El paraiso de las mujeres - Vicente Blasco Ibanez
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Lo primero que procuro fue librar el bote de las amarras puestas por los
pigmeos. Lamentaba no tener un simple cortaplumas para terminar mas
pronto, partiendo los cables que lo tenian sujeto. Dos de estos le unian
al muelle, atados a dos troncos de pino que hacian oficio de pilotes.
Gillespie, para no perder tiempo desenredando los nudos hechos por la
marineria enana, tiro simplemente de estos cables, enormes para los
habitantes del pais, pero menos gruesos que su dedo menique, arrancando
los dos maderos de la tierra en que estaban clavados. Luego se dirigio
hacia la proa para levantar las anclas hundidas en el fondo del puerto.
Estas anclas eran recuerdos venerables de la epoca posterior a Eulame,
cuando las naciones, en implacable rivalidad maritima, se dedicaron a
construir buques inmensos, fortalezas flotantes de numerosos canones,
guarnecidas por miles de combatientes. Para Gillespie resultaban de un
tamano considerable, mas alla de las proporciones guardadas por las
demas cosas de los pigmeos, pues eran tan largas casi como sus piernas.
Por esto tuvo que esforzarse mucho para arrancarlas del barro del fondo,
subiendolas hasta el bote.
De pronto suspendio su trabajo al oir que le hablaban en ingles desde el
muelle. Era Flimnap. Todos sus compatriotas permanecian alejados despues
de haber visto que el gigante del arbol amenazador sabia igualmente
aplastar a sus enemigos a gran distancia, valiendose de rocas capaces de
destruir una casa o un buque. Gritaban contra el, pero se mantenian
aglomerados en las bocacalles, prontos a huir, sin atreverse a avanzar
al descubierto sobre los muelles. Solo Flimnap, siguiendo los consejos
de su amor y seguro de la bondad del gigante, se atrevio a ir hacia el.
--iGentleman--dijo con voz llorosa--, lleveme con usted, ya que su
intencion es huir para siempre de esta tierra! iPiense en mi, se lo
suplico!... ?Como podre vivir cuando el Gentleman-Montana se haya
marchado para siempre?...
Pero el Gentleman-Montana miro sonriendo al grueso capitan y levanto los
hombros. Luego le volvio la espalda, empezando a forcejear para subir la
segunda ancla.
--iLleveme!--continuo--. ?Que voy a hacer en mi patria?... Al ver que
usted quiere marcharse, todas mis creencias se han derrumbado. Nada me
importa que perezca el gobierno de las mujeres, que triunfen los hombres
o que la guerra sea interminable. Lo unico que me interesa es mi amor.
"Ademas, gentleman, este pais me parece inmensamente triste y empiezo a
aborrecer a los que lo habitan. Creiamos terminada para siempre la
guerra; era un monstruo de los tiempos remotos que nunca podia
resucitar; y ahora la guerra surge cuando menos lo esperabamos y nadie
sabe cuando acabara. ?Viviremos esclavos eternamente de nuestra barbarie
original, sin que haya educacion capaz de modificarnos?... ?Sera una
mentira el progreso?... ?Estaremos condenados a dar eternas vueltas, lo
mismo que una rueda, sin salir jamas del mismo circulo?...
Pero el coloso no oia sus ruegos ni prestaba atencion a las preguntas
que iba formulando Flimnap, de acuerdo con sus habitos de conferencista.
Lo que a Gillespie le preocupaba era salir del puerto cuanto antes. Ya
tenia fuera del agua la segunda ancla, y empuno los remos, empezando a
bogar de pie y mirando a la proa.
--iGentleman, lleveme!--grito el amoroso catedratico con un temblor
histerico en la voz y extendiendo sus brazos--. Yo no quiero vivir aqui.
Tomeme en su navio gigantesco o me arrojo al agua.
