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El paraiso de las mujeres - Vicente Blasco Ibanez

V >> Vicente Blasco Ibanez >> El paraiso de las mujeres

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Su marido habia sido otro hombre, y ella deseaba para Margaret un esposo
igual, con una concepcion practica de la existencia, y que supiese
aumentar los millones de la conyuge aportando nuevos millones producto
de su trabajo.

La viuda no ahorro medios para hacer ver al ingeniero su hostilidad.
Evitaba ostensiblemente el invitarlo a sus fiestas; fingia no conocerle;
estorbaba con frecuentes astucias que su hija pudiera encontrarse con
el.

Miss Margaret se mostraba triste cuando de tarde en tarde conseguia
hablar con Edwin, lejos de la agresividad de su madre y de la
animadversion de todas las familias amigas, igualmente hostiles a el.

Un dia, Gillespie, con un esfuerzo supremo de su voluntad y mas
conmovido que cuando avanzaba en Francia contra las trincheras alemanas,
visito a la majestuosa viuda para manifestarle que Margaret y el se
amaban y que solicitaba su mano.

Aun se estremecia en el buque al recordar el tono glacial y cortante con
que le habia contestado la senora. Su hija era heredera de una
respetable fortuna, y bien merecia que su esposo aportase, cuando menos,
otro tanto a la asociacion matrimonial.

--Ademas--dijo la viuda--, yo deseo un yerno que sea persona seria y
trabaje con provecho. Nunca me han gustado los hombres que pasan el
tiempo sonando despiertos, leyendo libros o escribiendo cosas que nada
producen.

Gillespie tuvo que reconocer que la viuda estaba bien enterada de su
existencia; tal vez por la indiscrecion de un amigo infiel, tal vez por
las informaciones de algun detective particular. En realidad, este
ingeniero era algo dado al ensueno, gustaba mucho de la lectura, y en
sus cajones, junto con los planos y los calculos de su profesion,
guardaba varios cuadernos de versos.

Margaret le amaba; pero el amor de una senorita de buena familia y
excelente educacion, acostumbrada a las comodidades que proporciona una
gran fortuna, debe tener sus limites forzosamente. No iba ella a
abandonar a su madre y a renir con todas las familias amigas para
casarse con un novio pobre, dedicado por completo a su amor e ignorante
del camino que debia seguir en el presente momento. Estas resoluciones
desesperadas solo se ven en las novelas.

Tenia ademas cierta confianza en el porvenir y consideraba oportuno
dejar pasar el tiempo. Su madre tal vez cediese al ver que transcurrian
los anos sin que ella amase a otro hombre. Edwin podia estar seguro de
su fidelidad. Mientras tanto, la Fortuna tal vez se fijase de pronto en
Gillespie, como se habia fijado en mister Haynes. Acostumbrada a ver en
los salones de su casa a muchos hombres que habian empezado su carrera
siendo pobres y ahora eran millonarios, se imagino que esta era
inevitablemente la historia de todos los humanos y que a Edwin le
llegaria su turno.

Pero la madre velaba, y corto con una energica resolucion esta rebeldia
mansa. La senora y la senorita Haynes desaparecieron de su hotel. El
ingeniero, despues de disimuladas averiguaciones entre las familias
amigas de ellas residentes en Pasadena y en Los Angeles, llego a saber
que se habian trasladado a San Francisco. Fue alla, y consiguio una
tarde hablar con Margaret en el Gran Parque, cuando paseaba con su
maestra de espanol.

La entrevista resulto grata para el joven, porque le dio la seguridad de
que Margaret le amaba siempre; mas no por eso saco de ella un resultado
positivo.

Miss Haynes era una buena hija y no se declararia nunca en rebelion
contra su madre. Pero como en sus afectos solo podia mandar ella, juro a
Edwin que le esperaria un ano, dos, tres, todos los que fuesen
necesarios, hasta que el encontrase una situacion verdaderamente
lucrativa o un medio indiscutible de hacer fortuna. Con esto era seguro
que la madre cejaria en su resistencia.

El ingeniero juro tambien con el entusiasmo de una juventud energica. El
conseguiria esta fortuna. Ignoraba completamente, al formular su
juramento, de que modo puede obtenerse la riqueza; pero una nueva
voluntad, mas fuerte que la que hasta entonces le habia guiado en la
vida, empezaba a despertar en su interior.

--iAdios, Margaret! Antes de un ano sere rico, y nos casaremos....

