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El paraiso de las mujeres - Vicente Blasco Ibanez

V >> Vicente Blasco Ibanez >> El paraiso de las mujeres

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Todo el lado de la pradera que llegaba a abarcar con su ojo abierto, asi
como la linde de la masa de matorrales y la tierra que quedaba entre sus
troncos, estaban ocupados por una muchedumbre de seres humanos,
identicos en sus formas a los componentes de todas las muchedumbres.
Pero lo que el creia matorrales eran arboles iguales a todos los arboles
y formando un bosque que se perdia de vista. Lo verdaderamente
extraordinario era la falta de proporcion, la absurda diferencia entre
su propia persona y cuanto le rodeaba. Estos hombres, estos arboles, asi
como los caballos en que iban montados algunos de aquellos, hacian
recordar las personas y los paisajes cuando se examinan con unos gemelos
puestos al reves, o sea colocando los ojos en las lentes gruesas, para
ver la realidad a traves de las lentes pequenas.

Gillespie abrio y cerro su ojo repetidas veces, y al fin tuvo que
convencerse de que estaba rodeado de un mundo extraordinariamente
reducido en sus dimensiones. Los hombres eran de una estatura entre
cuatro o cinco pulgadas. Personas, animales y vegetales,
partiendo reducido tipo minusculo, guardaban entre ellos las mismas
proporciones que en el mundo de los hombres ordinarios.

--iIgual que le ocurrio a Gulliver!--se dijo el ingeniero--. Debo estar
sonando, a pesar de que me creo despierto.

Y para convencerse de que no dormia, quiso mover su brazo derecho. Aun
perduraba en el la torpeza sufrida en la noche anterior. Se acordo de
las picaduras y de la paralisis que se habia extendido luego por sus
miembros. Al principio, el brazo se nego a reflejar el impulso de su
voluntad; pero finalmente consiguio despegarlo del suelo con un gran
esfuerzo. Iba a continuar este movimiento, cuando noto que una fuerza
exterior, violenta e irresistible, tiraba de su brazo hasta colocarlo
horizontalmente, y lo mantenia de este modo en vigorosa tension. Al
mismo tiempo sintio en su muneca un dolor circular, lo mismo que si un
anillo frio oprimiese y cortase sus carnes.

Una explosion de regocijo estallo en torno de la cabeza de Gillespie, un
huracan de gritos, carcajadas y aclamaciones. La muchedumbre enana reia
al verle con el brazo en alto, inmovilizado por el tiron de esta fuerza
incomprensible para el.

Abrio Edwin los dos ojos para mirar su brazo, erguido como una torre,
fijandose en la muneca, donde continuaba el agudo anillo de dolor. Vio
que de esta muneca salia un hilo sutil y brillante, que hacia recordar
los filamentos al final de los cuales se balancean las aranas. Tambien
al extremo de este hilo, que parecia metalico, habia una especie de
arana enorme y susurrante. Pero no pendia del hilo, sino que, al
contrario, flotaba en el espacio tirando de el.

Era del tamano de un palomo, pero desarrollaba una fuerza impropia de su
volumen, fuerza que mantenia el hilo de plata con la tension vibrante de
una cuerda de piano, no permitiendo que el hombre contrajera su brazo.

Edwin se fijo en que esta ave extraordinaria tenia las formas
fantasticas de los dragones alados que imaginaron los escultores de la
Edad Media al labrar los capiteles y gargolas de las catedrales. Su
cuerpo estaba revestido de escamas metalicas y tenia en su parte
delantera una cabeza de monstruo quimerico, con dos globos de faro a
guisa de ojos. Sus alas eran a modo de cartilagos erizados de puas.
Sobre el lomo del horripilante aeroplano, cuatro hombrecitos iguales a
los que se movian en la pradera asomaban sus cabezas cubiertas con un
casquete dorado, al que servia de remate una pluma larguisima.

