El paraiso de las mujeres - Vicente Blasco Ibanez
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--Que todo continue aqui lo mismo--dijo uno de ellos al profesor--.
Manana veremos que es lo que dispone el Consejo Ejecutivo.
Este "manana" inquietaba a Flimnap. Creyo prudente pasar la noche bajo
el mismo techo que su amado gentleman, como si con ello pudiese apartar
los peligros todavia indeterminados que le anunciaban sus
presentimientos.
Dio ordenes a la servidumbre para que el gigante cenase como todas las
noches. El desorden originado por la visita de los perseguidores de
Ra-Ra no debia notarse en la buena marcha del servicio domestico. Luego,
cuando el gentleman iba a acostarse, Flimnap fingio que regresaba a la
Universidad, despidiendose de el hasta el dia siguiente, pero se dispuso
a pasar la noche en la cama del administrador del almacen de viveres,
aunque estaba seguro de no dormir.
--iManana!--pensaba--. ?Que pasara manana?
Fuera de aquel enorme edificio se estaba condensando una nube de
hostilidad que iba a estallar al dia siguiente sobre la cabeza del
gigante. Gran parte de las tropas habian quedado al pie de la colina
vivaqueando. En lo alto permanecia inmovil una escuadrilla de maquinas
voladoras.
Durante la noche vio, al asomarse por tres veces, la fila circular de
hogueras en torno de las cuales dormian los soldados, y sobre la
techumbre del edificio los aviones, que abrian de vez en cuando sus ojos
enormes, paseando sobre la tierra mangas de luz.
Poco despues de amanecer, cuando el gigante estaba aun en su cama, se
presento un empleado del Consejo Ejecutivo, al que seguian varias
mujeres que, a juzgar por sus trajes, pertenecian a la clase industrial
de la ciudad. El funcionario manifesto a Flimnap que venia para
notificar al Hombre-Montana el acuerdo del gobierno obligandole a
cambiar de traje inmediatamente. Luego presento a los que le
acompanaban, que eran media docena de sastres encargados de confeccionar
los uniformes del ejercito.
Declaro el profesor innecesaria la notificacion, pues su gigantesco
amigo habia sido advertido por el de las decisiones del gobierno.
--En cuanto a lo del traje--continuo--, estos senores tendran que
esperar a que el Hombre-Montana se haya levantado, si es que no
prefieren tomarle medida mientras esta tendido en su cama.
Uno del grupo, que parecia ejercer cierta autoridad sobre sus companeros
de oficio, acogio tal proposicion con un gesto despectivo, expresando
luego su extraneza de que un hombre tan sabio como el profesor Flimnap
creyese aun que los sastres geometras tomaban medida a sus clientes como
en los tiempos remotos.
--Nos bastara conocer el diametro de uno de sus tobillos y de una de sus
munecas. Despues, gracias a nuestros calculos aritmeticos, descubriremos
las proporciones del resto de su cuerpo, cortandole un traje exacto.
Ademas, esto no va a ser un uniforme ajustado, como el que usan los
guerreros de la Guardia; es simplemente un vestido de hombre, con falda
y velo.
Gillespie, que estaba en los postreros momentos de su sueno, cuando
empiezan a despertar confusamente los sentidos mientras el resto del
organismo yace sin voluntad, creyo que un insecto le estaba
cosquilleando un tobillo y largo una patada, de la que se salvaron
milagrosamente los dos sastres ocupados en tomarle medida.
--iQuieto, gentleman!--dijo el profesor inclinandose sobre una de sus
orejas--. Son los maestros cortadores, que se preparan a confeccionar
ese nuevo vestido que tanto le divierte.
La comision de sastres habia traido todo lo necesario para hacer sin
perdida de tiempo el traje femenil del gigante. Tenian orden de no
volver a la capital sin haber cumplido su encargo, y fuera de la Galeria
les esperaban varias carretas cargadas de piezas de tela, asi como una
numerosa tropa de costureros.
En el vasto declive comprendido entre el edificio y el cordon de tropas
acampado abajo fueron desplegando dichas piezas de tela, que sus
ayudantes cosieron rapidamente gracias a unas maquinas portatiles de
vertiginosa celeridad. Asi quedo formada una pieza unica y enorme, que
cubria todo un lado de la colina, y el mas viejo de los maestros,
consultando un cuaderno cuyas hojas llenaba de calculos matematicos,
trazo con un pincel blanco sobre la tela las lineas que debian seguir
los cortadores. Asi como iban quedando separadas las diversas piezas del
traje se apoderaban de ellas los ayudantes, haciendo trabajar de nuevo
sus maquinas de coser. Todos los costureros eran hombres, pues las
labores de aguja unicamente se consideraban compatibles con la debilidad
del sexo masculino. En cambio, los maestros cortadores eran mujeres, asi
como los empleados del gobierno que vigilaban la operacion.
