El paraiso de las mujeres - Vicente Blasco Ibanez
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Cuando toda esta gente se marcho, anunciando que volveria al dia
siguiente con nuevos viveres, el gigante, sentado en la arena, pudo
saciar su hambre con holgura. Hacia mucho tiempo que no habia saboreado
una comida igual. Hasta encontro agradable la existencia a la
intemperie, siempre que Flimnap cuidase de su alimentacion. Luego penso
que su enamorado capitan acabaria por volverle a la Galeria de la
Industria, apreciada ahora por el como un palacio maravilloso.
Paso la noche en un sueno profundo, a pesar de que llegaban hasta la
playa los rumores de la ciudad en continuo movimiento.
--Manana--penso--a primera hora, cuando me traigan el almuerzo, se
presentara Flimnap con nuevas noticias.
Pero transcurrieron muchas horas de la manana sin que llegase el
almuerzo ni el amable capitan. Pasado mediodia, cuando el coloso, mal
acostumbrado por las abundancias de la noche anterior, empezaba a sentir
el tormento del hambre, vio avanzar a traves de la playa solitaria a un
pigmeo que, sin duda, venia en su busca.
No llevaba uniforme militar ni le seguia vehiculo alguno. Su vestidura
estaba compuesta de tunica y velo, como la de todos los hombres que no
eran esclavos.
Gillespie penso inmediatamente que tal vez era Ra-Ra o Popito, aunque
sin decidirse por ninguno de los dos, pues se sentia desorientado por la
inversion de sus trajes. Cuando el recien llegado, hombre o mujer,
estaba todavia a unos cuantos pasos, Edwin puso una mano en el suelo
para que montase en ella, y asi lo hizo el pigmeo. Llevaba la cara
envuelta en velos, pero al quedar cerca de los ojos del coloso descubrio
su rostro.
Experimento Gillespie una sorpresa que no por haberse repetido muchas
veces resultaba menos intensa. "iMiss Margaret Haynes!..." Luego tuvo
que pensar, como siempre, que miss Margaret, aunque pequena, gracil y
delicada, no era tan diminuta, y que esta beldad pigmea solo podia ser
Popito.
Vio una Popito llorosa y humilde, que en nada hacia recordar al doctor
juvenil y seguro de si mismo conocido dias antes.
--iGentleman--gimio--, van a matar a Ra-Ra!
Y fue contando rapidamente todo lo que habia ocurrido el dia anterior en
la Ciudad-Paraiso de las Mujeres.
Los hombres de la capital se habian mostrado menos audaces que los de
otros Estados. Tal vez influia en ello la proximidad del gobierno y de
los grandes medios defensivos acumulados por este. Ademas, dicha
vecindad resultaba corruptora. La mayoria de los varones, en vez de
seguir a los que peleaban por la emancipacion de su sexo, habian
preferido ayudar al gobierno de las mujeres.
--Esto no es extraordinario, gentleman. Tambien creo que en el mundo de
los Hombres-Montanas las gentes dan su sangre y mueren por intereses
completamente opuestos a sus propios intereses. Los pobres, vestidos con
un uniforme, pelean por conservar a los ricos su riqueza; los soldados,
cuando terminan las guerras, viven en la miseria, mientras los que se
quedaron tranquilos en sus casas se reparten las cosas conquistadas; las
mujeres ignorantes apoyan a los hombres que se oponen a las
reivindicaciones del sexo femenino. Asi son los absurdos de la vida.
El gigante asintio con un movimiento de cabeza, mientras Popito
continuaba su relato.
La insurreccion habia tenido que retrasarse un dia, hasta que, al fin,
en la manana anterior, Ra-Ra, con unos cuantos miles de esclavos y
llevando como oficiales a muchos jovenes de los clubs "varonistas", se
lanzo al asalto de la Universidad para apoderarse de las armas
depositadas en el Museo Historico. Se creian seguros de obtener la
victoria gracias a las maquinas productoras de una coraza vaporosa que
neutralizaba el efecto de los rayos negros. Una ligera interrupcion
ocurrida a ultima hora en el mecanismo de estas maquinas habia
ocasionado el retraso del movimiento insurreccional.