Luego, al verse solo, sin la dulce embriaguez que parecia invadirle
cuando estaba al lado de su novia, volvio a contemplar la realidad tal
como era, hostil y repelente. ?Como puede un hombre ganar unos cuantos
millones en un ano cuando los necesita para casarse con la mujer que
ama?... Quiso ver otra vez a Margaret, para que su voluntad adquiriese
nuevas fuerzas, pero no pudo encontrarla. La viuda de Haynes, que sin
duda habia tenido noticias de esta entrevista por la profesora de
espanol, se marcho de San Francisco con su hija, y esta vez Edwin no
pudo averiguar nada acerca de su paradero.

Le era preciso, despues de esto, tomar una resolucion. Su vida en Los
Angeles, siguiendo los pasos de una muchacha millonaria, habia
disminuido considerablemente los contados miles de dolares que
representaban todo su capital. Necesitaba lanzarse cuanto antes a un
nuevo trabajo para no verse en la indigencia.

Creyo, como todos, que la fortuna unicamente puede esperarnos en un
lugar de la tierra muy apartado de aquel en que nacimos, casi en los
antipodas, y por eso acepto con verdadera fe los informes de un amigo
que le aconsejaba ir a Australia, ofreciendole para alla varias cartas
de recomendacion.

Gillespie acabo embarcandose con rumbo a Melbourne, pero antes escribio
a una amiga de Margaret para que esta conociese su resolucion y el lugar
de la tierra adonde le encaminaba su nueva aventura.

La larga navegacion fue muy triste para el. La soledad voluntaria en que
se mantuvo entre los pasajeros sirvio para excitar sus recuerdos
dolorosos. Durante la primera escala en Honolulu tuvo la esperanza, sin
saber por que, de recibir un cablegrama de Margaret animandole a
perseverar en su resolucion. Pero no recibio nada.

Luego vino la interminable travesia hasta Nueva Zelandia, siguiendo la
curva de mas de una mitad del globo terraqueo, a traves de los numerosos
archipielagos esparcidos en el Pacifico. En Auckland tampoco le salio al
encuentro ningun cablegrama.

Varias familias de Nueva Zelandia tomaron pasaje para ir a Sidney o a
Melbourne. El joven americano evitaba toda amistad con los companeros de
viaje. Preferia la melancolia de sus recuerdos, entregandose a ellos ya
que no le era posible el placer de la lectura. Durante la larga travesia
habia leido todos los volumenes que llevaba con el y los de la
biblioteca del buque, que por cierto no eran nuevos ni abundantes.

Una tarde, cuando el paquebote debia hallarse cerca de la antigua Tierra
de Van Diemen, el ingeniero, que dormitaba tendido en un sillon del
puente de paseo, vio un libro abandonado en el sillon inmediato. Le
basto la primera ojeada para darse cuenta da que debia pertenecer a los
ninos de una familia subida al buque en Nueva Zelandia.

La cubierta del libro era en colores, y el dibujo de ella le hizo
conocer su titulo antes de leerlo. Vio un hombre con sombrero de tres
picos y casaca de largos faldones, que tenia las piernas abiertas como
el coloso de Rodas y las manos apoyadas en las rotulas. Por entre las
dos columnas de sus pantorrillas desfilaba, a pie y a caballo, llevando
tambores al frente y banderas desplegadas, todo un ejercito de enanos
tocados con turbantes y plumeros, a estilo oriental.

--Las _Aventuras de Gulliver_--murmuro el ingeniero--. El gracioso libro
de Swift ... iCuanto tiempo hace que no he leido esto!... iQue feliz era
yo en los anos que podia interesarme tal lectura!...

Y Gillespie, tomando el volumen, lo abrio con una curiosidad risuena y
algo desdenosa. Primeramente fue mirando las distintas laminas; despues
empezo la lectura de sus paginas, escogidas al azar, dispuesto a
abandonarla, pero retardando el momento a causa de su curiosidad, cada
vez mas excitada. Al fin acabo por entregarse sin resistencia al interes
de un libro que resucitaba en su memoria remotas emociones.

Pero esta lectura, empezada contra su voluntad, fue interrumpida
violentamente.

Temblo el piso de la cubierta bajo sus pies. Todo el buque se estremecio
de proa a popa, como un organismo herido en mitad de su carrera, que se
detiene y acaba por retroceder a impulsos del golpe recibido.

El ingeniero vio elevarse sobre la proa un gran abanico de humo negro y
amarillento atravesado por muchos objetos obscuros que se esparcian en
semicirculo. Esta cortina densa tomo un color de sangre al cubrir el
horizonte enrojecido por la puesta del sol.