Despues de almorzar, Gillespie se asomo a la entrada de la Galeria para
ver este trabajo extraordinario. Pero desoyendo las instancias del
profesor, no quiso salir completamente del edificio. Parecia que
presintiese un peligro. Se consideraba mas seguro teniendo sobre su
cabeza el techo de la Galeria y frente a sus ojos aquella entrada, por
la que tenian que pasar forzosamente los que avanzasen en busca suya.
A media tarde quedo terminado el vestido. La noticia habia circulado por
la capital, y mas alla de la linea de soldados se fue extendiendo una
muchedumbre de curiosos. Estos ya no mostraban la alegria ruidosa y
protectora de la manana en que los barberos de la capital afeitaron al
gigante y le cortaron el pelo.
Circulaban entre los grupos noticias confusas y hasta contradictorias
acerca del Hombre-Montana; pero todas ellas estaban acordes en
presentarlo como un insolente, enemigo del pais que le habia dado
hospitalidad y escarnecedor de sus buenas costumbres. Algunos hasta
afirmaban haberle oido horribles blasfemias contra la nacion y contra el
sexo que la gobernaba, como si fuesen capaces de entender su idioma.
Cada vez que en el curso del dia aparecio el coloso junto a la entrada
de su vivienda, no fue saludado por la muchedumbre con alegres
aclamaciones y echando sus gorras en alto, como otras veces. Un silencio
hostil acogia su presencia. Por encima de las cabezas solo se veian
pasar piedras, y los que las habian arrojado se lamentaban de que estas
no pudiesen llegar hasta el ser a quien iban dedicadas.
Gillespie adivino instintivamente la agresividad contra el que parecia
diluida en el espacio. Por esto no quiso escuchar en los primeros
momentos los consejos conciliadores que le daba el profesor.
--Ya esta acabado el traje, gentleman--decia Flimnap--. Hay que
ponerselo inmediatamente, y con eso quedara terminado el conflicto con
todo ese pueblo que no le conoce bien. Los empleados del gobierno
quieren que salga usted de la Galeria. Le sera mas facil vestirse al
aire libre, y los sastres podran apreciar mejor su obra.
--No, no salgo--contesto Edwin energicamente--. El que desee verme que
entre aqui. Me siento mas fuerte bajo este techo.
Y al decir esto miraba el tronco enorme apoyado en la mesa.
Los enviados del gobierno, cada vez mas sombrios y parcos en palabras,
se consultaron con una mirada cuando salio Flimnap para decirles que el
Hombre-Montana deseaba cambiar de ropas dentro de su vivienda. Al fin
aceptaron, exigiendo unicamente que el gigante saliese con su nuevo
vestido de hombre, para que la muchedumbre se convenciera de que se
habian cumplido las ordenes gubernamentales.
Una larga fila de cargadores entro en la Galeria llevando a cuestas el
nuevo traje, enrollado como un gran toldo.
Rio Gillespie cuando estos atletas lo extendieron bajo su vista. La
exigencia de los pigmeos resultaba tan comica, que ahogo en el todo
intento de indignacion. Pero volvio a fruncir el ceno cuando el profesor
le pidio que se despojase de su chaqueta y sus pantalones, conservando
unicamente la ropa interior.
--No me diga que no, gentleman--suplicaba Flimnap juntando las manos--.
Siga mis consejos. Esto no es mas que una pequena molestia, y representa
la tranquilidad para usted y para mi. Los senores del gobierno le
dejaran en paz si le ven sumiso a sus ordenes. Ademas, el traje viejo
quedara aqui, a su disposicion; este nuevo es unicamente para cuando se
presente en publico.
Gillespie, conmovido por la vehemencia del doctor, acabo accediendo a
sus deseos. Se despojo de su antiguo traje, que en realidad estaba
maltratado y con numerosas roturas, cubriendose luego con la suelta
tunica que le habian fabricado los sastres del pais. Finalmente se echo
sobre la cabeza un velo hecho de lona de la que fabricaban los pigmeos,
y que mas bien parecia la vela de un antiguo navio.
--Ahora debe usted salir, para que le vea la multitud--dijo Flimnap--.