Pero el gobierno estaba advertido de el, y un batallon de muchachas de
la Guardia defendia la Universidad. Muchas de estas se lanzaron
espontaneamente a manejar las armas antiguas, inventadas por los
hombres, siguiendo los consejos de un profesor que creia haber adivinado
su uso leyendo libros rancios.
La mayor parte de los fusiles no funcionaron. En otros se rompieron los
canones, matando a las amazonas que los manejaban. Pero los muy contados
que por casualidad pudieron enviar sus proyectiles contra los asaltantes
pusieron a estos en dispersion. Ademas, los hombres, que no habian
escuchado nunca el estrepito de las armas de fuego, sufrieron el
sobresalto propio de la falta de costumbre.
El resto de la Guardia ataco a flechazos a los insurrectos tenaces que
no querian huir, y Ra-Ra, con muchos de sus oficiales, cayo prisionero.
--Hoy lo juzgan, gentleman, y es seguro que lo condenaran a muerte. Solo
usted puede salvarlo. No desoiga mi ruego.
Gillespie quedo mirando a Popito con una fijeza dolorosa. La pobre
muchacha gemia, sin apartar de el sus ojos lacrimosos, como si fuese una
divinidad en la que ponia todas sus esperanzas. Empezo a sentir la
colera de un celoso al ver que miss Margaret Haynes se preocupaba tanto
de Ra-Ra y lloraba por su suerte.
--Yo sere su esclava--decia la joven--; pero salvelo. Que el viva,
aunque yo pierda mi libertad para siempre.
Luego penso que Ra-Ra era una reduccion de su persona, y esto le hizo
encontrar mas logica la conducta de miss Margaret, o sea de Popito. Pero
?que podia hacer el, pobre gigante, para salvarse a si mismo?... Quedo
pensativo, mientras la joven, imaginandose que aun intentaba resistirse
a sus ruegos, los repetia con una expresion tragicamente desesperada.
--Le suplico, miss Margaret--dijo Edwin--, que calle un momento y me
deje pensar.
Al oirse llamar asi, creyo Popito que verdaderamente sus lamentos
distraian al gigante, y permanecio silenciosa.
Por un fenomeno mental debido a la influencia irresistible de su
egoismo, Gillespie empezo a pensar, contra su voluntad, en el antiguo
traductor convertido en guerrero. No le habia enviado el almuerzo y
seguramente tampoco le enviaria la comida. Los pigmeos, ocupados en su
guerra de sexos, no se acordaban de el, y le dejarian morir de hambre.
El Hombre-Montana, despues de llamar tanto la atencion, habia pasado de
moda, como esos artistas viejos que hicieron correr las muchedumbres
hacia su persona y acaban muriendo en un hospital. Ademas, el capitan
Flimnap, arrogante y fanfarron, parecia una persona diferente de aquel
profesor Flimnap bondadoso y simple que habia conocido. Entusiasmado por
sus ridiculas tareas militares, permaneceria ausente, sin comprobar la
exacta ejecucion de sus ordenes. Nadie se cuidaba de su alimentacion, y
el necesitaba comer.
--iSalve usted a Ra-Ra!--volvio a repetir Popito, considerando, sin
duda, demasiado largas las reflexiones del gigante.
Este grito le hizo pensar de nuevo en el pigmeo revolucionario que era
el mismo. ?Podia dejarlo abandonado a la venganza de las mujeres?... ?No
equivalia esto a un suicidio?...
Ademas, miss Margaret estaba alli, arrodillada en la palma de su mano,
tendiendo los brazos en actitud implorante, y no es correcto que un
gentleman se deje rogar por una senorita que pide proteccion, y mas si
esta senorita es su novia.
