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El paraiso de las mujeres - Vicente Blasco Ibanez

V >> Vicente Blasco Ibanez >> El paraiso de las mujeres

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Tan vehemente era este deseo, que no tenia en cuenta la magnitud del
objeto. Una botella cerrada, un simple tapon flotante, bastarian para
sostener todo su cuerpo. Lo esencial era encontrar donde agarrarse.

Y de pronto su mano derecha sintio el duro contacto de una madera pulida
y firme.

Se cogio a ella con la crispacion del que va a morir; la oprimio como si
pretendiese incrustar sus dedos en la venosa y compacta superficie.
Despues pego a ella su otra mano, y, apoyandose en este sosten, fue
elevando todo su cuerpo.

Tan grande resultaba la violencia del esfuerzo, que la madera crujio,
esparciendo un sonido de rotura a traves del ambiente liquido y
pegajoso.

Poco a poco saco la cabeza fuera del agua y vio que habia cerrado la
noche. Pero la lobreguez nocturna estaba cortada por el resplandor de un
sol rojo cuyos rayos parecian de sangre fluida.

Este sol lo tenia sobre su cabeza, e instintivamente volvio los ojos
para verlo. Era simplemente una lamparilla electrica resguardada por un
vidrio concavo.

Aturdido por tal descubrimiento, cerro los ojos para condensar sus
sentidos y poder apreciar lo que le rodeaba sin absurdos
fantasmagoricos. El hecho de que el sol se convirtiese de pronto en una
lampara electrica le hizo sospechar que estaba dormido o que el descenso
al abismo oceanico habia perturbado sus facultades mentales.

Volvio a abrir los ojos, limitandose a mirar enfrente de el. Lo primero
que vio fue sus pies descansando sobre algo que estaba mas alto que el
suelo; despues contemplo este suelo, que era de madera limpia y
brillante, con ensambladuras muy ajustadas; y mas alla, como ultimo
termino, una barandilla recubierta exteriormente de lona pintada de
blanco. Sobre esta baranda se abria una obscuridad misteriosa que
parecia exhalar el aliento salitroso del infinito.

Sintio dolor en las manos a causa de la tenacidad con que estaban
agarradas al objeto providencial que le habia servido de punto de apoyo
en su agonia de naufrago.

Los ojos de Gillespie, todavia mal abiertos, siguieron la longitud de
uno de sus brazos, en busca de las manos, para encontrarlas al fin
agarradas a una madera de color de manteca, pulida y brillante. Esta
madera afectaba una forma que no era desconocida para Edwin.

Despues de examinarla con los titubeos de un entendimiento todavia
confuso, acabo por descubrir que era el brazo de un sillon. Una vez
hecho este descubrimiento, todo lo demas resulto facil para el; sus
facultades despertaron instantaneamente, ayudandose unas a otras.

Se dio cuenta de que estaba sentado en un sillon, con las piernas
extendidas. Luego se incorporo, soltando el brazo de madera, que dejo
oir un nuevo quejido de quebrantamiento al verse libre de la desesperada
opresion. Rapidamente fue reconociendo el verdadero aspecto de todo lo
que le rodeaba. El sol rojo no era mas que una lampara electrica de las
que alumbran el puente de paseo de un paquebote.

Gillespie tardo en reconocer el buque. ?Que hacia el alli?... ?Quien le
habia traido?... Quiso echar una pierna fuera del sillon, y su pie
tropezo con algo que resbalaba sobre la madera lanzando un susurro, como
de frote de papeles.

Al avanzar su cabeza vio un libro caido, que tenia el lomo en alto,
ostentando en su tapa de colores un hombre con casaca a la antigua, las
piernas en forma de compas, y pasando entre ellas un ejercito de
pigmeos. La vista de este dibujo le ayudo a despertar completamente,
reanudando el funcionamiento de su memoria.

No habia hecho mas que dormir, como tantos protagonistas de cuentos y
comedias, sonando con arreglo a su ultima lectura y viendo las escenas
de su ensueno lo mismo que si realmente transcurriesen en la realidad.

Sintio un escalofrio, y poniendose de pie, miro su reloj. Eran las ocho.
Los pasajeros debian estar ya terminando de comer. Al extremo de la
cubierta de paseo jugueteaban tres ninos vigilados por una institutriz.
Tal vez les pertenecia aquel libro que habia hecho pasar a Gillespie
cuatro horas de continuos ensuenos, inmovil en un sillon, mientras por
el interior de su craneo desfilaban las escenas de una historia tan
interesante como inverosimil.