No supo nunca Gillespie si el enamorado capitan fue capaz de cumplir su
amenaza, pues se nego a volver el rostro. Pronto dejo de oir la voz de
su antiguo traductor. Remaba tan vigorosamente, que con unas cuantas
paladas se coloco en el centro del puerto. De los buques mercantes
escapaban en masa las tripulaciones, por creer que el Hombre-Montana
queria tomarlos al abordaje. Pero Gillespie puso su proa hacia el otro
lado del puerto, donde estaban los almacenes de viveres para las tropas.
Al saltar sobre el muelle, este quedo desierto. Por encima de las
techumbres de los almacenes vio un patio donde estaban puestas a secar
enormes cantidades de carne convertida en cecina. A punados arrebato
esta reserva alimenticia, arrojandola en el cesto que habia sacado del
bote. Tambien limpio otro patio de los viveres que guardaba formando
montones, y los deposito en el mismo cesto sin ningun orden.
Cuando estuvo otra vez en su embarcacion noto que los muelles se iban
cubriendo de pigmeos. Eran soldados vestidos con vistosos uniformes y
que avanzaban denodadamente. Los que tenian arcos disparaban, pero sus
flechas caian mucho antes de llegar adonde estaba el gigante, lo que
hizo sonreir a este despectivamente, no queriendo responder a la
agresion.
Hubo en la muchedumbre un movimiento de retroceso, y luego se abrio
dejando paso a algo que provocaba aclamaciones de entusiasmo. Gillespie,
interesado por este movimiento, permanecio de pie en su bote, mirando
hacia dicho sitio.
Era que el Consejo Ejecutivo, para remedio de la inferioridad agresiva
de sus tropas, acababa de enviar varios canones de los mas grandes que
se conservaban en el Museo Historico. Esta artilleria gruesa databa de
los tiempos de Eulame, y la componian ocho piezas de asedio del tamano y
el calibre de un revolver de marca mayor, de los usados en el mundo de
los Hombres-Montanas.
Los guerreros femeninos empujaban con entusiasmo estas armas colosales,
colgandose de los rayos de sus ruedas para hacerlas avanzar. Momaren,
con la cabeza cubierta de vendajes y el aspecto dolorido, marchaba al
frente de varios profesores que se imaginaban conocer por sus lecturas
el manejo de tales monstruos de acero. Lloro de emocion la muchedumbre
al ver que el Padre de los Maestros, a pesar de hallarse gravemente
enfermo, habia abandonado su cama para servir a la patria.
Tres canones fueron apuntados contra el gigante. Uno permanecio mudo,
por mas que los artilleros improvisados se agitaron en torno de el;
otro, al disparar, se acosto de lado por haberse roto una de sus ruedas,
aplastando a los que pillo debajo. El tercero funciono normalmente, y su
proyectil, en vez de tocar al coloso, echo a pique dos de los barcos que
estaban a la carga.
El estruendo de las explosiones, completamente nuevo para la mayor parte
de este gentio, le hizo huir con mas rapidez que el miedo al coloso.
Gillespie no quiso dejar que sus enemigos continuaran ejercitandose en
el manejo de la artilleria, y tomo el achicador que estaba en el fondo
de su barca. Con esta paleta envio por el aire unas cuantas masas de
agua, que vinieron a desplomarse algunos metros mas alla, sobre los
grandes canones y todos los que se movian en torno a ellos.
Momaren huyo con sus profesores, perseguido por el enorme diluvio, y
hasta las amazonas mas dispuestas a morir se refugiaron detras de las
piezas de artilleria y de los armones chorreantes.
Edwin, empunando otra vez sus remos, procuro salir rapidamente del
puerto. Nada le quedaba que hacer en el. Pero fuera de su boca le salio
al encuentro un obstaculo inesperado.