Miro hacia el puerto, que dominaba en gran parte con su vista. Luego
volvio los ojos hacia la cumbre de la colina ocupada por la Galeria de
la Industria.
--Miss Margaret--digo con inflexiones carinosas de voz--, hare lo que
usted me mande.
Pero reconociendo su error, se rectifico, anadiendo:
--Doctor Popito, salvaremos a Ra-Ra y nos iremos de este pais, que va
resultando poco agradable.
Luego hizo preguntas a la joven para conocer las ultimas noticias de la
revolucion, y, sobre todo, si eran muchas las fuerzas militares que
habian quedado en la capital. Popito, satisfecha de las promesas del
gigante, hablo con mas tranquilidad.
Las nuevas recien llegadas eran malas para el gobierno. Los hombres
habian suprimido la dominacion de las mujeres en catorce Estados; la
agitacion iba en aumento en toda la Republica.
--Sin embargo, gentleman, yo no tengo el entusiasmo ciego de Ra-Ra, y
veo mas claramente que unos y otros. La revolucion de los hombres ha
fracasado. Su primera condicion de exito era la sorpresa, y esta ha
dejado de ser posible. Los hombres ya no pueden vencer en unos cuantos
minutos, como vencieron las mujeres gracias a los rayos negros. Esto no
es una revolucion, es una guerra, y una guerra larguisima, igual a todas
las del pasado. Se sabe que empieza ahora, pero nadie puede decir cuando
terminara. El invento de la coraza vaporosa hecho por los hombres les ha
servido para poder utilizar las armas antiguas; pero estas armas son
viejisimas, y aunque las ha conservado mucho la limpieza de los museos,
estallan y revientan frecuentemente, por no poder resistir su ancianidad
las funciones ordinarias de la juventud.
"Ademas, las municiones son tan antiguas como las armas, y los
explosivos que duermen hace tantos anos en el ataud metalico de las
capsulas se inflaman de una manera caprichosa o insisten en seguir
silenciosos para siempre. De cada cien tiros sale uno. Las mujeres, por
su parte, al ver la impotencia de los rayos negros, apelan a las armas
de los hombres, aunque las manejan peor que estos. El gobierno quiere
fabricar nuevas municiones, y todas las universitarias dedicadas a la
ciencia estudian desde hace dos dias incesantemente para resucitar los
secretos malignos y destructores de los varones, que voluntariamente
fueron olvidados.
"Pero aunque los descubran, ?como aprenderan las mujeres el manejo de
tanta cosa peligrosa y mortifera? Las proximas batallas, o tal vez las
que se estan dando en este momento, seran con armas blancas. Unos y
otros apelaran a la espada, a la lanza, a la saeta, como antes que
Eulame trajese los inventos de los Hombres-Montanas, y en esta lucha de
musculos y de agresividad feroz, el hombre va a acabar por vencer a la
mujer. iPero esto tardara tanto!... Antes de que la guerra termine seran
muchas las victimas, muchisimas; entre las primeras figurara Ra-Ra, si
usted no lo remedia ... y yo morire.
Esto ultimo no podia tolerarlo Edwin Gillespie.
--?Morir usted, miss Margaret ... digo Popito?
Unicamente podria ocurrir una cosa tan absurda despues que el hubiese
muerto.
--iSalvelo usted!--insistio la joven--. Llevenos lejos de aqui. Este es
un pais donde no queda sitio para nosotros.
De la misma opinion era el gigante. Volvio a mirar en torno de el, y vio
la playa desierta. Ni un solo carro de avituallamiento, ni un emisario
que le trajese explicaciones acerca de su futura alimentacion.
Decididamente, le habian olvidado.
Gillespie, ruborizandose un poco, empezo a hablar con cierta dificultad,
como si abordase un tema algo inconveniente:
--Miss, los compatriotas de usted me han dejado en un traje poco
presentable. Verdaderamente, mi facha no es para acompanar a una
senorita. Usted va a venir conmigo, y yo no se donde meterla, pues las
ropas ligeras que me cubren en este momento carecen de bolsillos.