Al verle despierto y de pie, los ninos hicieron esfuerzos por ocultar
sus risas. Debian haber pasado muchas veces ante su asiento,
contemplando como se agitaba y hablaba en voz baja sin dejar de dormir.

La risa sofocada de los tres y de la institutriz le hizo abandonar el
puente, bajando a los salones del paquebote. El americano, despues de
tanto sonar, sentia hambre, un hambre solo comparable a la que habia
sufrido cerca del puerto de la Ciudad-Paraiso de las Mujeres mientras
esperaba inutilmente el envio de viveres prometido por la enamorada
Flimnap.

Pero la evocacion de esta parte material de su ensueno sirvio para
resucitar en su memoria la imagen de la dulce Popito y la escena de su
muerte.

Pepito era miss Margaret, y al recordar como habia fallecido sobre una
de sus manos y como la habia arrojado al agua, se sintio invadido por
los mas tristes presentimientos.

Reconocio de pronto que los supersticiosos no son dignos de burla, como
el habia creido siempre. Se imagino que todo lo que llevaba visto en
suenos no era mas que una preparacion para llegar a la muerte de Popito
y que esta muerte debia considerarla como un aviso de las potencias
misteriosas que rigen el curso de la vida humana.

--Miss Margaret ha muerto, estoy seguro de ello--se dijo el joven.

Y en el comedor, cada vez mas solitario, pues los pasajeros abandonaban
ya las mesas, Gillespie dejo intactos todos los platos que le presento
el camarero.

--Ha muerto, ha muerto indudablemente.

Cuando vio entrar al encargado de la telegrafia sin hilos del paquebote,
mirando a un lado y a otro, con un pequeno sobre en una mano, Edwin se
incorporo para atraer su atencion.

Estaba seguro de que le buscaba a el, trayendole la mas fatal de las
noticias.

Efectivamente, el telegrafista fue hacia su mesa y le entrego el
despacho.

Gillespie abrio el sobre con mano temblorosa, buscando inmediatamente la
firma del telegrama. iLo que el habia pensado!... El despacho iba
suscrito por mistress Augusta Haynes.

No considero necesario leer las lineas del texto. ?Para que?... Solo un
acontecimiento terrible podia obligar a esta senora, tan enemiga suya, a
enviarle un telegrama.

--Ha muerto; efectivamente, ha muerto.

Danzaron ante sus ojos las luces del comedor; despues se fueron
debilitando, como si les faltase la fuerza del fluido. Un velo acuatico
acababa de correrse entre sus ojos y estas luces. Y para que los
pasajeros retardados no le viesen llorar, Edwin Gillespie inclino la
cabeza permaneciendo asi mucho tiempo.

Al fin volvio a abrir el despacho instintivamente, para leerlo linea por
linea. Sentia el deseo amargamente atractivo que nos impulsa a paladear
los grandes dolores. Necesitaba saber como habia sido su desgracia,
conocerla detalle por detalle, rebuscando entre las palabras inmoviles y
secas del telegrama la vibracion de aquella catastrofe, sin interes para
el resto de los humanos, pero la mas grande que podia ocurrir en el
mundo para la madre y para el.

Se movio en su asiento nerviosamente al leer las primeras palabras.
iMiss Margaret no habia muerto!... La madre le decia simplemente que su
hija estaba enferma, muy enferma, y para que recobrase la salud, ella
rogaba a Gillespie que regresase cuanto antes a los Estados Unidos.

Quedo aturdido por el texto inesperado del despacho. Experimento una
gran alegria, avergonzandose a continuacion de ella. El desesperado
pesimismo que habia sentido en los primeros momentos se reprodujo,
haciendole buscar en el telegrama la parte mas alarmante, o sea las
primeras palabras.

?Que importaba que la orgullosa senora, olvidando la altivez con que
siempre le habia tratado, se humillase hasta formular este
llamamiento?... Lo concreto, lo seguro, era que Margaret estaba muy
enferma. Para que mistress Augusta Haynes se decidiese a llamar al
ingeniero Gillespie--pretendiente que nunca habia sido de su gusto--era
preciso que la hija estuviera en verdadero peligro de muerte. iY el que
se hallaba al otro lado del mundo, separado por una navegacion de varias
semanas!...