La escuadra del Sol Naciente habia zarpado dias antes, lo mismo que las
flotas aereas, para combatir a los insurrectos, dejando solamente dos
buques a las ordenes del gobierno. Estos buques, mientras Gillespie
levantaba sus anclas y saqueaba los almacenes, habian embarcado una
parte de sus tripulaciones que se hallaban en tierra con permiso,
saliendo del puerto para combatirle, por creer sus capitanes que fuera
de el podrian maniobrar mejor contra el barco gigantesco. Reconocian la
desigualdad de sus fuerzas al compararlas con el poder ofensivo de este
ultimo, pero habian recibido ordenes precisas de los gobernantes--todos
ellos de una ignorancia completa en las cosas del mar--, y marchaban al
ataque con el heroismo sombrio del que sabe que va a morir inutilmente.
Uno de los navios se coloco ante el bote de Gillespie, cortandole el
camino, al mismo tiempo que le enviaba una nube de pequenos guijarros
con sus catapultas; pero el gigante remo vigorosamente, cayendo sobre el
en unos segundos, y lo hizo desaparecer bajo el rudo choque de su proa.
En el mismo instante el bote quedo inmovilizado con tal brusquedad, que
Edwin casi cayo de espaldas. Miro en torno de el, sin distinguir nada
amenazante en el mar; pero sobre una de las bordas de su embarcacion vio
como se movia una especie de hilo de arana. Este filamento habia acabado
por pegarse a la madera, como si fuese un ser vivo, mientras su extremo
opuesto se perdia en la profundidad acuatica.
Era un cable igual a los de las maquinas aereas. Gillespie adivino que
el segundo buque se habia sumergido y le enviaba desde el fondo sus
tentaculos metalicos, animados y prensibles, que parecian poseer la
inteligencia de un ser viviente. Varios de estos cables debian estar
pegados ya a la quilla de su bote. Otro salio del agua, como una lombriz
de nerviosas contracciones, enroscandose en torno a uno de sus remos.
Iba a quedar alli, prisionero del buque invisible, no mas grande que un
juguete, el cual lentamente tiraria de el hacia el interior del puerto,
o le retendria inmovilizado, esperando que llegase la flota, avisada por
las comunicaciones atmosfericas.
Por primera vez en toda la tarde sintio el coloso la angustia del
peligro. Este adversario resultaba mas temible que todas las
muchedumbres aporreadas y perseguidas por el en las calles de la
capital. Cuando se consideraba libre para siempre de los pigmeos, era su
prisionero y solo podia esperar la muerte.
Asomo cautelosamente su cabeza por las bordas de la embarcacion, pronto
a retirarla antes de que un nuevo cable viniera a enroscarse en su
cuello. Siguiendo la direccion de los filamentos hundidos en el agua,
creyo ver un objeto negro que flotaba a pocos metros de la superficie.
Agarro una piedra, arrojandola en el mar con una fuerza que hizo surgir
chorros de espuma. Pero en vez de obtener su deseo, un nuevo cable se
elevo amenazante sobre las aguas. Arrojo otra piedra, y luego otra,
persiguiendo de este modo al terrible pez mecanico que daba vueltas en
torno a su bote.
Sintio un escalofrio de angustia al darse cuenta de que solo le quedaba
un pedazo de roca como ultimo proyectil, y lo arrojo con toda la fuerza
de su desesperacion, casi sin mirar, confiandose al instinto y a la
suerte.
Se obscurecio el agua con una dilatacion negra, como si se hubiese roto
en sus entranas una gran bolsa repleta de tinta. Subieron a la
superficie densas burbujas de gases, que estallaron con un estrepito
hediondo, y todos los cables se soltaron a la vez, cayendo inertes, como
los segmentos de una serpiente partida, como los tentaculos de un pulpo
desgarrado.
Libre ya de este obstaculo, Gillespie volvio a empunar los remos,
avanzando por unas aguas que la marina pigmea rehuia el frecuentar. Puso
la proa hacia la barrera de rocas y espumas, obra de los dioses, que
limitaba el mundo conocido.