Quedo en actitud reflexiva, acariciandose la mandibula inferior con la
mano que tenia libre, mientras sostenia a la joven en la palma de la
mano opuesta.
--?Se siente usted capaz de viajar montada en mi cabeza?
Popito, a pesar de sus tristes preocupaciones, contesto con una palida
sonrisa.
Ella estaba dispuesta a seguir al gigante, arrostrando los mayores
peligros, para salvar a Ra-Ra. Debia tratarla como a un camarada, sin
miramiento alguno.
--Instalese usted ahi como pueda.
Y al decir esto, el gigante levanto su mano derecha, colocandola al
nivel de la cuspide de su craneo. Popito salto entre los negros
matorrales de la cabellera, buscando un lugar a proposito para sentarse.
--Agarrese con fuerza a un mechon--dijo Gillespie--. No tema hacerme
dano. Todo lo que venga de usted es para mi una caricia.
Despues de estas palabras galantes, anadio:
--Viajara usted un poco sacudida, pero la primera parte de nuestra
expedicion conviene que sea rapida. Vamos ahora, miss Margaret, a mi
antigua vivienda. Necesito mi traje y otra cosa que guardo alla, sin la
cual reconozco que valgo muy poco. Creo recordar el camino, pero, si me
extravio, adviertamelo inmediatamente. Nos conviene llegar antes de que
nuestros enemigos hayan adivinado mi intencion.
Y empezo a marchar a grandes zancadas, procurando mantener rigido su
cuello; pero esto no libro a la joven de un vaiven igual al de un navio
en un mar tormentoso. Agarrada a dos mechones de cabellos y contrayendo
sus brazos, se defendio de este rudo movimiento, a la vez que seguia con
mirada atenta la marcha de su gigantesco portador.
--Muy bien, gentleman. Eso es. iA la derecha!... Ahora siempre de
frente.
Habian llegado al puerto, y Gillespie, marchando por una avenida
exterior de la ciudad, avanzo hacia la colina en cuya cuspide se elevaba
su antigua vivienda. Las gentes del puerto, que estaban ayudando al
embarque de material de guerra para las islas amenazadas de sublevacion,
se esparcieron por las calles gritando la terrible noticia.
--iEl Hombre-Montana se ha escapado!... iEl gigante se marcha de la
capital!...
Y todos, al oir esto, pensaban lo mismo. El coloso era hombre, y por
solidaridad de sexo iba indudablemente a unirse con los revolucionarios.
Los pesimistas levantaban las manos hacia el cielo, exclamando:
--iSolo nos faltaba esta nueva calamidad!...
Cuando llego la noticia al palacio del gobierno, ya pisaba Gillespie la
cuspide de la colina. Al entrar en su antigua vivienda noto
inmediatamente los efectos del abandono. Todo lo perteneciente a el
estaba en la misma situacion que lo dejo al salir de alli. Unicamente,
en los extremos del edificio, las cocinas y la despensa mostraban un
desorden semejante al de una ciudad entregada al saqueo. La servidumbre,
antes de marcharse, lo habia robado todo.
Sonrio el gigante al ver en el suelo sus pantalones y su chaqueta. Pero
su satisfaccion aun fue mas grande al encontrar apoyado en la mesa el
enorme tronco arrancado por el de la selva de los emperadores.
Se llevo una mano a la cabeza, buscando entre los mechones de su
cabellera a Pepito, y esta le grito varias veces: "iEstoy aqui!", para
que su voz sirviese de guia a los dedos. El Gentleman-Montana la dejo
cuidadosamente sobre la mesa cubierta de polvo, diciendo con voz
suplicante:
--Vuelvase de espaldas, miss. Siento mucho tener que vestirme en su
presencia, pero nuestra situacion no es para entretenernos en escrupulos
de buena crianza. Termino en un momento.