Paso la noche sin dormir, saltando de su lecho para pasear por el puente
y volviendo a meterse en el camarote con un deseo siempre incumplido de
lograr un poco de sueno.

--iQuien sabe si ya habra, muerto!--pensaba tenazmente bajo el influjo
de su pesimismo--. Cuando la madre ha enviado este despacho, es
indudable que Margaret va a morir.... iY yo sin poder realizar los
deseos de esa senora, que parece me espera con ansiedad!... iQue idea la
mia de emprender un viaje a estas tierras remotas!

Despues del amanecer subio a la ultima cubierta, paseando cerca del
puente de mando para poder hablar con alguno de los oficiales.

Encontro a uno que no se parecia en nada al que habia visto durante su
ensueno, ocupando juntos el mismo bote cuando abandonaron el buque
proximo a hundirse.

Quiso saber los medios mas seguros para regresar a los Estados Unidos
cuanto antes, y el oficial le hablo de un paquebote que partiria de
Melbourne horas despues de la llegada de este en que iban ellos.

La buena noticia animo un poco a Gillespie, haciendole pensar en la
remota posibilidad de que sus asuntos pasionales obtuviesen finalmente
una solucion dichosa.

Cuando se dirigia al comedor en busca del desayuno, escucho su nombre.
Era el empleado del telegrafo, que le buscaba para entregarle un nuevo
despacho.

Sintio que toda su sangre afluia al corazon, dejando sus miembros en una
frialdad cadaverica. Despues el torrente sanguineo refluyo con
violencia, esparciendo por todo su cuerpo una picazon caustica.... Lo
que el habia presentido durante la noche iba a realizarse. El primer
telegrama de la madre era una especie de preparacion para que el dolor
lo fuese recibiendo por gradaciones. Le habia anunciado que Margaret
solo estaba enferma, para horas despues enviarle un segundo telegrama
con la terrible noticia de su muerte.... Y el telegrama estaba alli al
alcance de su mano.

Pero el telegrafista, un jovenzuelo de ojos maliciosos, le miraba
sonriente, y se adivinaba en su sonrisa algo que tal vez tenia relacion
con el despacho.

En el primer momento Gillespie se sintio tan irritado por esta
jovialidad, completamente en desacuerdo con su dolor, que hasta tuvo el
proposito de gratificar al joven con un punetazo entre ambas cejas.
Despues penso que el telegrafista estaba enterado indudablemente de lo
que contenia el sobre, y era inverosimil que entregase sonriendo una
noticia de muerte.

Hasta se imagino que su sonrisa actual era continuacion de otras
sonrisas anteriores que no habia podido reprimir mientras con un lapiz
en la mano y el casco de orejas metalicas en la cabeza escribia las
palabras misteriosas llegadas a traves de la atmosfera.

Gillespie le arrebato el despacho para abrirlo.... iOh Dios! iLa firma
de miss Margaret!

Y despues de leerlo en un silencio entrecortado por su respiracion
jadeante, empezo a reir. Luego dijo en voz alta, con tono de admiracion
y regocijo:

--iOh, las mujeres! ?Quien podra nunca luchar con las mujeres?

Saludo el telegrafista, asintiendo a estas palabras, y sus ojos
parecieron decir: "El gentleman tiene mucha razon."

Luego se marcho para que Edwin pudiese volver a leer con toda calma
aquel papelillo que contenia todo un mundo de felicidad.

La dulce miss Margaret Haynes le telegrafiaba para ordenarle que
volviese cuanto antes, anadiendo que si habia recibido un despacho de su
madre con la noticia de que ella estaba gravemente enferma no hiciese
caso alguno.

Su salud era mejor que nunca; pero habia necesitado fingirse enferma
durante un mes, con gran abundancia de melancolias y llantos, y hasta
privarse de bailar en tanto tiempo. Esto ultimo era lo que habia
asustado mas a la madre, haciendola creer en una muerte proxima; y como
amaba mucho a su hija, la grave senora habia acabado por acceder a su
matrimonio con el ingeniero.

