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El paraiso de las mujeres - Vicente Blasco Ibanez

V >> Vicente Blasco Ibanez >> El paraiso de las mujeres

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Aqui Gurdilo se lanzo rencorosamente contra Momaren, describiendolo sin
dar su nombre, relatando sus desgracias domesticas, su lucha con Popito,
su odio contra el gigante, por creerle complice de Ra-Ra. Hasta los
senadores mas amigos del Padre de los Maestros rieron francamente cuando
el senador fue relatando, con una comica exageracion, todo lo ocurrido
en la tertulia literaria. La imagen de los dos poetas cayendo envueltos
por el salivazo del gigante provoco risas tan enormes, que el orador se
vio obligado a una larga pausa. Fueron muchos los que empezaron a ver en
aquel coloso, tenido por estupido, una bestia chusca, graciosa por sus
brusquedades y merecedora de cierta piedad.

Gurdilo termino declarando que el no podia admitir la peticion del
gobierno, y rogo al Senado que votase contra ella. Admitirla equivalia a
servir una venganza particular. Podia haberse aceptado esta resolucion
en el primer momento de la llegada del Hombre-Montana, cuando el Estado
no habia hecho aun ningun gasto; pero resultaba incongruente matarlo
ahora, despues de haber costado al pais tan enormes sumas.

Una parte de la asamblea acepto la opinion de Gurdilo; pero esta vez el
orador no consiguio apoderarse de la voluntad de todos los senadores, y
varios amigos de los altos senores del Consejo se levantaron a
contestarle.

Despues de una larga discusion, la asamblea quedo dividida en dos
grupos: unos, con Gurdilo, pedian que no se matase al Hombre-Montana,
pues esto representaba el derroche inutil de las sumas empleadas en su
manutencion; otros defendian al gobierno, demostrando que tan enormes
gastos eran la prueba mejor de la necesidad de suprimir al costoso
intruso para realizar economias.

Flimnap temblo en su asiento. Gurdilo iba a perder la victoria que se
imaginaba haber alcanzado con su discurso. Como los defensores del
gobierno hablaban de economias, la opinion se iba hacia ellos.

Vio que Gurdilo conversaba en voz baja con un viejo senador de palabra
balbuciente y aspecto caduco, el cual daba fin muchas veces a las
discusiones mas intrincadas con una solucion de sentido vulgar, conocida
de todos, pero que todos habian olvidado.

El anciano, despues de oir al tribuno, se levanto para formular una
proposicion que podia satisfacer a los dos bandos. Era oportuno no matar
al gigante, para que asi no quedasen perdidas las grandes sumas que
habia costado su manutencion, y era conveniente tambien que en adelante
no comiera a costa del Estado, consiguiendose de tal modo la economia
que buscaban los amigos del gobierno. Para esto, lo mas sencillo era
obligar al Hombre-Montana a que viviese lo mismo que los hombres
esclavos, que ganaban su subsistencia trabajando como maquinas de
fuerza.

--Ese gigante puede emplear sus brazos en las obras de ampliacion de
nuestro puerto. Su enorme estatura y su vigor le permitiran colocar
grandes rocas en los fondos submarinos mas aprisa que lo hacen nuestros
buzos y nuestras maquinas. De este modo su manutencion puede resultarnos
gratuita, y iquien sabe si hasta representara un buen negocio para el
Estado!... Ese animal enorme, bajo una direccion severa y convencido de
que no comera si no trabaja, puede dar un rendimiento mayor de lo que
creemos.

La proposicion fue admitida acto seguido por los senadores que gustaban
de las soluciones de caracter utilitario. El publico la encontro tambien
acertada. Los pigmeos se sentian halagados al pensar que iban a infligir
una existencia de crueldades y privaciones a aquel gigante capaz de
aplastarlos entre sus dedos. Esto resultaba mas util y mas divertido que
darle muerte.

En vano los amigos del gobierno intentaron una ultima resistencia,
alegando que el Hombre-Montana se resistira a trabajar.

--Le obligaremos--dijo ferozmente un senador--. Si no trabaja no comera.
Ademas, nuestras maquinas voladoras y nuestros buques le haran obedecer.

Esta contestacion energica fue acogida con grandes aplausos, y despues
de ella ceso toda resistencia. Gillespie se libro de la muerte, pero fue
condenado a trabajo perpetuo.