Es necesario; lo exigen asi los representantes del gobierno.
--No--dijo rotundamente Gillespie.
Se convencio el profesor de que seria inutil su insistencia. Ademas, la
negativa del gigante parecia quebrantar su propia credulidad. ?Si
pretenderian enganarle a el tambien los enviados oficialas?... Los busco
fuera de la Galeria, volviendo con uno de ellos, que mostraba un rostro
sombrio, vacilando mucho antes de contestar a sus preguntas.
--Gentleman--grito Flimnap--: el digno senor que me acompana, asi como
los otros representantes del gobierno, afirman que puede usted salir de
aqui sin miedo y mostrarse al publico, pues su vida no corre ningun
peligro. ?No es asi, senor?--anadio, dirigiendose a su acompanante.
Este le contesto con unas cuantas palabras en el idioma del pais, y su
respuesta parecio satisfacer a Flimnap.
Al fin, el gigante, aburrido de tantas mediaciones y no queriendo que
los pigmeos le creyeran miedoso de su poder, accedio a salir de la
Galeria.
Un zumbido inmenso se levanto del suelo saludando su presencia. La
muchedumbre lanzo aclamaciones, pero estas no iban dirigidas a la
persona del Hombre-Montana, como dias antes, sino a su nuevo traje, en
el que veian un simbolo de abdicacion y de esclavitud.
Adivinando otra vez la hostilidad que le rodeaba, Gillespie quiso
retroceder hacia su vivienda, pero un leve abejorreo sono en torno a su
cabeza. Al levantar los ojos, pudo ver las sombras fugaces que
proyectaba en su evolucion circular toda una escuadrilla de maquinas
voladoras. Sintio un agudo latigazo en una muneca y luego otro igual en
la muneca opuesta. A continuacion, una especie de lombriz metalica, fria
y cortante, se arrollo a su cuello. Los aviones arrojaban sus cables
metalicos animados por una vida electrica, y estos iban reptando sobre
su cuerpo, enroscandose a todas las partes salientes en las que podian
hacer presa sus anillos. En un instante se sintio prisionero e
inmovilizado por este manojo de serpientes atmosfericas. Sintio que su
colera le daba una fuerza sobrehumana, y quiso retroceder para meterse
en la Galeria, tirando de sus adversarios aereos.
Su primer movimiento hacia atras hizo vacilar a las maquinas inmoviles
en el aire; pero estas, pasada la sorpresa, tiraron todas a la vez en
direccion opuesta. El pobre gigante no pudo resistirse a las energias
mecanicas conjuradas contra el; se sintio empujado brutalmente, hasta
caer al suelo, y luego arrastrado un largo espacio, derramando sobre la
huella que dejaba su cuerpo dos regueros de sangre. Los hilos metalicos
partian sus carnes como el filo de un cuchillo.
Otra vez quedaron inmoviles en el espacio las maquinas voladoras al ver
al coloso tendido en mitad de la ladera, cerca ya del cordon de tropas.
No quisieron continuar su arrastre y aflojaron los cables para que
sintiese menos su cortante tirantez.
Reconociendo la inutilidad de sus esfuerzos y humillado por su caida,
Gillespie solo supo llorar. La muchedumbre, al ver sus lagrimas,
prorrumpio en una carcajada sonora. Nunca le habia parecido tan gracioso
el Hombre-Montana.
El profesor, atolondrado por la caida del coloso, corrio detras de el
dando alaridos de indignacion. Luego, al ver que lloraba, lloro
igualmente; pero, a pesar de su pusilanimidad, penso que las lagrimas no
podian resolver nada y su dolor se convirtio en indignacion.
El grupo de enviados del gobierno avanzaba hacia el caido, y Flimnap lo
increpo.
--Esto es una infamia. Ustedes me han dado palabra de que el
Gentleman-Montana no corria ningun peligro.
Pero el mas viejo repuso friamente:
--El gobierno no puede dejarlo en libertad, para que se permita nuevas
insolencias. Hemos cumplido las ordenes de nuestros superiores.
Otro representante, el mas joven de todos, rio de las lagrimas de
Flimnap.
--Creo, doctor--dijo--, que manana mismo se vera usted libre del cuidado
que le da el Hombre-Montana. Segun parece, los altos senores del Consejo
Ejecutivo piensan suprimirlo, para que no se burle mas de nosotros.