Despues de una hora de violento ejercicio, Gillespie, cubierto de sudor,
necesito despojarse de la chaqueta. Todavia pendian de su tejido muchas
flechas, que le recordaron su primer choque con los soldados de la
Republica femenina. La vista de ellas evoco en su memoria a los dos
companeros de viaje, completamente olvidados hasta entonces.
Sosteniendo la chaqueta con una mano, metio la otra en el bolsillo
superior, extrayendo uno tras otro a los dos pigmeos para depositarlos
dulcemente en la popa de la embarcacion.
Ra-Ra se mostro sombrio y cenudo, mirando al Hombre-Montana con
hostilidad, como si recordase aun el golpe que le habia dado con un dedo
para que permaneciese dentro del bolsillo. Al ver que el gigante,
hundiendo por segunda vez su mano en la tela, sacaba a su amada, le
grito con dureza:
--iTenga cuidado, monstruo!... La pobre Popito tal vez va a morir.
Edwin miro con asombro a la delicada joven, que, no pudiendo continuar
de pie, acababa de tenderse sobre la madera de la popa, mientras Ra-Ra
sostenia su cabeza, arrodillado.
iGran Dios!... Miss Margaret Haynes, por otro nombre Popito, tenia las
ropas manchadas de sangre. Su rostro estaba empalidecido por una lividez
mortal. Sus labios eran ahora azules, y una humildad dolorosa parecia
haber agrandado sus ojos.
Con acento de rencor, como si el gigante tuviese la culpa de la herida
recibida por su amada, Ra-Ra fue explicandole todo lo ocurrido desde que
salio de la carcel. Al caer en el fondo del bolsillo oyo gemidos
dolorosos, viendo a continuacion como la dulce Popito chorreaba sangre.
Una de las muchas flechas dirigidas contra el Hombre-Montana, al
clavarse en el pano de la chaqueta, la habia alcanzado con su punta.
Ra-Ra trepo inmediatamente a la abertura para advertir al gigante; pero
este, en vez de escucharle, lo golpeo con uno de sus dedos, haciendole
caer de nuevo sobre el cuerpo de la joven herida. Asi habian permanecido
los dos mucho tiempo, sufriendo el mas horrible de los suplicios
encerrados en aquella bolsa agitada continuamente por los movimientos
que hizo el coloso para defenderse de la maquina voladora, para
desamarrar la barca, para inundar la artilleria de los pigmeos y para
batirse al fin con los dos buques enemigos.
Era extraordinario que Popito viviese aun. El habia vendado la herida
con pedazos de tela arrancados a su traje, y temblaba al pensar que la
delicada joven tal vez no pudiera resistir tantos sufrimientos.
--Usted tiene la culpa, gentleman. ?Por que no nos dejo en nuestra
patria? ?Por que nos ha traido aqui, haciendonos sus esclavos?
Edwin lanzo a su propia miniatura una mirada de desprecio.
--?Vivirias ahora si te hubiese dejado en tu pais?... ?No era necesario
que me defendiese para que los tres nos viesemos libres?...
Y convencido de que Ra-Ra, por ser igual a el, solo podia decir
tonterias cuando estaba furioso, prescindio de su persona para ocuparse
unicamente de Popito. ?Era posible que miss Margaret fuese a morir
cuando el la habia salvado?... Volver atras resultaba imposible; en la
tierra de los pigmeos solo les esperaba la muerte. Lo mejor era ir al
encuentro de los gigantes de su especie, para que aquella pobre joven
recobrase la salud. Penso ademas que los buques de la flota, avisados
por el gobierno, navegarian ya a estas horas para darle caza, y era
necesario pasar cuanto antes la barrera de los dioses.
Gillespie volvio otra vez a empunar los remos, bogando con un vigor
maravilloso del que no se habria considerado capaz dias antes. Le
parecio que el cansancio era algo que su cuerpo no podia conocer.