Gurdilo, medianamente satisfecho de su triunfo, miro a las tribunas,
descubriendo al doctor Flimnap. Este bajo a un salon donde le esperaba
el celebre senador.

--No he podido hacer mas--dijo--; pero en fin, algo es haberle salvado
la vida.... Afortunadamente, el gobierno no sera eterno, y el dia que yo
le suceda me acordare de mejorar la suerte del pobre gigante.

Flimnap se hallaba en una situacion igual a la del senador. Sentia
contento porque el amado gentleman no iba a morir, pero se aterraba al
imaginarse su nueva existencia.

No intento en el resto de la tarde ni durante la noche subir a la colina
donde estaba el prisionero; pero fue en busca de los periodistas que le
perseguian dias antes con sus elogios y ahora le trataban con cierta
proteccion compasiva, como si viesen en el otra vez a un pobre profesor
algo maniatico. Estos sujetos podian darle noticias del Hombre-Montana.

Por ellos supo que una comision de medicos habia sido enviada para que
curasen al gigante las heridas de las manos y los pies producidas por
los cables metalicos. Ya estaba mas tranquilo y parecia resignado a su
nueva situacion. Las maquinas voladoras continuaban teniendolo sujeto al
extremo de sus hilos, obligandole con crueles tirones a obedecer las
ordenes del jefe de la escuadrilla. El interior de su antigua vivienda
estaba ahora ocupado por las tropas. El coloso permanecia a la
intemperie dia y noche, pues asi sus guardianes aereos podian hacerle
sentir mas pronto sus mandatos.

Un antiguo discipulo de Flimnap, que hablaba incorrectamente y con
balbuceos el idioma del gigante, era ahora su traductor. El gobierno
habia prescindido del bondadoso universitario, considerandolo poco
seguro.

Segun los periodistas, el Hombre-Montana seria conducido al puerto en la
manana siguiente para que empezase sus trabajos.

Asi fue. El desconsolado profesor le vio trabajando en la orilla del
mar, lo mismo que un esclavo. Ya no llevaba su traje nuevo, igual al que
usaban las mujeres antes de la Verdadera Revolucion. Iba medio desnudo,
como los atletas embrutecidos que servian de maquinas de fuerza. Solo
conservaba las antiguas prendas de su ropa interior.

Le vio metido en el agua azul hasta la cintura, inclinandose para
colocar dos pesados sillares que llevaba en ambas manos. Estas masas
enormes las movia con tanta soltura como un nino maneja un guijarro.
Despues de tomarlas en la orilla con las puntas de sus dedos, avanzaba
mar adentro, yendo a colocarlas en el extremo de un malecon que se
estaba construyendo para el resguardo del puerto hacia muchos anos. Esta
obra colosal habia sufrido grandes retrasos a causa de las dificultades
que ofrecia; pero ahora, gracias a Gillespie, sus directores esperaban
terminarla con rapidez.

Flimnap tuvo que mantenerse lejos de su amigo, pues un cordon de
soldados cerraba el paso a los curiosos. Los grupos reunidos a espaldas
de la tropa comentaban con asombro la rapidez del trabajo del gigante.
En dos horas habia hecho lo que antes costaba varias semanas. El malecon
crecia por momentos. Todos alababan el acuerdo del Senado. Pero el
profesor sintio deseos de llorar al ver a su amado en esta situacion
envilecedora.

Sobre su cabeza flotaban continuamente unas cuantas maquinas aereas
llevando colgantes sus cables, flacidos y muertos en apariencia. Al
menor intento de rebeldia estos hilos amenazadores podian animarse y
retorcerse, haciendo presa en el coloso. Por las inmediaciones de la
escollera iban y venian en incesante navegacion dos buques de la
escuadra, interponiendose entre el prisionero y el mar libre.

El profesor tuvo que retirarse sin poder hablar a su antiguo protegido.
Unicamente por los periodistas tuvo noticias de su nueva existencia.
Dormia sobre la arena de la playa, sin una manta que le sirviera de
lecho, sin una lona que le defendiese del rocio de la noche. iComo debia
acordarse el pobre gentleman de su cama mullida, alla en la Galeria de
la Industria, que el presidente de su Comite hacia preparar todas las
noches con tanta minuciosidad!...

La comida del coloso daba motivo a nuevas lagrimas del profesor. Varios
desalmados de los que pululan en los puertos eran los que preparaban su
alimento, en una de las grandes calderas traidas de su antigua vivienda.
Esta gente inquietante y zafia reemplazaba a la selecta servidumbre que
habia trabajado para el en la cumbre de la colina.