Y el gigante, levantando sus ropas del suelo, se vistio apresuradamente.
Luego, al empunar con su diestra la enorme cachiporra, le parecio que se
habian doblado su estatura y su vigor, sintiendose capaz de suprimir de
un golpe a cuantos pigmeos intentasen cerrarle el paso.
--Ahora va usted a viajar con mas comodidad--dijo, tomando a Popito
entre dos dedos y elevandola sobre la mesa.
La introdujo en el bolsillo superior de su chaqueta, donde otras veces
habia guardado a Ra-Ra. Ya no necesitaba mantener su cuello rigido ni
marchar con cierta precaucion, temiendo que Popito cayese desde la
inmensa altura de la selva capilar que cubria su craneo. Ahora podria
moverse y correr cuanto quisiera, sin otro inconveniente que el de
sacudir un poco a la joven dentro de su encierro.
Se lanzo fuera del edificio, en direccion a la ciudad, pero al dar los
primeros pasos por la pendiente de la colina vio que se cruzaba en su
camino una maquina rodante con cabeza de tigre, ocupada por militares.
El Hombre-Montana levanto su garrote con intencion de aplastar al
vehiculo y los que iban en el. Bastaba para esto un simple golpe dado
con la parte gruesa del tronco. Pero reconocio al capitan Flimnap, que
le gritaba, abriendo los brazos:
--iDetengase, gentleman! ?Adonde va?... Le pido perdon por el olvido de
que ha sido objeto. Los culpables son esas gentes de la administracion
del ejercito, que, como no estan acostumbradas al nuevo servicio,
equivocaron mis ordenes. Pero vamonos a la playa; deben haber llegado ya
doce furgones llenos de viveres. Tiene usted preparada una comida
magnifica.
El gigante se encogio de hombros, como si no reconociese a su antiguo
traductor.
Luego paso sus pies por encima de la maquina rodante, con cierta
lentitud para no aplastarla, y continuo marchando hacia la capital, sin
hacer caso de los gritos que lanzaba Flimnap al verse abandonado.
XV
Que trata de muchos sucesos interesantes, como podra apreciarlo el
curioso lector
Inclino la cabeza para hablar a Popito, que se habia asomado a la
abertura del bolsillo.
--Sepa usted, miss--dijo--, que vamos en busca de Ra-Ra. Digame donde lo
tienen preso; guie mis pasos.
Le fue indicando la joven las avenidas que debia seguir por las afueras
de la ciudad. Marchaban entre grandes edificios levantados cuando la
capital se ensancho a consecuencia de la Verdadera Revolucion.
La carcel donde guardaban a Ra-Ra era un antiguo cuartel que las tropas
femeninas habian abandonado por insalubre.
--Aqui--dijo Popito.
Y le senalo con sus gritos y sus manoteos un edificio de paredes
sombrias, con las ventanas cerradas.
Ante el paso del gigante huian las gentes dando gritos. Sus pies solo
encontraban un desierto repentino, mientras a sus espaldas se iba
levantando un bullicio enorme, pues el publico se arremolinaba para
seguirle entre vaivenes de audacia y de pavor.
Aquella carcel estaba guardada por una tropa numerosa, compuesta de
mujeres flecheras y hombres barbudos de la policia montada. Al ver
aproximarse al gigante por el extremo de la avenida, o sea a una
distancia que habiese exigido de cualquier pigmeo mil pasos para
correrla, todas estas tropas acudieron a las armas. Nadie penso en huir.
Las explosiones de entusiasmo y los cantos patrioticos de los dias
anteriores habian infundido a todos una audacia heroica.