Tambien creyo sobrenatural que el dia se prolongase mas alla de sus
limites ordinarios. El sol parecia inmovil en el horizonte. Llevaba
horas y horas remando, sin que sus brazos se fatigasen y sin que el
astro diurno descendiese hacia el mar.
Popito, al permanecer fuera de su encierro, respirando el aire salino,
parecio reanimarse. Sonreia dulcemente, con la cabeza apoyada en una
rodilla de Ra-Ra. Sus ojos estaban fijos en los ojos de el, que la
contemplaban verticalmente. Despues, estrechandose las manos, paseaban
los dos sus miradas por aquel mar misterioso y temible, poco frecuentado
por los seres de su especie. Pasaron junto a una roca cubierta de
plantas maritimas, en la que Gillespie solo hubiera podido dar unos
veinte pasos.
--Aqui esta sepultado mi glorioso abuelo--dijo Ra-Ra. El mar se iba
rizando con largas ondulaciones que hacian cabecear al bote y hubiesen
representado un oleaje de tormenta para los buques de la escuadra del
Sol Naciente. Los dos amantes miraban con espanto el movimiento de la
enorme nave.
--iAtencion, hijos mios!--dijo Gillespie--. Vamos a pasar la llamada
barrera de los dioses, y las rompientes nos sacudiran un poco.
Doblo su chaqueta sobre la popa y puso entre los pliegues a los dos
pigmeos. Luego siguio remando, de pie y con la vista fija en la linea de
escollos, para enfilar a tiempo los callejones de espuma hirviente
abiertos en ella.
El bote se levanto sobre las olas y volvio a caer, tocando varias veces
con su quilla los obstaculos invisibles. Terminaron los sacudimientos al
quedar atras la linea de rocas submarinas, y un mar de azul obscuro y
profundo se extendio sin limites ante la proa del bote.
--Entramos en el mundo de los Hombres Montanas--grito alegremente
Gillespie.
Despues de estas palabras se hizo inmediatamente la noche, y Edwin
sintio de golpe toda la fatiga de los esfuerzos que llevaba realizados.
Busco en su cesto de provisiones lo que le parecio mas exquisito,
depositandolo a punados sobre su chaqueta para que comiesen los dos
amantes refugiados en sus pliegues. El tambien comio, tendiendose
despues en el fondo de la barca para dormir.
No pudo explicarse como el sueno le mantuvo bajo su dominio tantas
horas. Cuando desperto, el sol estaba ya muy alto, pero no fue la
caricia caustica de su luz la que le volvio a la vida. Unos gritos que
parecian venir de muy lejos, entrecortados por llantos, fueron el
verdadero motivo que le hizo salir de su sopor incomprensible. Ra-Ra le
llamaba.
--iGentleman, Popito se me muere!... iYa ha muerto tal vez!
Gillespie se irguio al escuchar esta terrible noticia. ?Era posible que
miss Margaret pudiese morir?...
La vio tendida entre dos dobleces del pano de su chaqueta, con la cabeza
sobre una arruga que habia preparado y mullido su amante para que la
sirviese de almohada. Estaba mas blanca que el dia anterior, como si
hubiese perdido toda la sangre de su cuerpo. Abrio los ojos y volvio a
cerrarlos repetidas veces despues de mirar a Ra-Ra y al gigante.
--iOh, miss Margaret!--suplico Edwin--. No se muera. ?Que hare yo en el
mundo si usted me abandona?...
Y el pobre coloso tenia en su voz el mismo tono desesperado del pigmeo
Ra-Ra.
Como si necesitase contemplarla de mas cerca, paso una mano con suavidad
por debajo del cuerpo de Popito y puso igualmente sobre la palma a su
lloroso companero, para no privarle ni un instante de la presencia de su
amada.
Sentado en el centro del bote permanecio mucho tiempo, con la diestra
cerca de los ojos, contemplando el grupo que formaban los dos pigmeos
enamorados.
Ra-Ra, arrodillado junto a ella, le tomaba las manos, hablandola
ansiosamente para que abriese los ojos una vez mas, y creyendo que
cuando los cerraba era para siempre.
