ellos numerosos trompeteros, que anunciaran ruidosamente
el paso de usted para evitar accidentes. Cuando se sienta cansado, puede
hacer una sena a la escolta y volverse a casa. Usted sabe el camino.
El Gentleman-Montana se extrano de estas palabras.
--?Me abandona usted, profesor?... Yo me imaginaba que seria mi guia a
traves de la capital.
--Inconvenientes de la gloria--dijo Flimnap, bajando los ojos como
avergonzado de su desercion--. Mi deseo era acompanarle, pero ahora soy
un personaje popular; segun parece, estoy de moda gracias a usted, y los
senores del gobierno municipal quieren que vaya con ellos al templo de
los rayos negros para pronunciar un discurso en honor de nuestra sabia
libertadora. Todos los anos escogen a la mujer mas celebre para que haga
este panegirico. Ahora me toca a mi, y no me atrevo a renunciar a una
distincion tan extraordinaria.
Flimnap afirmo al coloso que acababa de dar ordenes para que lo
acompanase un buen traductor en su visita a la capital. Una hora antes
habia enviado un mensajero a la Galeria de la Industria avisando a Ra-Ra
que viniese a esperar a Gillespie en la puerta mas proxima. Tal vez era
esto una imprudencia, pero ya no habia tiempo para disponer algo mejor.
El Gentleman-Montana debia cuidar de que Ra-Ra conservase oculto su
rostro y no incurriese en las audacias de otras veces.
Marcho Gillespie hacia la ciudad, precedido de un escuadron de jinetes y
numerosos trompeteros. Las murallas de la capital, levantadas en tiempos
de los viejos emperadores, habian sido destruidas anos antes para el
ensanche urbano. Pero quedaba en pie una de las antiguas puertas,
flanqueada por dos torres de una arquitectura elegante y original, que
habia contribuido a que la respetasen.
El Hombre-Montana se fijo en varias mujeres que estaban en lo alto de
dicha puerta para verle pasar, y en un hombre, el unico, envuelto en
pudicos velos.
--Gentleman, soy yo--dijo a gritos, agitando sus blancas envolturas.
El gigante extendio la mano sobre las torres, y tomando entra dos dedos
a Ra-Ra, lo puso delicadamente en la abertura del bolsillo alto de su
chaqueta. El joven le guiaria en su excursion, como el cornac que va
sentado en la testa del elefante.
Siguiendo sus indicaciones, se metio entre las dos torres y las casas
para seguir una amplia avenida.
Durante varias horas Gillespie visito la capital, admirando la audacia
constructiva de aquellos pigmeos. La mayor partes de los edificios eran
de numerosos pisos, y algunos palacios tenian sus azoteas altas al nivel
de su cabeza. Las casas, de nitida blancura, estaban cortadas por fajas
rojas y negras, y muchos de sus muros aparecian ornados con frescos,
gigantescos para los ojos de sus habitantes, que representaban sucesos
historicos o alegres danzas.
Entre las masas de edificios vio el gigante abrirse floridos jardines,
que a el le parecian no mas grandes que un panuelo, y en cuyos senderos
se detenian las mujeres para levantar la vista, admirando la enorme
cabeza que pasaba sobre los tejados. A pesar de que los trompeteros iban
al galope y soplando en sus largos tubos de metal por las calles que
seguia Gillespie, los ojos de este tropezaban a cada momento con
agradables sorpresas que le hacian sonreir. Los diarios habian anunciado
su visita a la ciudad; nadie la ignoraba, pero la fuerza de la costumbre
hacia que machos olvidasen toda precaucion y siguieran viviendo en las
habitaciones altas sin miedo a los curiosos.
Edwin vio que se cerraban algunas ventanas con estruendo de colera.
Muchos punos crispados le amenazaron cuando ya habia pasado. Por estas
aberturas completamente desprovistas de cortinas sorprendio sin quererlo
las desnudeces matinales de numerosas mujeres que se acostaban tarde y
se levantaban tarde igualmente, procediendo a sus operaciones de higiene
con la ventana abierta, sin acordarse de que habia gigantes en el mundo.
Delante y detras de el evolucionaba la caballeria, dando trompetazos y
agitando sus sables. Los transeuntes y los vehiculos que se habian
quedado en la ciudad huian delante de estas cargas, y mas aun de los
inmensos pies, que con un simple roce se llevaban detras de ellos la
parte baja de una esquina.
Ra-Ra creyo estar gozando anticipadamente una parte del triunfo con que
sonaba a todas horas. Asomado al bolsillo del gigante, se consideraba
tan enorme como este, viendo empequenecidos a todos sus adversarios.
Siempre que el Hombre-Montana pasaba junto a un edificio publico, el
escupia desde la altura, como si pretendiese con esto consumar su
destruccion. Varias veces rio viendo moverse abajo, como despreciables
insectos, a los que estaban encargados de perseguirle. Como su voz solo
podia oirla el gigante, se expresaba con una insolencia revolucionaria.