XII
De como Edwin Gillespie perdio su bienestar y le falto muy poco para
perder la vida
Flimnap paso una segunda noche sin dormir. Tenia ante sus ojos a todas
horas el rostro doloroso del gigante caido. Contemplaba sus manos
cubiertas de sangre, su cuello surcado por dos profundos aranazos, su
gesto de colera impotente, que hacia recordar la desesperacion pueril de
un nino abandonado.
--iMorir asi!--murmuraba el vencido--. iAcabar a manos de este
hormiguero de hombres-insectos!...
En medio de su desorientacion, el profesor habia encontrado una idea que
consideraba salvadora. Los gestos y las palabras de aquellos enviados
del gobierno le hicieron creer que la muerte del Hombre-Montana era cosa
decidida por el Consejo Ejecutivo. Veia agitarse a Momaren como una
potencia irresistible que suprimiria todo movimiento de piedad en favor
del gigante. ?Por que permanecer al lado del caido sin hacer nada? El
gobierno tenia enemigos y el Padre de los Maestros tambien. Cuando todos
perseguian al Hombre-Montana, era conveniente buscar una nueva
proteccion, explotando los rencores que separaban a unos de otros.
Habia abandonado a Gillespie al cerrar la noche para correr a la capital
en busca de Gurdilo. Pronto averiguo su domicilio. El famoso senador
hacia alarde de una vida austera, procurando que todos conociesen la
pobre casa que habitaba.
Flimnap fue recibido por el cuando estaba terminando, con una
ostentacion virtuosa, su cena frugal, en presencia de varios
admiradores, todos femeninos. El aspero senador evitaba el trato con los
hombres, acordandose de las desdichas de Momaren y otros personajes. Sus
amistades intimas eran siempre con gente de su sexo.
Cuando Flimnap quedo a solas con Gurdilo, en una pieza modestamente
amueblada, se apresuro a hacer su propia presentacion.
--Senador, yo soy el pedante de que hablo usted ayer; el encargado de
guardar al Hombre-Montana.
El tribuno hizo un gesto despectivo al oir el nombre del coloso. Su
opinion sobre el estaba formada, y todo lo referente a su persona lo
tenia guardado en una carpeta llena de papeles puesta sobre una mesa
proxima. Alli estaban los celebres datos estadisticos sobre las enormes
cantidades de materias alimenticias que llevaba devoradas el intruso.
Todo esto pensaba emplearlo al dia siguiente en el segundo discurso que
pronunciaria contra el Hombre-Montana, o mejor dicho, contra el gobierno
que le habia protegido.
--Usted no hara el discurso--dijo el universitario con autoridad--.
Resulta inutil, por la razon de que manana el gobierno va a dar muerte
al gigante.
El temible senador, que se creia dueno de sus impresiones y habil para
ocultarlas en todo momento, casi dio un salto de sorpresa al escuchar a
Flimnap. ?Con que derecho se atrevia el gobierno a disponer del
Hombre-Montana? El consideraba al gigante como una cosa propia; se habia
ocupado de su persona antes que los demas, y ahora venia el Consejo
Ejecutivo a inmiscuirse en el asunto, con el malvado proposito de
robarle un gran triunfo oratorio.
Penso que tal vez este profesor mentia por defender a su protegido, y
dijo friamente:
--?Que interes puede tener el gobierno en suprimir al Hombre-Montana?
--El interes de servir a Momaren--contesto Flimnap--. El Padre de los
Maestros quiere vengarse del Gentleman-Montana, no solamente por lo
ocurrido en su fiesta, sino tambien porque se imagina que el gigante
protege a uno de sus mayores enemigos.
El profesor sabia lo que representaba para Gurdilo esta segunda
insinuacion. El ser mas odiado por el en todo el pais era Momaren. Desde
su juventud les separaba una rivalidad de condiscipulos. Gurdilo habia
aspirado luego al alto cargo de Padre de los Maestros, y era Momaren
quien lo obtenia. Tambien deseaba vengarse de los sarcasmos y
murmuraciones con que le habia molestado este ultimo en muchas
ocasiones. El grave Momaren, que parecia incapaz de mezclarse en asuntos
mezquinos, mostraba una malignidad extraordinaria al hablar del famoso
senador. Seguro del apoyo del gobierno, no le inspiraban miedo sus
discursos, y hasta se atrevia a criticar su existencia privada, dudando
de su aparente severidad y acusandolo de hipocresia.
--iAh! ?Conque es Momaren el que desea la muerte de ese pobre gigante?
Despues de proferir tales palabras, el senador se mostro dispuesto a
aceptar sin resistencia todo lo que dijese Flimnap.