Montados en su maquina, que permanecia inmovil encima de los ojos de
Gillespie, a unos tres metros de altura, estos aviadores acogieron con
un regocijo pueril el gesto de asombro que puso el gigante al sentir el
tiron que aprisionaba e inmovilizaba su brazo. Pero luego adivinaron en
el prisionero una expresion de dolor. Sentia el hilo metalico hundido en
su muneca como el filo de un cuchillo, y al mismo tiempo un fuerte dolor
en la articulacion del hombro. Para evitar este tormento, los
hombrecillos del aeroplano soltaron una cantidad de cable sutil, lo que
permitio a Edwin descender su brazo hasta el suelo.

Solo entonces se dio cuenta de que alrededor de la otra muneca, asi como
en torno de sus tobillos, debia tener amarrados unos filamentos
semejantes. Tendido de espaldas como estaba y mirando a lo alto, alcanzo
a ver otros tres aeroplanos en forma de animales fantasticos, que se
mantenian inmoviles al extremo de otros tantos hilos de plata, a una
altura de pocos metros. Comprendio que todo movimiento que hiciese para
levantarse daria por resultado un tiron doloroso semejante al que habia
sufrido. Era un esclavo de los extranos habitantes de esta tierra, y
debia esperar sus decisiones, sin permitirse ningun acto voluntario.

Mientras permanecia inmovil fue examinando lo que le rodeaba. La
muchedumbre era cada vez mas numerosa en torno de su cuerpo y en las
profundidades del bosque. El zumbido de sus palabras y sus gritos iba en
aumento. Se presentia la llegada incesante de nuevos grupos. Por entre
los cuatro aeroplanos inmoviles al extremo de sus cables volaban otros
completamente libres, que se complacian en pasar y repasar sobre la
nariz del prisionero. Eran dragones rojos y verdes, serpientes de
enroscada cola, peces de lomo redondo, todos con alas, con escamas de
diversos colores y con ojos enormes. Gillespie adivino que eran las
luciernagas que en la noche anterior lanzaban mangas de luz por sus
faros, ahora extinguidos.

Una de las naves aereas detuvo su vuelo para bajar en graciosa espiral,
hasta inmovilizarse sobre el pecho del coloso. Asomaron entre sus alas
rigidas los cuatro tripulantes, que reian y saltaban con un regocijo
semejante al de las colegialas en las horas de asueto.... Al mismo
tiempo otros monstruos de actividad terrestre se deslizaron por el
suelo, cerca del cuerpo de Gillespie. Eran a modo de juguetes mecanicos
como los que habia usado el siendo nino: leones, tigres, lagartos y aves
de aspecto fatidico, con vistosos colores y ojos abultados. En el
interior de estos automoviles iban sentadas otras personas diminutas,
iguales a las que navegaban por el aire.

Parecian venir de muy lejos, y la muchedumbre pedestre abria paso
respetuosamente a sus vehiculos. Estos recien llegados tambien reian al
ver al gigante, con un regocijo pueril, mostrando en sus gestos y sus
carcajadas algo de femenino, que empezo a llamar la atencion de
Gillespie.

Iba ya transcurrida una hora, y el prisionero empezaba a encontrar
penosa su inmovilidad, cuando se hizo un profundo silencio. Procurando
no moverse, torcio a un lado y a otro sus ojos para examinar a la
muchedumbre. Todos miraban en la misma direccion, y Gillespie se creyo
autorizado para volver la cabeza en identico sentido. Entonces vio, como
a dos metros de su rostro, un gran vehiculo que acababa de detenerse.
Este automovil tenia la forma de una lechuza, y los faros que le servian
de ojos, aunque apagados, brillaban con un resplandor de pupilas verdes.

Dentro del vehiculo, un personaje rico en carnes estaba de pie, teniendo
ante su boca el embudo de un portavoz. Al fin alguien iba a hablarle.
Por esto sin duda acababa de hacerse un profundo silencio de curiosidad
y de respeto en la muchedumbre.

Sono la voz del abultado personaje, que era dulce y temblona como la de
una dama sentimental, pero con el agrandamiento caricaturesco de la
bocina.