--iOh, hermano de mis ensuenos! iMadre de mis alegrias! ?Me oyes?... No
te mueras; yo no quiero que mueras. Aun quedan para nosotros muchos
soles dichosos y muchas lunas de amor. El Gentleman-Montana nos llevara
a su pais, y las esposas de los gigantes sentiran asombro al verte tan
hermosa. Para las reinas de aquellas tierras sera una gloria llevarte
dormida sobre su pecho, pues no hay joya que pueda compararse en
hermosura contigo. ?Me oyes ... di ... me oyes?
Y el gigante, con su bronca voz, se unia a este lamento acariciador,
repitiendo monotonamente:
--No se muera usted, miss Margaret.... iNo se muera!
De pronto Ra-Ra lanzo un chillido casi femenil:
--No me contesta.... iHa muerto!... iha muerto!...
Asi era. Hacia mucho tiempo que el hablaba, sin que la joven pareciese
oirle. Su ultima sonrisa se habia inmovilizado, convirtiendose en una
mueca fria y lugubre.
Ra-Ra levanto uno de los brazos de su amada, y el brazo volvio a caer
con la inercia de la muerte. Entreabrio sus parpados, y solo pudo
encontrar un globo vidrioso y empanado, del que habia huido toda luz.
--iHa muerto, gentleman!--grito llorando como un nino.
Y el gentleman permanecia cabizbajo, mirando fijamente su mano, en cuya
palma acababa de desarrollarse la tragedia amorosa de su propia vida.
Paso mucho tiempo ... imucho! Ra-Ra, tendido junto al cadaver y abrazado
a el, lloraba y lloraba incesantemente. Gillespie seguia inmovil, sin
hacer ningun gesto de dolor, considerando inutil la exteriorizacion de
su pena, pues contaba con un "otro yo" ocupado en derramar sus propias
lagrimas.
A la caida de la tarde, un fuerte deseo de actividad hizo salir a Edwin
de esta inercia. Un gentleman debe al cadaver de la mujer amada algo mas
que una dolorosa contemplacion.
Penso en los cementerios de su America, verdes, rumorosos, abundantes en
flores y mariposas, verdaderos jardines que sirven de lugar de cita a
los enamorados y asoman sus tumbas entre frescas arboledas al borde de
riachuelos que se deslizan bajo puentes rusticos. De estar alla,
construiria en uno de estos paseos, que con su sonrisa primaveral
parecen burlarse del miedo a la muerte, un gracioso monumento para
depositar a Popito, y la visitaria todas las tardes llevandola un ramo
de flores. iPero aqui, en medio del mar, tan lejos de las tierras
habitadas por los hombres de su especie!...
Creyo ver que el adorable cuerpo de miss Margaret empezaba a
descomponerse. Tal vez era ilusion de sus ojos, pero el marmol de su
palidez parecia haber tomado un tono verdinegro, con estrias que
denunciaban la podredumbre interior. Resultaba preferible no presenciar
la desagregacion material y desesperante de este cuerpo adorado. Ademas,
su deber era darle sepultura inmediata en el mar, ya que no podia
hacerlo en tierra.
Tomo a un mismo tiempo con sus dedos el cadaver de Popito y el cuerpo de
Ra-Ra, depositandolos de nuevo sobre la chaqueta. Luego hizo una rebusca
entre los objetos amontonados en la barca despues del registro realizado
por la marineria de la escuadra del Sol Naciente, y encontro una pequena
caja de cigarros que el habia tomado en su camarote al ocurrir la
voladura del paquebote. Los pigmeos la habian dejado vacia despues de
llevarse las seis columnas de hierba prensada, obscura y picante que
contenia su interior, tan altas como sus cuerpos. Esta caja iba a ser el
feretro de la dulce Popito.