Lo alimentaban con arreglo a su trabajo. Cada piedra se la pagaban
echando un pescado mas en la caldera; pero como los cocineros vivian de
la misma alimentacion del gigante, esta experimentaba considerables
mermas. Gillespie, acostumbrado a las abundancias de su primer
alojamiento, debia sufrir hambre.

--iNo poder hacer yo nada por el!--murmuraba el profesor
desesperadamente.

Los representantes de la autoridad no le dejaban aproximarse al
gentleman; pero aunque le permitieran atender a su alimentacion, ?que
podia hacer un catedratico de tan escasa fortuna como era la suya? Los
dos bueyes que necesitaba para un solo plato costaban una cantidad igual
a la que recibia el por dos meses de catedra; tres almuerzos del
Hombre-Montana acabarian con todos sus ahorros.... Y convencido de que
no podia remediar su hambre, se entrego a la desesperacion.

Gillespie, en realidad, era menos digno de lastima que lo imaginaba el
profesor. Convencido de que su triste situacion no tenia remedio, se
habia sumido en ella con una calma fatalista. El embrutecimiento del
continuo trabajo borraba todos sus conatos de rebeldia.

Despues de haber sido arrastrado y maltratado por las maquinas
voladoras, ya no despreciaba a los pigmeos y tenia por menos vil la
esclavitud a que le habian sometido.

Como solo le daban a comer parcamente, con arreglo a su trabajo, se
esforzaba por que cada dia su labor resultase mas grande. Era imposible
todo intento de fuga, pues ni por un momento cesaba la vigilancia en
torno de el. Al llegar a la punta de la escollera donde colocaba sus
rocas podia ver todo el puerto de la capital. El bote que le habia
traido estaba en mitad de el, como un navio de dimensiones
inverosimiles, rodeado de las unidades de la escuadra del Sol Naciente.
Unos cuantos pasos en el agua le bastaban para llegar a su antigua
embarcacion, y un dia sintio la curiosidad de verla de cerca.
Representaba un consuelo en medio de su esclavitud tocar con sus manos
este bote, que le hacia recordar el mundo de sus semejantes.

Pero apenas intento avanzar hacia el interior del puerto, uno de los
buques de guerra que le vigilaban forzo sus maquinas para cortarle el
paso, colocandose ante el. La tripulacion de pigmeos braceaba sobre la
cubierta, gritandole para que volviese atras, y como tardase en
obedecer, una gran flecha disparada por el buque paso cerca de su nariz
a guisa de amenazadora advertencia.

Otro dia, aburrido de la monotonia de sus continuos viajes entre la
orilla de la playa y la punta de la escollera, el Hombre Montana quiso
permitirse una ligera diversion. Sentia el deseo de nadar un poco en
aguas mas profundas, pues el mar solo le llegaba a la cintura en sus
idas y venidas. Y despues de acarrear cuatro piedras en vez de dos, se
echo de espaldas en el agua, nadando mar adentro.

Este simple juego produjo gran alarma en los buques y las maquinas
aereas, que hasta entonces habian evolucionado mansamente. Los navios se
lanzaron en su persecucion, y al ver que el gigante se ocultaba bajo el
agua en una de sus cabriolas de nadador, como todos ellos eran
sumergibles, le imitaron, sumiendose igualmente en las profundidades
submarinas.

Antes de que Gillespie volviese a la superficie se sintio aprisionado
por las patas de un pulpo, que le inmovilizaban, acabando por tirar de
el. Eran los cables vivientes de los sumergibles, que le habian cazado
en el seno del mar. Salio a la superficie remolcado por estos lazos, que
se clavaban en sus carnes, y para evitar su cruel mordedura hizo pie en
la arena, procurando correr hacia la costa con una velocidad igual a la
de los buques.

Su nuevo traductor, que estaba en la punta de la escollera para
transmitirle las ordenes de los constructores, le hablo con la dureza de
un carcelero.

--Esclavo-Montana--dijo--, no vuelva a repetir esos juegos de mal gusto,
so pena de morir estrangulado por las maquinas aereas o de que la
escuadra del Sol Naciente le rompa el craneo enviandole una nube de
piedras con sus catapultas.

Y el Esclavo-Montana--pues al separarse Flimnap de el habia dejado de
ser gentleman--se sumio otra vez en su resignacion servil.