Con solo media docena de zancadas llego el coloso a la puerta de la
prision, hundiendo sus pies en la muchedumbre armada. Las amazonas
enviaron a lo alto una nube de flechas contra su pecho y su cabeza,
mientras los jinetes de las cimitarras intentaban herirle en las
pantorrillas. Pero el, con un golpe de su garrote, abrio anchisimo surco
en la masa de enemigos, enviando por el aire docenas de estos, y a
continuacion le bastaron varias patadas para desbaratar el resto de la
tropa. Todos los que aun se mantenian de pie huyeron, dejando el suelo
cubierto de camaradas inertes o gimeantes.
Gillespie acometio inmediatamente a puntapies, la gran puerta del
edificio, y finalmente hizo de su cachiporra una catapulta, derribando a
los primeros embates las dos hojas chapadas de acero.
--iRa-Ra, hijo mio--grito a toda voz--, la salida esta libre; huye y no
perdamos tiempo!
Saltando sobre las hojas rotas de la puerta aparecieron bajo su arco
varios hombres que parecian asombrados de su buena suerte y miraban en
torno, no sabiendo por donde escapar. Debian ser los companeros de
Ra-Ra. Este aparecio al fin, y al ver al gigante con su arma aplastadora
y todo el suelo en torno de el cubierto de enemigos, grito con
entusiasmo:
--iVictoria!... Marchemos inmediatamente contra el palacio y acabaremos
en un instante con el gobierno de las mujeres. iViva la emancipacion
masculina!...
Pero Edwin se habia inclinado sobre el, tomandole con sus dedos, y lo
elevo hasta el mismo bolsillo donde estaba oculta Popito. Al hacer este
movimiento cayeron de su pecho muchas flechas que habian quedado medio
clavadas en el pano de la chaqueta.
--Lo que vas a hacer, querido Ra-Ra--dijo--, es quedarte quietecito
dentro de este bolsillo, donde encontraras una agradable sorpresa.
?Crees que voy a perder el tiempo mezclandome en esta ridicula guerra
entre hombres y mujeres?... iA callar! Es inutil que protestes, porque
no te oire. Ahora ya no necesito guias; puedo moverme solo.
Y como su estatura le permitia ver por encima de los tejados, se dirigio
hacia el puerto por el camino mas corto.
Ra-Ra, luego de quedar sumido en el fondo del bolsillo, se asomo a su
abertura, braceando entre gritos de desesperacion. Pero el gigante no
quiso escuchar lo que juzgaba protestas politicas del revolucionario y
le dio un golpe en la cabeza con uno de sus dedos, enviandolo otra vez
al fondo del bolsillo.
Llego Gillespie al puerto, teniendo siempre ante sus pies un ancho
espacio de terreno libre de gentio. Todos huian a ambos lados de el,
pero era para juntarse luego que habia pasado, profiriendo gritos de
alarma y amenazas.
A la cabeza de esta muchedumbre rodaba el automovil-tigre de Flimnap. El
profesor, puesto de pie sobre el vehiculo, iba arengando al gentio.
--iNo le hagan dano!--decia--. Se ha vuelto loco; no puede ser otra
cosa; pero tratandolo con dulzura acabara por someterse.
Unos le escuchaban sin hacerle caso; otros, que habian visto de lejos el
exterminio realizado por el gigante ante la carcel, gritaban venganza.
Esta masa enorme y alborotada, sin organizacion alguna, en la que se
confundian militares y civiles, mujeres y hombres, avanzaba cada vez mas
rapidamente, hasta que se detuvo de pronto con un movimiento de
retroceso que se extendio hasta el centro de la ciudad, esparciendo la
alarma en las calles transversales. El gigante se habia detenido al
llegar al puerto, y la muchedumbre que le seguia se detuvo igualmente.
Al ver llegar al Hombre-Montana huyeron todos los que trabajaban en los
muelles trasladando a varios buques mercantes los viveres amontonados
para el avituallamiento del ejercito y de la flota. El gigante avanzo
por uno de estos muelles, anchisimo para los pigmeos, pero en el cual
tenia que colocar sus pies con precaucion, como si marchase por lo alto
de una pared.