Sono una explosion inmensa, ensordecedora, y despues se hizo un profundo
silencio en la dulce serenidad de la tarde, como si el infinito del mar
y el horizonte hubiesen absorbido hasta la ultima vibracion del
atronador desgarramiento. Pero el silencio fue corto. A continuacion,
todo el buque parecio cubrirse de aullidos de dolor, de gritos de
sorpresa, de carreras de gentes enloquecidas por el panico, de ordenes
energicas. Por las dos chimeneas del paquebote se escaparon torrentes
mugidores de humo negro, al mismo tiempo que debajo de la cubierta
empezaba un jadeo ruidoso, igual al estertor de un gigante moribundo.

A partir de este momento, el ingeniero creyo haber caido en un mundo
irreal, en una vida distinta de la ordinaria. Los hechos se sucedieron
con una rapidez desconcertante.

Se vio hablando con un oficial que corria a lo largo de la cubierta
dando gritos a los marineros para que echasen los botes al agua.

--Hemos tocado con la proa una mina flotante--dijo contestando a las
preguntas de Gillespie--. Y si no es una mina, sera un torpedo
abandonado por alguno de los corsarios alemanes que navegaron en el
Pacifico.

Respondio el ingeniero con un gesto de incredulidad. ?Como podian las
corrientes oceanicas arrastrar una mina flotante hasta Australia?...
?Por que raro capricho de la suerte iban ellos a chocar con un torpedo
abandonado por un corsario en la inmensidad del Pacifico?... Oyo que le
hablaban; pero esta vez era un pasajero con el que solo habia cambiado
algunos saludos durante el viaje.

--No creo en la mina ni en el torpedo--dijo este hombre--. Deben haber
embarcado dinamita en Nueva Zelandia o alguna otra materia explosiva. Lo
cierto es que nos vamos a pique irremediablemente.

Gillespie se dio cuenta de que este pasajero decia verdad. El buque
empezaba a hundir su proa y a levantar la popa lentamente. Las olas
invadian ya la parte delantera del buque, llevandose los objetos rotos
por la explosion y los cadaveres despedazados.

Los tripulantes echaban los botes al agua. Los oficiales, ayudados por
algunos pasajeros, todos con su revolver en la diestra, iban
reglamentando el embarco de la gente. Las mujeres y los ninos ocupaban
con preferencia las grandes balleneras; luego embarcaban los hombres por
orden de edad.

Se abstuvo Gillespie de unirse a los grupos que esperaban sobre la
cubierta el momento de huir del buque. Sabia que el, por su juventud y
su vigor, debia ser de los ultimos. Un tranquilo fatalismo guiaba ahora
sus acciones. La muerte se le aparecia como algo dulce y triste que
podia solucionar todas las contrariedades de su existencia.

Automaticamente se metio en su camarote, tomando muchos objetos de un
modo instintivo, sin que su razon pudiese definir por que hacia esto.

Al volver a la cubierta, ya no vio a los grupos de pasajeros. Todos
estaban en los botes. Solo quedaban algunos tripulantes, y el mismo
oficial que le habia hablado corria ahora de una borda a otra, dando
ordenes en el vacio.

--?Que hace usted aqui?--le pregunto severamente--. Embarquese en
seguida. El buque va a hundirse en unos minutos.

Asi era. La proa habia desaparecido enteramente; las olas barrian ya la
mitad de la cubierta; el interior del paquebote callaba ahora con un
silencio mortal. Las maquinas estaban inundadas. Un humo denso y frio,
de hoguera apagada, salia por sus chimeneas.

Gillespie tuvo que subir a gatas por la cubierta en pendiente, lo mismo
que por una montana, hasta llegar a un sitio designado por el oficial,
del que colgaba una cuerda. Se deslizo a lo largo de ella con una
agilidad de deportista acostumbrado a las suertes gimnasticas, hasta que
tuvo debajo de sus plantas el movedizo suelo de madera de un bote.

Unos pies golpearon su cabeza, y tuvo que sentarse para dejar sitio al
oficial, que descendia detras de el.

El bote no era gran cosa como embarcacion. Lo habian despreciado, sin
duda, los demas tripulantes y pasajeros que llenaban varias balleneras
vagabundas sobre la superficie azul. Todas estas embarcaciones se
alejaban a vela o a remo del buque agonizante.

Por fortuna, este bote, en el que podian tomar asiento hasta ocho
personas, solo estaba ocupado por tres: Gillespie, el oficial y un
marinero.