La consideracion de que Margaret habia podido privarse de bailar durante
cuatro semanas para casarse con Edwin conmovio a este profundamente.
"iAdorable criatura!... iImposible pedir mayor sacrificio!..." iAy!
iComo deseaba tenerla en sus brazos, de cinco a siete de la tarde, en
cualquier hotel de las riberas del Atlantico o del Pacifico, bailando al
son de una orquesta de negros, cadenciosa y disparatada!

Su impaciencia le hizo subir otra vez al puente, en busca del mismo
oficial.

--?Cuando llegaremos a Melbourne?

--Dentro de tres horas.

--?Esta usted seguro de que el otro vapor sale en seguida para San
Francisco?

--Zarpara lo mas tarde manana al amanecer.... Tal vez salga hoy, y
tendra usted que moverse mucho para obtener un buen camarote y trasladar
su equipaje.

iOh, Providencia, que alguna vez te acuerdas de los enamorados!...
Gillespie, despues de tales noticias, bajo al camarote para preparar sus
maletas. Pero mientras cumplia este trabajo mecanico, su imaginacion
empezo a galopar por los campos del futuro, creando instantaneamente las
escenas mas risuenas.

Se vio unido a miss Margaret Haynes, que habia pasado a ser mistress
Gillespie. Recorrio la casa que habitarian en Nueva York, improvisando
en unos segundos, sin gasto alguno y sin discusiones con los
proveedores, todas sus piezas, amuebladas con gran comodidad.

Despues, dando una cabriola sobre el obstaculo de diez anos, se
contemplo entre varios ninos hermosos, bien vestidos y de una gracia
conmovedora, iguales a los que se muestran en los escenarios de los
teatros y en el lienzo luminoso de los cinemas.

La senora Gillespie, mama de todos ellos, estaba mas bella que nunca,
con ese esplendor de verano hermoso que proporciona la maternidad y un
aterciopelamiento azucarado de fruto en plena sazon.

Pero de pronto su fantasia optimista se estremecio, dando un salto
atras. Acababa de ver a alguien que habia olvidado. La solemne mistress
Augusta Haynes paso ante sus ojos. ?Como se portaria con el?... ?Seria
la serpiente del paraiso que acababa de crear?...

Su optimismo acabo por no tener en cuenta el aspecto imponente y duro de
la madre de Margaret. El fondo de su caracter tal vez era bondadoso,
como afirmaba la hija.

--?Y si no lo es?... ?Y si no lo es?...

Gillespie, ante tal duda, se sintio con un alma energica hasta la
crueldad.

Lo que el deseaba era que Margaret le amase siempre. Contando con el
carino de su esposa, no habia suegra que le infundiese miedo.

Nueva York y San Francisco estan a orillas del mar, y el se acordo de lo
que habia hecho cierta noche, estando en la playa, con el ilustre
Momaren, Padre de los Maestros y madre de la dulce Popito.

Y lo que hace un gigante puede repetirlo igualmente un simple hombre,
siempre que no le falte buena voluntad.



FIN



INDICE


AL LECTOR

I.--Frente a la Tierra de Van Diemen
II.--Noche de misterios y despertar asombroso
III.--De como Edwin Gillespie fue llevado a la capital de la Republica
IV.--Las riquezas del Hombre-Montana
V.--La leccion de Historia del profesor Flimnap
VI.--Donde el profesor Flimnap termina su leccion
VII.--El mas grande de los asombros de Gillespie
VIII.--En el que el Padre de los Maestros visita al Hombre-Montana
IX.--Donde el gigante va de caza y Popito expone sus ideas sobre el
gobierno de las mujeres
X.--En el que se ve como el Hombre-Montana conocio al fin la
Ciudad-Paraiso de las Mujeres, y la deplorable aventura con
que termino esta visita
XI.--Que trata del discurso pronunciado por el senador Gurdilo y de
como el Hombre-Montana cambio de traje
XII.--De como Edwin Gillespie perdio su bienestar y le falto muy poco
para perder su vida
XIII.--Donde se ve como unos pigmeos bigotudos intentaron asesinar al
gigante
XIV.--Lo que hizo el Gentleman-Montana para que Popito no llorase mas
XV.--Que trata de muchos sucesos interesantes, como podra apreciarlo
el curioso lector.
XVI.--Donde el Hombre-Montana deja de ser gigante y da por terminado
su viaje















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