La muchedumbre lanzo un grito de sorpresa y de rabia al darse cuenta de
la direccion que seguia. Junto a este muelle se hallaba anclado el bote
que le habia traido de su remoto pais.
--iEl Hombre-Montana va a escaparse!--gritaron miles de voces.
Otros se alegraron de esto, aceptandolo como una solucion beneficiosa
para el pais, ahora que necesitaba concentrar todas sus actividades en
la guerra contra los hombres.
Todos vieron como se inclinaba sobre los penascos que defendian el lado
exterior del muelle formando una linea de rompeolas. Con una roca en
cada mano, levanto la cabeza, mirando en torno de el inquietamente.
Desde el principio de su fuga le preocupaban mas los ruidos del aire que
las agresiones de los enemigos que marchaban sobre la tierra. Una
flotilla de maquinas voladoras representaba para el un peligro temible.
Sono un zumbido de avion cerca de sus orejas y se puso en guardia; pero
al ver que solo era una maquina la que flotaba en el aire, sonrio
satisfecho.
En aquel mismo momento los senores del Consejo Ejecutivo y sus ministros
deploraban haber enviado contra los hombres sublevados todas las fuerzas
aereas existentes en la capital, y les ordenaban por medio de ondas
atmosfericas que volviesen con toda rapidez para exterminar al gigante.
Solo habia quedado un aparato volador, algo antiguo, para los servicios
extraordinarios, y su tripulacion estaba compuesta de senoras maduras,
movilizadas por la guerra, que habian permanecido largos anos sin
ejercer sus habilidades de guerreras del aire.
La maquina, que tenia la forma de una paloma, no oso aproximarse mucho
al Hombre-Montana. Los aviadores que le aprisionaron durante su sueno al
desembarcar en el pais tampoco se habrian atrevido a pasar ahora cerca
de su cabeza, como lo hicieron entonces. Habia que temer un golpe de
aquel arbol que le servia de baston.
Gillespie oyo un silbido, viendo al mismo tiempo ondular en el espacio
un serpenteo luminoso semejante a un relampago blanco. Acababan de
arrojar sobre el uno de aquellos cables de platino de los cuales no
podia defenderse. Pero echo atras la cabeza, y el brillante hilo paso
sin tocarle, retorciendose y doblando su extremo hacia arriba, como una
serpiente furiosa.
Las matronas de la maquina volante, que veian debajo de ellas a todo el
vecindario de la capital admirandolas, como si de su esfuerzo dependiese
la suerte de la Republica, quisieron no marrar su segundo ataque, y para
ello hicieron descender la maquina mas cerca del gigante, aunque
manteniendola a tal altura que no pudiera alcanzarla con su garrote.
El Hombre-Montana levanto una mano y, antes de que los aviadores
lograsen enviar de nuevo su lazo metalico, asesto a la maquina una
pedrada certera. El ave mecanica se desplomo herida, flotando algunos
momentos sobre la copa azul del puerto, mientras las matronas
reservistas se salvaban a nado. Al fin se acosto sobre una de sus
aletas, desapareciendo entre los circulos concentricos que habia abierto
en el agua.
Como Gillespie no veia otros enemigos aereos, salto dentro de su bote,
lo que produjo en el puerto una enorme ondulacion que hizo danzar sobre
sus amarras a todos los buques de los pigmeos.
Rapidamente, el coloso habia amontonado con ambas manos varias rocas de
la escollera, arrojandolas en el fondo de su barca. Vio con placer que
la marineria de la escuadra del Sol Naciente habia dejado en su
embarcacion dos remos antiguos, asi como una cesta, una paleta para
achicar el agua y otros objetos de menos valor. Todo lo demas, viveres y
ropas, se lo habian llevado el primer dia de su llegada para exhibirlo
ante el gobierno y guardarlo, finalmente, en los arsenales de la ciudad.