--Gentleman--dijo designando con una mano el palacio del gobierno--,
este es el antro de la venganza femenina.
Edwin dio una vuelta en torno a la enorme construccion, asomandose por
encima de los tejados a sus patios y jardines. Lo mismo hizo en varios
edificios publicos. Vio de lejos otro palacio grandioso, y como
adivinase que era la Universidad por las grandes lechuzas doradas que
coronaban las techumbres conicas de sus torres, quiso ir hacia el; pero
Ra-Ra le disuadio.
--Mas tarde, gentleman. Alli descansara usted.
Y dirigio su marcha hacia el puerto.
A pesar de que el dia era festivo, los buques anclados en el empezaron a
hacer funcionar los aparatos mugidores que usaban en los dias de niebla,
dedicando al gigante un saludo ensordecedor. En los navios de la
escuadra del Sol Naciente, las tripulaciones, formadas sobre las
cubiertas, agitaron sus gorros, aclamandole. El Hombre-Montana contesto
a este saludo general moviendo sus dos manos y luego se inclino
cortesmente.
--iCuidado, gentleman! iAcuerdese que estoy aqui!--grito Ra-Ra.
Con el inesperado movimiento de su conductor, el pigmeo habia saltado
fuera del bolsillo y se mantenia agarrado al borde.
La mano misericordiosa del coloso le volvio a su seguro refugio; pero
despues de esta aventura mortal parecia haber perdido las ganas de
prolongar el paseo y guio a su protector hacia la Universidad.
Siguiendo sus consejos, Gillespie marcho lentamente para fijarse en
todas las particularidades del edificio que Ra-Ra le iba explicando.
Por su parte, el proscrito, sin dejar de hablar, examinaba los tejados,
las terrazas y las galerias cubiertas de este palacio, grande como un
pueblo, en el que habia pasado su adolescencia.
Hizo que el gigante detuviera su marcha, y echando medio cuerpo fuera
del bolsillo, empezo a dar gritos para que acudiese el jefe de la
escolta. Cuando este, conteniendo la nerviosidad de su caballo, que se
encabritaba al husmear la proximidad del coloso, pudo colocarse al fin
junto a los enormes pies, Ra-Ra le hablo desde arriba en el idioma del
pais. El Hombre-Montana deseaba hacer alto, empleando como asiento uno
de los pabellones bajos de la Universidad. La escolta, podia descansar
igualmente durante una hora echando pie a tierra.
El guerrero acepto con alegria la orden. Su tropa llevaba varias horas
de correr las calles, luchando con la rebelde curiosidad del publico y
repeliendo a los transeuntes y las maquinas terrestres. Cesaron de sonar
las trompetas y los jinetes se desparramaron en las vias inmediatas.
Cuando todos desaparecieron, Ra-Ra volvio a examinar la parte alta y
sinuosa del palacio universitario, donde estaban las habitaciones de los
doctores jovenes. Los mas de ellos se habian ido a la peregrinacion
patriotica, y asi se explicaba que las terrazas y las galerias
permaneciesen silenciosas, sin el ordinario rumor de peleas dialecticas.
Solo quedaban algunos doctores melancolicos meditando ante un libro
abierto. Al ver la cabeza del gigante distraian su atencion estudiosa
por unos segundos; pero luego reanudaban la lectura, como si solo
hubiesen presenciado un accidente ordinario. Todos ellos recordaban su
visita a la Galeria da la Industria, y tenian al Hombre-Montana por un
animal enorme, cuya inteligencia estaba en razon inversa de su grandeza
material.
Gillespie habia empezado por segunda vez la vuelta del edificio.
--Detengase aqui, gentleman--dijo de pronto Ra-Ra, ahogando su voz.
Edwin no comprendio tales palabras. ?Que deseaba este pigmeo, cada vea
mas exigente?...
--Digo, gentleman, que me deje aqui, en esa terraza. Dentro de una hora
vuelva a tomarme. Mientras tanto, puede usted descansar sentandose en
cualquiera de los pabellones anexos a la Universidad. No tema, son
fuertes y soportaran bien su peso.
Gillespie comprendio los deseos de Ra-Ra al ver en una terraza interior,
separada de la fachada por los profundos huecos de dos patios, a una
mujer con gorro universitario que agitaba los brazos, sorprendida y
alegre. No pudo reconocerla porque le faltaba su lente de aumento, pero
estaba casi seguro de que era Popito.
--Diviertanse mucho--dijo el gigante.
Y tomando a Ra-Ra otra vez con el pulgar y el indice de su mano derecha,
lo saco del bolsillo para depositarlo en un alero. Luego rio viendo como
corria, con una agilidad de insecto saltador, de tejado en tejado,
agitando sus velos como las alas de una mariposa blanca, bordeando el
abismo de los profundos patios, para llegar hasta la mujercita de
birrete doctoral que le aguardaba llevandose ambas manos al pecho,
henchido de emocion.