Este adivino en su mirada una repentina simpatia por Gillespie. Bastaba
que Momaren y el gobierno deseasen la muerte del Hombre-Montana, para
que Gurdilo mirase a este como un cliente que nadie debia tocar.
En mucho tiempo no habia sentido el senador un interes tan ardoroso como
el que mostro escuchando al catedratico. Creia conocer todo lo que
ocurria en el pais, y ahora se convencia de que ignoraba lo mas
importante.
Flimnap le conto los amores de Pepito con Ra-Ra; como este, valiendose
de una astucia todavia ignorada, conseguia entrar al servicio del
gigante, y como el tal gigante, desconocedor de las costumbres del pais,
se habia dejado enganar por el joven, sin suponer sus maquinaciones
contra el orden social. Al no poder vengarse Momaren del revolucionario
Ra-Ra, que andaba fugitivo, queria saciar ahora su odio en el pobre
Hombre-Montana. Ademas, su vanidad de autor atribuia una intencion
malevola al pobre gigante, el cual, por simple torpeza, habia
interrumpido su fiesta literaria.
Cuando Flimnap describio, con arreglo a sus informes, el momento en que
Momaren y Golbasto cayeron al suelo bajo el salivazo gigantesco, el
senador empezo a reir como un nino, pidiendo que le relatase por segunda
vez la graciosa escena.
Ignoraba que Golbasto tuviera tal motivo para odiar al Hombre-Montana.
--Ese poeta--dijo--es un intrigante. Le conozco hace mucho tiempo, y no
se como me deje influenciar por sus palabras el otro dia, cuando
preparaba mi primer discurso contra el pobre coloso. Pero aun queda
tiempo para hacer justicia, y Momaren no vera cumplidos sus deseos.
Venga usted manana al Senado y vera como el senador Gurdilo es el de
siempre: un defensor de la inocencia y un enemigo de los hombres malos.
Los hombres malos eran Momaren y los senores del gobierno. La mejor
prueba para Gurdilo de la inocencia de Gillespie consistia en verlo
perseguido por ellos.
Quedo tan satisfecho de la visita de Flimnap, que hasta quiso borrar la
mala impresion que podian haber dejado en el ciertas palabras de su
ultimo discurso.
--Lo de pedante y otras expresiones parecidas--dijo--no debe usted
aceptarlo como verdades indiscutibles. Son libertades oratorias, hijas
de la improvisacion, que yo mismo empiezo por no creer. Los oradores
somos asi. Ahora que le conozco, querido profesor, declaro que es usted
hombre de ingenio y que me ha hecho pasar un rato muy agradable. Hasta
manana.
Flimnap, contento de esta entrevista, que le proporcionaba un poderoso
apoyo, paso, sin embargo, la noche en dolorosa incertidumbre, sin poder
apartar de su memoria al vencido gigante.
En las primeras horas de la manana quiso verle, y se dirigio a la
Galeria de la Industria. Su vehiculo, al llegar a la mitad de la colina,
donde estaban acampadas las tropas, fue detenido por un delegado
gubernamental, que se nego a dejarle pasar. En vano dio su nombre.
--Le conozco, doctor--dijo el funcionario--; pero el gigante esta preso
y nadie puede verlo sin una orden del gobierno.
--Soy el presidente del Comite encargado del Hombre-Montana. Los altos
senores del Consejo me designaron para ocupar dicho sitio.
--El Comite ha sido disuelto esta manana, por ser ya
innecesario--contesto el otro--. Puede usted leerlo en los periodicos.
Tuvo que retroceder Flimnap a la capital, paseando por sus principales
avenidas mientras esperaba con impaciencia la hora de la sesion del
Senado. El despego que le mostraban las gentes habia ido en aumento,
convirtiendose en franca impopularidad. Los que el dia anterior fingian
no verle le miraban ahora con una fijeza hostil. Su decadencia iba unida
a la del pobre Hombre-Montana.
Los envidiosos de su antigua gloria se aproximaban unicamente para darle
noticias alarmantes sobre la suerte de su protegido. Un companero de
Universidad le hizo saber que el gobierno enviaria un mensaje al Senado,
al principio de la sesion, pidiendo permiso para matar al coloso
inmediatamente.
Otro profesor que era verdaderamente amigo suyo le detuvo para
comunicarle algo referente a la vida intima universitaria. Popito habia
desaparecido, sin que el Padre de los Maestros encontrase el mas leve
rastro de su paradero. Todos presentian que esta fuga habia sido para
reunirse con el rebelde Ra-Ra. Momaren se hallaba a estas horas en el
palacio del gobierno hablando con el ministro de Policia, y los aparatos
de transmision aerea enviaban ordenes por toda la Republica para la
detencion de los fugitivos.