--Gentleman: queda usted autorizado para mover la cabeza, para
levantarla, si es que puede, y para cambiar de postura con cierta
suavidad, sin poner en peligro a la muchedumbre justamente curiosa que
le rodea. En cuanto a mover los brazos o las piernas, le aconsejo una
completa abstencion hasta nueva orden. Ya habra visto usted que su
primer intento dio mal resultado. Le ruego que no insista.

Da todas las sorpresas experimentadas por Gillespie desde que desperto,
esta fue la mas estupenda. El exiguo personaje hablaba su mismo idioma,
pero con un tono afectado, con un esfuerzo por conseguir la correccion,
detallando las silabas, lo mismo que hablan ciertos profesores.

--?Como sabe usted el ingles?--pregunto Edwin--. ?Donde ha podido
aprenderlo?...

Una risa aflautada del gordo personaje fue la primera respuesta. Luego
parecio arrepentirse de su falta de correccion al contestar con risas a
las preguntas, y dijo gravemente:

--iOh, Gentleman-Montana!... iVa usted a encontrar en mi patria tantas
cosas extraordinarias dignas de su asombro!...




III

De como Edwin Gillespie fue llevado a la capital de la Republica


Hubo un largo silencio. El ingeniero, absorto por el caracter
inverosimil de su aventura, no supo que decir. iEran tan numerosos los
pensamientos que bullian en su cabeza y las preguntas que iba
amontonando su curiosidad!...

El personaje subido en la lechuza rodante interpreto este silencio como
una muestra de timidez.

--Puede usted hablar sin miedo, Gentleman-Montana. De todos los miles de
seres que estan aqui presentes, los unicos que conocen el ingles somos
usted y yo. Los demas solo hablan el idioma de nuestra raza.... Y para
aplacar su curiosidad, le dire cuanto antes que el ingles es la lengua
particular de nuestros sabios; algo semejante a lo que fue el latin,
segun mis noticias, durante algunos siglos, en los paises habitados por
los Hombres-Montanas. Yo soy el profesor de ingles en la Universidad
Central de nuestra Republica.

Edwin quedo silencioso ante esta revelacion.

--Entonces, ?estoy verdaderamente en Liliput?--dijo al fin--. ?No es
esto un sueno?

La risa del profesor volvio a sonar con la misma vibracion femenil,
considerablemente agrandada por el portavoz.

--iOh, Liliput!--exclamo--. ?Quien se acuerda de ese nombre? Pertenece a
la historia antigua; quedo olvidado para siempre. Si usted pudiese
hablar nuestro idioma, preguntaria por Liliput a los miles de seres que
nos escuchan en este momento sin entendernos, y ninguno comprenderia el
significado de tal palabra. Nuestra tierra se ha transformado mucho.

Callo un momento para reflexionar, y luego dijo con orgullo:

--Antes eramos nosotros los que nos asombrabamos al recibir la visita de
un Hombre-Montana. Ahora son los Hombres-Montanas los que deben
asombrarse al visitar nuestro pais. Hemos hecho triunfar revoluciones
que ellos seguramente no han intentado aun en su tierra.

Gillespie sintio desviada su curiosidad por estas palabras del profesor.

--Pero ?han venido aqui otros hombres despues de Gulliver?

--Algunos--contesto el sabio--. Recuerde usted que la visita de ese
Gulliver fue hace muchos anos, muchisimos, un espacio de tiempo que
corresponde, segun creo, a lo que los Hombres-Montanas llaman dos
siglos. Imaginese cuantos naufragios pueden haber ocurrido durante un
periodo tan largo; cuantos habran venido a visitarnos forzosamente de
esos hombres gigantescos que navegan en sus casas de madera mas alla de
la muralla de rocas y espumas que levantaron nuestros dioses para
librarnos de su groseria monstruosa.... Nuestras cronicas no son claras
en este punto. Hablan de ciertas visitas de Hombres-Montanas que yo
considero apocrifas. Pero con certeza puede decirse que llegaron a esta
tierra unos catorce seres de tal clase en distintas epocas de nuestra
historia. De esto hablaremos mas detenidamente, si el destino nos
permite conversar en un sitio mejor y con menos prisa. El ultimo gigante
que llego lo vi cuando estaba todavia en mi infancia; el unico que hemos
conocido despues del triunfo de la Verdadera Revolucion. Era un hombre
de manos callosas y piel con escamas de suciedad. Babia un liquido
blanco y de hedor insufrible, guardado en una gran botella forrada de
juncos. Este liquido ardiente parecia volverle loco. Nuestros sabios
creen que era un simple esclavo de los que trabajan en los buques
enormes de los mares sin limites. Como el tal liquido despertaba en el
una demencia destructiva, mato a varios miles de los nuestros, nos causo
otros danos, y tuvimos que suprimirle, encargandose nuestra Facultad de
Quimica de disolver y volatilizar su cadaver para que tanta materia en
putrefaccion no envenenase la atmosfera. Creo necesario hacerle saber
que desde entonces decidimos suprimir todo Hombre-Montana que apareciese
en nuestras costas.