El paquebote, acostandose en una ultima convulsion, desaparecio bajo el
agua, lanzando antes varias explosiones, como ronquidos de agonia. La
soledad oceanica parecio agrandarse despues del hundimiento de esta isla
creada por los hombres. Las diversas embarcaciones, pequenas como
moscas, se fueron perdiendo de vista unas de otras en la penumbra
vagorosa del crepusculo. El mar, que visto desde lo alto del buque solo
estaba rizado por suaves ondulaciones, era ahora una interminable
sucesion de montanas enormes de angustioso descenso y de sombrios
valles, en los que el bote parecia que iba a quedarse inmovil, sin
fuerzas para emprender la ascension de la nueva cumbre que venia a su
encuentro.

Los tres hombres remaron varias horas. Luego la fatiga pudo mas que su
voluntad, y acabaron tendiendose en el fondo de la embarcacion.

La lobreguez de la noche abatio sus energias. ?Para que seguir remando a
traves de las sombras, sin saber adonde iban? Era mejor esperar la luz
de la manana, economizando sus fuerzas.

Acabo Gillespie por dormirse con ese sueno pesado y profundo, de una
densidad animal, que solo conocen los hombres cuando estan en visperas
de un peligro de muerte.

Le parecio que este sueno y la misma noche solo habian durado unos
minutos. Una impresion caustica en la cara y en las manos le hizo
despertar.

Era la caricia del sol naciente. El bote se agitaba con movimientos mas
suaves que en la noche anterior. El cielo no tenia sobre sus ojos una
nube que lo empanase; todo el estaba impregnado de oro solar. Las aguas
se extendian mas alla de las bordas del bote, formando una llanura de
azul profundo y mate que parecia beber la luz.

Se incorporo, y al tender su vista de un extremo a otro de la
embarcacion, no pudo retener un grito de sorpresa. Se llevo una mano a
los ojos, restregandoselos para ver mejor.

Estaba solo.




II

Noche de misterios y despertar asombroso


No pudo comprender la desaparicion de sus companeros. Es mas: presintio
que este misterio no lo aclararia nunca. Tal vez se habian precipitado
sin quererlo en el mar, al hacer una maniobra de la que el no se dio
cuenta durante su sueno. Luego penso que, al encontrarse en el curso de
la noche con alguna de las grandes balleneras procedentes del paquebote,
el oficial y el marinero habian querido pasar a ella por considerarla
mas segura, abandonando a Edwin a su suerte para no cargar a la repleta
embarcacion con un pasajero mas.

El joven olvido pronto esta felonia. Necesitaba trabajar para salir de
su angustiosa situacion. Durante algunas horas remo y remo, siguiendo el
rumbo que le aconsejaba su instinto.

Se habia sentido en muchas ocasiones orgulloso de su vigor corporal,
pero jamas sus fuerzas se mostraron tan poderosas e incansables como en
la presente aventura. De vez en cuando se ponia de pie, esparciendo su
vista por todo el circulo del horizonte, sin distinguir la mas pequena
embarcacion. Los fugitivos del naufragio estaban ya muy lejos, o los
habia tragado el mar durante la noche.

A mediodia descanso para comer. En el bote habia abundantes provisiones,
asi como numerosos y diversos objetos en disparatado amontonamiento. Era
una suerte que sus companeros no hubiesen pensado en llevarse tantas
cosas preciosas.

Algunas horas despues, Edwin presintio la proximidad de la tierra. El
mar tranquilo, sin mas alteracion que algunas leves ondulaciones, mugia
sordamente en el horizonte, formando una linea de espumas. Debia ser una
barrera de obstaculos submarinos, en torno a los cuales se revolvian las
aguas, hirviendo en incesantes espumarajos.

El ingeniero remo directamente hacia estos escollos, adivinando que eran
las crestas de invisibles murallas formadas por el coral. Mas alla
existirian tal vez tierras firmes. Avanzo con precaucion a traves de las
aguas alborotadas, sufriendo violentas sacudidas sobre tres lineas de
olas, que casi le hicieron zozobrar. Pero una vez pasado tal obstaculo,
se vio en un inmenso y tranquilo circo de agua.

En todo lo que abarcaba su vista, el mar ofrecia la tersura de un lago,
teniendo por orla la linea de rompientes, y por el lado opuesto, una
sucesion de tierras bajas que debian ser islas.