Durante la noche tampoco podia pensar en fugarse. Las maquinas aereas
enviaban de vez en cuando la luz de sus faros sobre el cuerpo de
Gillespie, interrumpiendo su sueno. Ademas, los hombres que preparaban
su comida dormian en torno de el.

Eran esclavos todos ellos, gente innoble y de mala catadura. Muchos
habian sido perseguidos por la policia y habitado los establecimientos
penitenciarios. Ademas, todos ignoraban el idioma del gigante, y este
tenia que hacerse respetar empleando gestos amenazadores. Algunas noches
se veia obligado a colocarse junto a la hoguera que hacia hervir el
caldero de su comida, repeliendo con el terror de sus manos enormes a
toda la chusma voraz. Solo asi conseguia que los pescados no
desapareciesen de la vasija, quedando unicamente el caldo para el.

El primer dia festivo le dejaron libre de trabajo. No fue esto por
humanidad, sino porque los obreros que sujetaban con garfios de hierro
las rocas aportadas por el exigian descanso.

Gillespie pudo vagar durante la manana por la costa inmediata al puerto.
Un buque de guerra navegaba paralelo a la orilla para cortarle el paso
si se echaba al agua. Una maquina aerea le seguia con perezoso vuelo.

El gigante vio un edificio bajo, de paredes blancas, con extensas
columnatas, jardines y amplias escaleras de marmol que se hundian en el
agua azul. Recordo que Flimnap le habia hablado de este palacio,
construido por los antiguos emperadores para sus banos de mar.

Bajo las columnatas habia parterres llenos de flores. Los muros,
pintados por los mas viejos artistas del pais, representaban el
nacimiento y las aventuras de las divinidades maritimas. Despues de su
triunfo, la Republica de las mujeres habia regalado este palacio a las
amazonas del ejercito, que acudian todos los dias de fiesta a
ejercitarse en la natacion.

Vio Edwin como algunas damas que se paseaban con sus hijas por las
terrazas del blanco palacio huian apresuradamente, cual si se acercase
un peligro. Distinguio igualmente como iban avanzando por la costa
varias companias de arrogantes muchachas de la Guardia. Las matronas
masculinas apresuraron el paso, sintiendo alarmado su pudor por la
proximidad de estos guerreros, algo libres en palabras y costumbres.
Todas ellas ordenaban a sus hijas masculinas que marchasen rapidamente,
antes de que los militares se echasen al agua. No era decente permanecer
alli. Algunas mamas barbudas hasta criticaban al gobierno porque no
disponia que las tropas de la guarnicion nadasen en otro lugar mas
solitario de la costa.

Los grupos de hombres, pudorosos y timidos, huyeron hacia la ciudad con
tanto apresuramiento, que detras de sus pasos temblaban como banderas
fugitivas los extremos de velos y tunicas. Mientras tanto, varios
centenares de hembras guerreras se despojaban tranquilamente de sus
uniformes, y unas en simples calzoncillos, otras completamente desnudas,
se lanzaron al agua, haciendo alegres suertes de natacion.

El gigante, atraido por sus risas y queriendo ver el espectaculo de mas
cerca, se tendio de bruces en la arena, apoyandose despues en ambas
manos para sacar su cabeza por encima del palacio.

Un griterio de mil voces acogio la aparicion de este rostro gigantesco
que iba elevandose poco a poco sobre el palacio como surge el sol por
detras de las montanas. Despues del regocijo provocado por su presencia,
las amazonas quedaron como asombradas de la conducta impudica del
coloso. iEra un hombre!... iY este hombre, en vez de huir con el recato
propio de su sexo, osaba permanecer alli, contemplando a todo un
batallon desnudo!...

Ningun varon de sus familias hubiese hecho esto. Los militares mas
jovenes sacaban el cuerpo fuera del agua, como si quisieran castigar al
atrevido con la exhibicion de su desnudez. Pretendian asustarlo para
despertar de este modo el olvidado pudor de su sexo; proferian palabras
de cuartel para que se ruborizase. Pero el desvergonzado gigante sonrio
placenteramente, sin pensar en huir, encontrando muy ameno el
espectaculo.

Y los militares mas viejos y mas expertos en la vida se asombraban al
pensar en el mundo de los Hombres-Montanas: un mundo absurdo, donde los
sexos estan lamentablemente invertidos, y son los hombres los que buscan
a las mujeres, no sintiendo rubor ni deseos de huir cuando las mujeres
se muestran a ellos en toda su desnudez.