Gillespie, a pesar de la tranquilidad con que estaba dispuesto a aceptar
todos los episodios de su aventura, se estremecio al oir las ultimas
palabras.

--Entonces, ?debo morir?--pregunto con franca inquietud.

--No, usted es otra cosa--dijo el profesor--; usted es un gentleman, y
su buen aspecto, asi como lo que llevamos inquirido acerca de su pasado,
han sido la causa de que le perdonemos la vida ... por el momento.

Las palabras del sabio le fueron revelando todo lo ocurrido en esta
tierra extraordinaria desde el atardecer del dia anterior. Los escasos
habitantes de la costa le habian visto aproximarse, poco antes de la
puesta del sol, en su bote, mas enorme que los mayores navios del pais.
La alarma habia sido dada al interior, llegando la noticia a los pocos
minutos hasta la misma capital da la Republica. Los miembros del Consejo
Ejecutivo habian acordado rapidamente la manera de recibir al visitante
inoportuno, haciendole prisionero para suprimirlo a las pocas horas. Los
aparatos voladores del ejercito salian a su encuentro una vez cerrada la
noche. El Hombre-Montana pudo vagar a lo largo de la costa sin
tropezarse con ningun habitante, porque todos los riberenos se habian
metido tierra adentro por orden superior.

Al verle tendido en el suelo, empezo el asedio de su persona. El
manotazo a la primera maquina volante que le habia explorado con sus
luces, asi como la curiosidad de Gillespie, que le permitio descubrir
por encima del bosque todas las evoluciones de la flotilla luminosa,
aconsejaron la necesidad de un ataque brusco y rapido.

Dos sabios de laboratorio y su sequito de ayudantes, llegados de la
capital en varios automoviles, se encargaron del golpe decisivo,
pinchandole en las munecas y en los tobillos con las agudas lanzas de
unas mangas de riego. Asi le inocularon el soporifico paralizante.

--Es verdaderamente extraordinario--continuo el profesor--que haya
conocido usted el nuevo sol que ve en estos instantes. Estaba acordado
el matarle, mientras dormia, con una segunda inyeccion de veneno, cuyos
efectos son muy rapidos. Pero los encargados del registro de su persona
se apiadaron al enterarse de la categoria a que indudablemente pertenece
usted en su pais. Le dire que yo tuve el honor de figurar entre ellos, y
he contribuido, en la medida de mi influencia, a conseguir que las altas
personalidades del Consejo Ejecutivo respeten su vida por el momento.
Como la lengua de todos los Hombres-Montanas que vinieron aqui ha sido
siempre el ingles, el gobierno considero necesario que yo abandonase la
Universidad por unas horas para prestar el servicio de mi ciencia. Ha
sido una verdadera fortuna para usted el que reconociesemos que es un
gentleman.

Gillespie no oculto su extraneza ante tan repetida afirmacion.

--?Y como llegaron ustedes a conocer que soy un gentleman?--pregunto,
sonriendo.