Edwin siguio bogando. Varias veces hundio un remo verticalmente en el
agua con la esperanza de tocar fondo. No pudo conseguirlo; pero adivino
que su bote se deslizaba sobre una extension acuatica que solo tenia
algunos metros de profundidad.

Media hora despues, al volver a hundir el remo, creyo tocar una roca;
pero siguio avanzando mucho tiempo, sin que la quilla del bote rozase
ningun obstaculo. Empezaba a ocultarse el sol cuando llego cerca de
tierra, y fue siguiendo su contorno a unos cincuenta metros de
distancia. Iba en busca de una bahia pequena o de la desembocadura de un
riachuelo para poder desembarcar, conservando su bote.

Como empezaba a anochecer, acelero su exploracion antes de que se
extinguiese por completo la incierta luz del crepusculo. Vio que la
costa avanzaba formando un pequeno cabo y que, en torno de su punta, las
aguas se mantenian tranquilas, con una pesadez que denunciaba cierta
profundidad. Llego a tocar con la proa esta tierra, relativamente alta
entre las tierras inmediatas. Apoyando sus manos en el reborde de la
orilla, dio un salto y quedo de pie sobre el reducido promontorio.

Lo primero que penso fue buscar una piedra, un arbol, algo donde atar la
cuerda del bote, que sostenia con su diestra. Tuvo miedo de que durante
la noche la resaca se llevase mar adentro esta embarcacion, que
representaba su unica esperanza.

Buscando en la penumbra, dio con un grupo de arbustos vigorosos cuyas
ramas llegaban a la altura de su cabeza. Fijandose en ellos, pudo ver
que tenian la forma de arboles altisimos, contrastando su aspecto con su
relativa pequenez.

Pero no creyo oportuno perder el tiempo en la contemplacion de este
fenomeno vegetal, y se limito a pasar la cuerda en derredor de tres de
los arboles enanos, dejando sujeto de este modo su bote para que no se
alejase de la costa. Despues siguio adelante por el promontorio,
metiendose tierra adentro.

La noche habia cerrado ya completamente, y Gillespie tuvo que desistir a
la media hora de continuar esta marcha sin rumbo determinado. No se veia
una luz ni el menor vestigio de habitacion humana. Tampoco llego a
descubrir la existencia de animales bajo la maleza, en la que se hundia
a veces hasta la cintura.

Quiso volver atras, convencido de la inutilidad de su exploracion.
Preferia pasar la noche en el bote, por ofrecerle mayores comodidades
para su sueno que esta tierra desconocida. Pero al poco tiempo de
marchar en varias direcciones se dio cuenta de que estaba completamente
desorientado. Aquel mar tranquilo como una laguna, sin rompientes y sin
olas, no podia guiarle con el ruido de sus aguas al chocar contra la
orilla.

Un silencio absoluto envolvio a Edwin. La profunda calma de la noche
solamente se turbaba con el crujido de los arbustos, que tenian forma de
arboles. Sus ramas, al partirse bajo sus pies, lanzaban chasquidos de
madera vigorosa.

Al salir a una llanura abierta en la selva enana, se sento en el suelo,
admirando la suavidad del cesped. Lo mismo era pasar alli la noche que
en la embarcacion. No hacia frio, y ademas el estaba abrumado por el
cansancio y por las tremendas emociones sufridas en el mar. Comio varias
galletas y un pedazo de chocolate encontrados en sus bolsillos y acabo
por tenderse, reconociendo que este lecho algo duro no le privaria del
sueno.

Iba a dormirse, cuando noto algo extraordinario en torno de el.
Adivinaba la proximidad invisible de pequenos animales de la noche,
atraidos sin duda por la novedad de su presencia. Bajo los matorrales
inmediatos sonaba un murmullo de vida comprimida y susurrante, igual a
un revoloteo de insectos o un arrastre de reptiles.

--Deben ser ratas--penso el ingeniero.

Al extender, desperezandose, uno de sus brazos, dio contra los
matorrales mas proximos, e inmediatamente sono bajo el ramaje un rumor
medroso de fuga.

Gillespie sonrio, satisfecho de no estar solo en esta tierra misteriosa.
No se habia equivocado: eran ratas u otros roedores del bosque de
arbustos.

De nuevo empezaba a adormecerse, cuando un zumbido, que parecia sofocado
voluntariamente, paso varias veces sobre su rostro. Al mismo tiempo le
abanico las mejillas cierta brisa dulce, semejante a la que levantan
unas alas agitandose con suavidad.

--Algun murcielago--volvio a decirse.