XIII

Donde se ve como unos pigmeos bigotudos intentaron asesinar al gigante


Un anochecer, cuando Gillespie habia terminado su trabajo y, sentado en
la playa, descansaba de ciento ochenta viajes entre la orilla del mar y
la punta de la escollera, recibio una visita extraordinaria.

Estaba a esta hora vigilando el hervor del caldero, para que sus
acompanantes no metiesen en la sopa las lanzas con que extraian los
peces, y vio como un hombre de los que iban vestidos con tunica y velos
se aproximaba lentamente a el. Sus ropas eran pobres, remendadas y algo
sucias. Parecia por su aspecto la esposa masculina de alguna de las
mujeres empleadas en el puerto o de alguna contramaestre de la escuadra.
Entre la gentuza que vivia alrededor del gigante se mostraban de tarde
en tarde algunos de estos seres pobremente vestidos, pero que ostentaban
el mismo indumento de los hombres de clase superior, para indicar que no
pertenecian al rebano de los esclavos aprovechados como maquinas de
fuerza.

Este hombre de traje femenil paseo varias veces en torno del gigante,
mirandole con interes por un resquicio de sus velos. Los malhechores al
servicio del Hombre-Montana, que formaban grupos a cierta distancia, no
extranaron la presencia del hombre con faldas. Eran muchos los que al
conseguir un descanso en sus tareas domesticas venian solos o en grupos
a ver de cerca al coloso.

Cuando el nuevo visitante se hubo cansado de mirar a Gillespie, medio
tendido en la arena, salto sobre uno de sus tobillos, que eran lo mas
accesible de las piernas en reposo. Luego empezo a caminar sobre la
arista huesosa de la pantorrilla, pasando la redonda plaza de la rotula,
para seguir avanzando por el lomo redondo del muslo, deteniendose
unicamente junto al abdomen.

Ninguno de los curiosos osaba permitirse con Gillespie esta intimidad.
Le habian hecho una fama de maligno y cruel en toda la nacion, y las
gentes, al insultarle o agredirle con piedras, procuraban siempre
colocarse a gran distancia.

Sintio no tener a mano aquella lente que le habia regalado Flimnap, para
poder contemplar de cerca a este pigmeo que se entregaba a el con tanta
confianza. Inclino su rostro para verle mejor, y noto que abria sus
velos y erguia la cabeza, queriendo hablarle y temiendo al mismo tiempo
que pudieran oir su voz los grupos inmediatos.

Gillespie creyo adivinar la personalidad del recien llegado.

--Debe ser Ra-Ra--se dijo.

Pero la turbia luz del crepusculo no le permitia reconocerlo. Ademas,
los movimientos de sus brazos indicaban un afan de ser levantado hasta
el rostro del gigante para poder hablarle con toda confianza. Gillespie
lo coloco sobre la palma de su diestra y lo fue elevando hasta cerca de
sus ojos.

Una agradable sorpresa le conmovio entonces de tal modo, que por
instinto hubo de tomar al pigmeo entre dos dedos de su mano izquierda
para que no se cayese de la mano derecha.... Lo que el creia un hombre
era miss Margaret Haynes que venia a visitarle.

Su rostro, unico en el mundo, le sonreia encuadrado por los velos,
agradeciendo como un homenaje su extraordinaria sorpresa. Pero
inmediatamente penso que, aunque miss Margaret no era de gran estatura,
jamas habria podido el mantenerla sobre una de sus manos, como si fuese
un objeto de bolsillo. No podia ser miss Margaret, y siguiendo una
deduccion logica, descubrio que la que tenia ante sus ojos era
simplemente Popito.

El doctor hijo del Padre de los Maestros habia renunciado a su traje
universitario e iba vestido como la esposa de un menestral.

--Asi, gentleman--dijo ella, como si adivinase sus pensamientos--, es
imposible que me reconozcan. ?A quien se le puede ocurrir en nuestra
Republica que una mujer vaya vestida de mujer?

Y al decir esto miraba sus ropas con satisfaccion, como si se encontrase
dentro de ellas mejor que cuando vestia su uniforme doctoral.

--?Y Ra-Ra?--pregunto el gigante.

Ella bajo la voz para contar su vida de aventuras desde que se fugo de
la Universidad. Como el gobierno, influenciado por el Padre de los
Maestros, los hacia buscar en todas las ciudades de la Republica, habian
creido preferible no moverse de la capital.