Al quedar solo, el gigante se movio con lentos pasos a lo largo de la
Universidad, cuyas balaustradas finales le llegaban a los hombros. No
veia ningun edificio que pudiera servirle de asiento. Apoyo un codo en
un alero mientras descansaba en su diestra la sudorosa frente, y al
momento echo abajo tres estatuas de doble tamano natural que adornaban
la balaustrada, representando a otras tantas heroinas de la Verdadera
Revolucion.
Tuvo miedo de causar nuevos danos en el monumento de la Ciencia, y
continuo su exploracion, buscando algo mas solido donde apoyarse.
Siguiendo el contorno del edificio llego a una plaza sobre la que
avanzaba un palacete anexo a la Universidad. Era una construccion de
tres pisos, cuya altura no pasaba de la mitad de sus muslos, y en cuya
techumbre, libre de emblemas y de barandas, podia sentarse comodamente.
Asi lo hizo Gillespie con suspiros de satisfaccion. Llevaba varias horas
caminando, con la atencion extremadamente concentrada y moviendo sus
pies entre prudentes titubeos para no aplastar a nadie.
Casi celebro que la audacia de Ra-Ra le hubiese dado motivo para
descansar en esta plaza solitaria, rodeado del silencio de una gran
ciudad desierta. Hasta tuvo la sospecha de que si no venian a buscarle
en su retiro acabaria echando un ligero sueno. Encontraba agradable
tener por asiento una dependencia del enorme palacio donde reinaba sin
limites la autoridad del Padre de los Maestros.
Aquella tarde, Golbasto, el gran poeta nacional, habia salido de su casa
apenas noto que las calles empezaban a quedar solitarias. El glorioso
cantor solo gustaba de las muchedumbres cuando se reunian para aclamarle
y escuchar sus versos. Fuera de estos momentos, encontraba al pueblo
estupido, maloliente y peligroso.
La fiesta patriotica de los rayos negros solo habia sido notable un ano,
segun su opinion. Fue el ano en que el gobierno le encargo un poema
heroico en honor de la inventora de los rayos libertadores, coronandolo
despues de su lectura y dandole el titulo de poeta nacional. En los anos
siguientes, la tal fiesta nunca habia pasado de ser una feria
populachera, durante la cual pretendian inutilmente parodiar su gloria
otros poetas escogidos por el favoritismo politico. Hasta una vez--ioh,
espectaculo repugnante!--el designado para cantar tan sublime
aniversario habia sido una poetisa, es decir, un hombre, cosa nunca
vista despues de la Verdadera Revolucion. Este ano, el poeta de la
fiesta era una jovenzuela recien salida de la Universidad, un rebelde,
que osaba comparar sus versos con los de Golbasto y ademas criticaba los
trabajos historicos del grave Momaren, su antiguo maestro.
Los tres caballos humanos del poeta, que sonaban desde muchos dias antes
con unas cuantas horas de libertad empleadas en asistir a las fiestas de
los rayos negros, solo vieron abierta su cuadra para ser enganchados al
carruajito en figura de concha. Como los tres hombres medio desnudos se
mostraban algo reacios y hasta osaron murmurar un poco, Golbasto los
refreno con varios latigazos. Luego, afirmandose la corona de laurel
sobre las melenas grises, subio al carruajito y dio una orden a su tiro,
acariciandolo por ultima vez con la fusta.
--Vamos a la Universidad, a la casa del doctor Momaren.
En el camino oyo la trompeteria que anunciaba el paso del gigante, y se
vio obligado a dar un largo rodeo por calles secundarias para no
tropezarse con el.
--?Hasta cuando nos molestara el animal-montana?--murmuro
rabiosamente--. El senador Gurdilo tiene razon: hay que desembarazarse
de ese huesped grosero e incomodo.
A pesar de que el poeta vivia de sus continuas peticiones a los altos
senores del Consejo Ejecutivo y de las munificencias de Momaren, que
tambien era personaje oficial, sentia hoy cierto afecto por el jefe de
la oposicion y encontraba muy atinados sus ataques contra un gobierno
que no sabia velar por las glorias establecidas y apoyaba las audacias
de los principiantes.
Entro en la Universidad por la gran puerta de honor; dejo en un patio su
vehiculo, amenazando con los mas tremendos castigos a los tres
caballos-hombres enganchados a el si no eran prudentes y osaban moverse
de alli. Siguiendo un dedalo de galerias y pasadizos, unicamente
conocidos por los amigos intimos de Momaren, llego al pequeno palacio
habitado por el Padre de los Maestros.
Ninguna de las recepciones vespertinas del potentado universitario se
habia visto tan concurrida como la de esta tarde. Todos los que
abominaban del contacto de la muchedumbre acudian a una tertulia que
proporcionaba a sus asistentes cierto prestigio literario.