No se intereso Flimnap por el paradero de Popito. Lo que a el le
preocupaba era la suerte de su gigante.
Apenas se abrieron las puertas del Senado, el profesor corrio a sentarse
en la primera fila de una tribuna. Sus ojos buscaron a Gurdilo entre los
senadores. iSimpatico personaje! El orador, enjuto, verdoso y de torva
mirada, le parecia ahora de una belleza extraordinaria.
Ordeno el presidente la lectura de una comunicacion enviada por el
Consejo Ejecutivo. Era, como esperaba Flimnap, una solicitud para poder
suprimir al Hombre-Montana, fundandose en su falta de adaptacion a las
costumbres del pais y en los enormes gastos que exigia su cuidado y su
sustento.
Gurdilo pidio inmediatamente la palabra. Despues de su ultimo discurso,
todos creyeron adivinar lo que iba a decir contra el gigante. Por
primera vez el jefe de la oposicion y el gobierno se mostrarian acordes.
Y como esto significaba un suceso nunca visto, los senadores y el
publico avanzaron sus cabezas, deseosos de no perder una silaba.
Flimnap, que era el unico que sabia lo que el orador pensaba decir, se
estremecio considerando lo dificil que resultaba su trabajo. ?Llegaria a
exponer con habilidad, y sin que el publico protestase, todo lo
contrario de lo que habia afirmado dos dias antes?...
Su confianza renacio al ver la calma con que empezaba a hablar Gurdilo.
El orador no habia sido nunca amigo del Hombre-Montana; lo hacia constar
desde el principio de su discurso. Si el mismo dia de la llegada del
gigante al pais se hubiese acordado su muerte, el acto le habria
parecido muy oportuno e inspirado en una verdadera prudencia politica,
mereciendo su completa aprobacion.
--Pero como estamos dirigidos por un gobierno inconsciente--continuo--,
por un gobierno que no tiene opiniones propias y cada dia obra de
distinta manera, segun los consejos del favorito que esta de moda, se ha
procedido en este asunto del Hombre-Montana con una torpeza que hace
inoportuna y perjudicial la peticion que ahora nos dirige el Consejo
Ejecutivo y que yo no aceptare nunca.
El orador, despues de indicar con estas palabras el nuevo rumbo que iba
a emprender, se dedico a la descripcion de todos los gastos que llevaba
hechos el gobierno para el sostenimiento del intruso. Al enumerar el
considerable personal instalado en la Galeria de la Industria para la
vigilancia y manutencion del Hombre-Montana, aludio al Comite encargado
de dirigir este servicio costoso y a su presidente Flimnap. Pero ahora
no le llamo pedante, sino digno profesor y notable sabio, que merecia
ser empleado en servicios mas utiles a la patria.
Despues abrio una cartera llena de papeles. Alli tenia almacenados todos
los datos estadisticos sobre el costo de la alimentacion del gigante.
Leerlos equivalia a apoyar al gobierno, que solicitaba precisamente la
destruccion del coloso por razones economicas. Pero el tribuno no estaba
dispuesto a renunciar al regocijo que su lectura provocaria en el
publico; era duro para el privarse de un gran exito de hilaridad, y
empezo a dar a conocer los citados datos, confiando en sus habilidades
oratorias, que le permitirian emplear despues esta misma lectura como un
arma contra los gobernantes.
Los senadores y el publico lanzaron grandes carcajadas mientras el iba
detallando su estadistica alimenticia. El Hombre-Montana devoraba cuatro
bueyes cada dia, dos por la manana y dos por la noche, ademas de enormes
cantidades de aves, pescados y frutas.
--Con una de sus comidas a mediodia--comentaba Gurdilo--podria
mantenerse la guarnicion entera de nuestra capital; con una de sus cenas
habria bastante para la alimentacion de toda la escuadra del Sol
Naciente. Y el gobierno, que ha dispuesto este despilfarro monstruoso,
nos pide ahora, de repente, la muerte de su antiguo protegido. ?Que
secreto hay en el fondo de tal peticion?... Todavia estaria derrochando
el dinero del pais para sostener al gigantesco intruso, si este, por su
bestialidad nativa y su ignorancia, no hubiese molestado
inconscientemente a ciertos personajes, especialmente a uno que es el
consejero secreto del gobierno y el verdadero autor de los errores que
comete.