Vivian en los barrios miserables inmediatos al puerto. Entre los hombres
envilecidos que el gobierno femenil empleaba como maquinas de trabajo
eran muchos los que habian abierto sus ojos a la verdad, pero lo
disimulaban fingiendo seguir en su antiguo embrutecimiento. Ra-Ra
contaba con el auxilio de muchos partidarios, que se encargaban de
mantenerle oculto. Del mismo modo que ella para librarse de las
persecuciones iba vestida de mujer, su amante habia abandonado el traje
femenil, imitando la semidesnudez de los atletas condenados a las faenas
rudas. La suciedad propia de su estado le servia para disimular su
rostro.

Asi vivian, satisfechos de su nueva situacion, participando de la
pobreza y las esperanzas de todo aquel rebano servil, que escuchaba a
Ra-Ra como a un apostol. El doctor era el encargado de cocinar y tambien
de limpiar la choza en que vivian, encontrando un placer original en el
desempeno de estas funciones que habian pertenecido a su sexo en tiempos
tan remotos que ya estaban olvidados. Ademas se consideraba feliz porque
Ra-Ra parecia contento. La fe de este en la victoria de los hombres
habia acabado por sentirla ella igualmente, traicionando por amor los
intereses de su sexo.

--Ahora creo de un modo indiscutible, gentleman--dijo en voz baja--,
que Ra-Ra no se equivocaba al hablarnos de su triunfo.

Inclinandose hacia una oreja del gigante, murmuro los secretos del
partido masculista con el fervor de un neofito convencido hasta el
fanatismo de la bondad de la causa que acaba de abrazar.

Los nuevos tiempos estaban proximos. Ya habia sido descubierto el gran
secreto que neutralizaria el poder de los rayos negros. Los dias de lo
que llamaban las mujeres la Verdadera Revolucion estaban contados. Sus
maquinas que habian hecho estallar las armas sostenedoras del poder de
los hombres resultaban ya inutiles. Los fusiles y los canones sacudirian
su largo ensueno para recobrar el diabolico poder que les hacia
temibles. Los iniciados mas valerosos se estaban ejercitando ya en su
manejo.

Cuando llegase el momento decisivo, los rebeldes no tendrian mas que
penetrar en los olvidados museos universitarios que guardaban cantidades
enormes de material de guerra perteneciente a una historia remota. Estos
museos de industria retrospectiva iban a convertirse en arsenales
inmediatamente, dando a sus poseedores el dominio del pais, como los
rayos negros lo habian dado a las mujeres.

--Ra-Ra solo espera un aviso de las otras ciudades para lanzarse a la
destruccion del gobierno femenino. Tal vez no sea prudente empezar la
insurreccion en nuestra capital. El prodigioso invento lo han realizado
en otra ciudad, y en ella lo preparan para que pueda usarse en
abundancia y no como un descubrimiento de laboratorio.... Ademas, otros
Estados de nuestra Confederacion guardan el viejo material de guerra en
mayores cantidades que aqui. El gobierno de las mujeres lo regalo a las
provincias de poca importancia, con ironica generosidad, para que
pudiesen llenar sus museos locales ... En resumen, gentleman, que la
revolucion sonada por Ra-Ra va a realizarse, y yo creo en ella.

Callo la joven despues de dar estas noticias. No quiso decir mas sobre
el complot que preparaban los hombres y paso a hablar del gigante.

Popito y Ra-Ra habian lamentado mucho su desgracia, sintiendo ademas
cierto remordimiento al pensar que habian contribuido a ella los dos. El
joven deseaba que la revolucion de los hombres estallase cuanto antes,
para libertar al gigante de la esclavitud a que le habia sometido el
gobierno femenino. Su primer acto apenas triunfase seria venir a
buscarle para llevarlo otra vez al palacio situado en la cumbre de la
colina, rodeandole de tantas comodidades y homenajes como si fuese un
dios.

--Pero mientras llega ese momento--continuo Popito--el teme por la vida
de usted, gentleman, y le recomienda que no tenga confianza en ninguno
de los que le rodean.

Como Ra-Ra vivia entre los esclavos del puerto, y estos guardaban cierta
relacion con aquella otra gente todavia mas inferior que acompanaba al
gigante, habia recibido ciertas confidencias sobre peligros que
amenazaban al Hombre-Montana.


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