--Si pudiera usted examinarse en este momento desde los bolsillos de sus
pantalones al bolsillo superior de su chaqueta, se daria cuenta de que
lo hemos sometido a un registro completo. Apenas se durmio usted bajo la
influencia del narcotico, empezo esta operacion a la luz de los faros de
nuestras maquinas volantes y rodantes. Despues, el registro lo hemos
continuado a la luz del sol. Una maquina-grua ha ido extrayendo de sus
bolsillos una porcion de objetos disparatados, cuyo uso pude yo adivinar
gracias a mis estudios minuciosos de los antiguos libros, pero que es
completamente ignorado por la masa general de las gentes. La grua hasta
funciono sobre su corazon para sacar del bolsillo mas alto de su
chaqueta un gran disco sujeto por una cadenilla a un orificio abierto en
la tela; un disco de metal grosero, con una cara de una materia
transparente muy inferior a nuestros cristales; maquina ruidosa y
primitiva que sirve entre los Hombres-Montanas para marcar el paso del
tiempo, y que haria reir por su rudeza a cualquier nino de nuestras
escuelas.

Tambien he registrado hasta hace unos momentos el enorme navio que le
trajo a nuestras costas. He examinado todo lo que hay en el; he
traducido los rotulos de las grandes torres de hoja de lata cerradas por
todos lados, que, segun revela su etiqueta, guardan conservas animales y
vegetales. Los encargados de hacer el inventario han podido adivinar que
era usted un gentleman porque tiene la piel fina y limpia, aunque para
nosotros siempre resulta horrible por sus manchas de diversos colores y
los profundos agujeros de sus poros. Pero este detalle, para un sabio,
carece de importancia. Tambien han conocido que es usted un gentleman
porque no tiene las manos callosas y porque su olor a humanidad es menos
fuerte que el de los otros Hombres-Montanas que nos visitaron, los
cuales hacian irrespirable el aire por alli donde pasaban. Usted debe
banarse todos los dias, ?no es cierto, gentleman?... Ademas, el pedazo
de tela blanca, grande como una alfombra de salon, que lleva usted sobre
el pecho, junto con el reloj, ha impregnado el ambiente de un olor de
jardin.

Se detuvo el profesor un instante para agregar con alguna malicia:

--Y yo pude afirmar ademas, de un modo concluyente, que es usted un
verdadero gentleman, porque he ordenado a dos de mis secretarios que
volviesen las hojas de un libro mas grande que mi persona, con tapas de
cuero negro, que nuestra grua saco de uno de sus bolsillos. He podido
leer rapidamente algunas de dichas hojas. En la primera, nada
interesante: nombres y fechas solamente; pero en otras he visto muchas
lineas desiguales que representan un alto pensamiento poetico.
Indudablemente, el Gentleman-Montana ha pasado por una universidad. En
nuestro pais, solo un hombre de estudios puede hacer buenos versos. Los
de usted, gigantesco gentleman, me permitira que le diga que son
regulares nada mas y por ningun concepto extraordinarios. Se resienten
de su origen: les falta delicadeza; son, en una palabra, versos de
hombre, y bien sabido es que el hombre, condenado eternamente a la
groseria y al egoismo por su propia naturaleza, puede dar muy poco de si
en una materia tan delicada como es la poesia.

Gillespie se mostro sorprendido por las ultimas palabras. Sus ojos, que
hasta entonces habian vagado sobre la enana muchedumbre, atraidos por la
diversa novedad del espectaculo, se concentraron en el profesor,
teniendo que hacer un esfuerzo para distinguir todos los detalles de su
minuscula persona.

Llevaba en la cabeza un gorro cuadrangular con dorada borla, igual al de
los doctores de las universidades inglesas y norteamericanas. El rostro
carilleno y lampino estaba encuadrado por unas melenillas negras y
cortas. Los ojos tenian el resguardo de unos cristales con armazon de
concha. Cubrian el resto de su abultada persona una blusa negra apretada
a la cintura por un cordon, que hacia mas visible la exagerada curva de
sus caderas, y unos pantalones que, a pesar de ser anchos, resultaban
tan ajustados como el mallon de una bailarina.

--iPero usted es una mujer!--exclamo Gillespie, asombrado de su
repentino descubrimiento.

--?Y que otra cosa podia ser?--contesto ella--. ?Como no perteneciendo a
mi sexo habria llegado a figurar entre los sabios de la Universidad
Central, poseyendo los dificiles secretos de un idioma que solo conocen
los privilegiados de la ciencia?