Empezaba a ponerse el sol, cuando Gillespie paso a la popa con la cajita
en su diestra. Ra-Ra, como si presintiese el peligro, se puso de pie, y
al fijarse en la mano del gigante adivino su intencion, gritando con voz
desesperada:
--iNo quiero!... iNo quiero!
Luego, comprendiendo que su resistencia resultaria inutil ante las
fuerzas del coloso, apelo a la suplica:
--Dejela aqui, gentleman. ?Por que me la arrebata? Esa tumba que quiere
darle es tan enorme, ies tan fria!... Usted es bueno, gentleman; usted
me ha protegido siempre. Atienda mis ruegos.
Pero el gigante le hizo retroceder con el dorso de una de sus manos,
tomando despues el cadaver para depositarlo en la cajita.
Iba a cerrar su tapa, cuando Ra-Ra se abalanzo sobre ella.
--Metame a mi tambien--dijo--. Donde Popito vaya debo ir yo. Nos lo
hemos jurado muchas veces. ?Por que se empena en separarnos?...
La mano del gigante volvio a repelerle, mientras dos lagrimas se
desplomaban de los ojos de Gillespie, cayendo en el interior de la
cajita.
Cerro lentamente la tapa, volviendo con una presion de sus dedos a hacer
penetrar las tachuelas en sus antiguos orificios.
Ya se habia ocultado el sol, dejando en el horizonte una barra roja
entre vapores flotantes de oro mortecino.
Otras dos gotas enormes de llanto vinieron a caer sobre la cubierta del
improvisado ataud.
Mientras tanto, Ra-Ra lanzaba continuos lamentos, iguales a los aullidos
de una bestezuela herida muy lejos ... muy lejos....
--iAdios, Margaret!--murmuro Edwin.
Y sacando un brazo fuera del bote, dejo caer la caja de cigarros.
Floto sobre el agua unos instantes, y luego se fue al fondo bajo el peso
de alguien que acababa de arrojarse sobre ella.
Era Ra-Ra, que habia saltado fuera de la embarcacion para abrazarse al
feretro, desapareciendo con el.
Y Edwin Gillespie, como si temiera quedarse solo, obedeciendo a una
voluntad superior y misteriosa que le empujaba con fuerza irresistible,
imito a Ra-Ra, lanzandose tambien de cabeza en el mar.
XVI
Donde el Hombre-Montana deja de ser gigante y da por terminado su viaje
Se vio envuelto en pegajosa obscuridad. Una fuerza voraz tiraba de el,
absorbiendole. Asi fue descendiendo a las regiones inferiores, donde las
tinieblas eran aun mas densas.
Braceo desesperadamente al sentir las primeras angustias de la asfixia,
dando al mismo tiempo furiosas patadas en el ambiente liquido. Tenia la
certeza de que iba a morir ahogado, y esto mismo comunicaba a sus
fuerzas un nuevo vigor.
--iNo quiero morir, no debo morir!--se decia Edwin.
El egoismo vital se habia apoderado de el, borrando las tristezas
sentimentales de poco antes. Ya no se acordaba de la dulce Popito ni de
Ra-Ra, suicida por amor. Este pigmeo podia matarse, era dueno de su
vida, y el no pensaba negarle el derecho a disponer de ella. Pero el
Gentleman-Montana no alcanzaba a comprender en virtud de que razones
debia imitar al otro, solamente porque se parecian, como una persona se
asemeja a un retrato suyo en miniatura.
Como el joven americano deseaba prolongar su vida, agito brazos y
piernas, no sabiendo en realidad si el abismo seguia absorbiendolo o si
lograba remontarse poco a poco hacia la superficie.
Su deseo era terminar lo mas pronto que fuese posible esta vida flotante
y anormal, en la que su cuerpo tenia que luchar contra las leyes
fisicas, trabajando desesperadamente por libertarse de los tirones de la
gravitacion. Solo aspiraba a encontrar un punto de apoyo, algo solido
que poder asir con sus manos.