Sus ojos creyeron ver en la lobreguez algo mas obscuro aun que pasaba,
flotando en el aire, por encima de su rostro. De este pajaro de la noche
surgieron repentinamente dos puntos de luz, dos pequenos focos de
intensa blancura, iguales a unos ojos hechos con diamantes. Un par de
rayos sutiles pero intensisimos se pasearon a lo largo de su cuerpo,
iluminandole desde la frente hasta la punta de los pies. El ingeniero,
asombrado por el supuesto murcielago, levanto un brazo, abofeteando al
vacio. Instantaneamente, el misterioso volador apago los rayos de sus
ojos, alejandose con un chillido de velocidad forzada que le hizo
perderse a lo lejos en unos cuantos segundos.

Esta visita quito el sueno a Edwin, obligandole a sentarse sobre la
pequena pradera que le servia de cama. Sus ojos pudieron ver entonces
por encima de los matorrales varios puntos de luz que se movian con una
evolucion ritmica, cambiando la intensidad y el color de sus
resplandores.

--Indudablemente son luciernagas--murmuro--; luciernagas de este pais,
distintas a todas las que conozco.

Las habia de una blancura ligeramente azul, como la de los mas ricos
diamantes; otras eran de verde esmeralda, de topacio, de opalo, de
zafiro. Parecia que sobre el terciopelo negro de la noche todas las
piedras preciosas conocidas por los hombres se deslizasen como en una
contradanza. Volaban formando parejas, y sus rayos, al cruzarse, se
esparcian en distintas direcciones.

Gillespie encontraba cada vez mas interesante este desfile aereo; pero
de pronto, como si obedeciesen a una orden, todos los fulgores se
extinguieron a un tiempo. En vano aguardo pacientemente. Parecia que los
insectos luminosos se hubiesen enterado de su presencia al tocar con
algunos de sus rayos la cabeza que surgia curiosa sobre los matorrales.

Paso mucho tiempo sin que la obscuridad volviera a cortarse con la menor
raya de luz, y Edwin sintio el desencanto de un publico cuando se
convence de que es inutil esperar la continuacion de un espectaculo.
Volvio a tenderse, buscando otra vez el sueno; pero, al descansar la
cabeza en la hierba, oyo junto a sus orejas unos trotecillos medrosos y
unos gritos de susto. Hasta sintio en su cogote el roce de varios
animalejos que parecian haberse librado casualmente por unos milimetros
de morir aplastados.

--Voy a pasar la noche en numerosa compania--se dijo Edwin--. iY yo que
me imaginaba esta tierra como un desierto!... Manana, indudablemente,
presenciare cosas extraordinarias y podre explicarme los misterios de
esta noche. iAhora, a dormir!

Y como si hubiese perdido toda curiosidad, fue sumiendose en el
sueno.... Pero antes de dormirse completamente sintio un pinchazo en una
muneca, algo semejante a la mordedura de un colmillo unico, una incision
que parecio llegar hasta el torrente de su sangre.

Quiso mover el brazo en que habia recibido esta herida y no pudo. Una
torpeza creciente se fue difundiendo por sus musculos y sus nervios,
paralizando toda accion.

Penso que tal vez habia serpientes bajo los matorrales y que acababa de
recibir su mordedura venenosa. Fue a mover el otro brazo, y, en el
momento que intentaba levantarlo del suelo, recibio una segunda
picadura, igualmente paralizante.

--Ya no hay remedio--se dijo--. Me han mordido las viboras.

Y cayo vencido por el sueno, como si se esparciese por todo su cuerpo el
sopor de un narcotico.

Cuando desperto, tuvo inmediatamente la certidumbre de habar dormido
muchas horas. El sol estaba alto, y al abrir los ojos se vio obligado a
cerrarlos inmediatamente. Ladeo la cabeza, huyendo de la causticidad de
su luz, y poco a poco fue entreabriendo el ojo mas inmediato a la
tierra, mientras conservaba cerrado el otro.

Al extenderse esta vision unica casi a ras del suelo, fue tal la
sorpresa experimentada por el, que volvio por segunda vez a juntar sus
parpados. Debia estar durmiendo aun. Lo que acababa de ver era una
prueba de que se hallaba sumido todavia en el mundo incoherente de los
ensuenos. Dejo transcurrir algun tiempo pura resucitar en su interior
las facultades que son necesarias en la vida real. Despues de
convencerse de que no dormia, de que se hallaba verdaderamente
despierto, volvio a abrir sus parpados lentamente, y se estremecio con
la mas grande de las sorpresas viendo que persistia el mismo
espectaculo.


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