Callo, para anadir poco despues con una voz languida, dejando a un lado
la bocina:

--?Y en que ha conocido usted que soy mujer?

El ingeniero se contuvo cuando iba a contestar. Presintio que tal vez
corria el peligro de crearse un enemigo implacable, y dijo evasivamente:

--Lo he conocido en su aspecto.

La sabia quedo reflexionando para comprender el verdadero sentido de tal
respuesta.

--iAh, si!--dijo al fin con cierta sequedad--. Lo ha conocido usted, sin
duda, en mis abundancias corporales. Yo soy una persona seria, una
persona de estudios, que no dispone de tiempo para hacer ejercicios
gimnasticos, como las muchachas que pertenecen al ejercito. La ciencia
es una diosa cruel con los que se dedican a su servicio.

--Lo he conocido tambien--se apresuro a anadir Edwin--en la dulzura de
su voz y en la hermosura de sus sentimientos, que tanto han contribuido
a salvar mi vida.

La profesora acogio estas palabras con una larga pausa, durante la cual
sus anteojos de concha lanzaron un brillo amable que parecia acariciar
al gigante. Pensaba, sin duda, que este hombre grosero y de aspecto
monstruoso era capaz de decir cosas ingeniosas, como si perteneciese al
sexo inteligente, o sea el femenino. Bajo los ojos y anadio con una
expresion de tierna simpatia:

--Por algo he encontrado tantas veces en sus versos la palabra Amor con
una mayuscula mas grande que mi cabeza.

Despues parecio sentir la necesidad de cambiar el curso de la
conversacion, recobrando su altivo empaque de personaje universitario.
Aunque ninguno de los presentes pudiera entenderla, temia haber dicho
demasiado.

--Usted se ira dando cuenta, Gentleman-Montana--continuo--, de que ha
llegado a un pais diferente a todos los que conoce, una nacion de
verdadera justicia, de verdadera libertad, donde cada uno ocupa el lugar
que le corresponde, y la suprema direccion la posee el sexo que mas la
merece por su inteligencia superior, desconocida y calumniada desde el
principio del mundo.... Deje de mirarme a mi unos instantes y examine la
muchedumbre que le rodea. Tiene usted permiso para moverse un poco; asi
hara su estudio con mayor comodidad. Espere a que de mis ordenes.

Y recobrando su portavoz, empezo a lanzar rugidos en un idioma del que
no pudo entender el americano la menor silaba. La maquina volante que
descansaba sobre su pecho levanto el vuelo, y los otros cuatro
aeroplanos aflojaron los hilos metalicos sujetos a sus extremidades. La
muchedumbre se arremolino, iniciando a continuacion un movimiento de
retroceso.

Gillespie vio que unos grupos de jinetes repelian al gentio para que se
alejase. Otros soldados acababan de descender de varias maquinas
rodantes que tenian la forma de un leon. Estos guerreros jovenes eran de
aire gentil y graciosamente desenvueltos.

Uno de ellos paso muy cerca de sus ojos, y entonces pudo descubrir que
era una mujer, aunque mas joven y esbelta que la profesora de ingles.
Los otros soldados tenian identico aspecto y tambien eran mujeres, lo
mismo que los tripulantes de las maquinas voladoras. Sus cabelleras
cortas y rizadas, como la de los pajes antiguos, estaban cubiertas con
un casquete de metal amarillo semejante al oro. No llevaban, como los
aviadores, una larga pluma en su vertice. El adorno de su capacete
consistia en dos alas del mismo metal, y hacia recordar el casco
mitologico de Mercurio.

Todos estos soldados eran de aventajada estatura y sueltos movimientos.
Se adivinaba en ellos una fuerza nerviosa, desarrollada por incesantes
ejercicios. Paro, a pesar de su gimnastica esbeltez de efebos vigorosos,
la blusa muy cenida al talle por el cinturon de la espada y los
pantalones estrechamente ajustados delataban las suaves curvas de su
sexo. Iban armados con lanzas, arcos y espadas, lo que hizo que
Gillespie se formase una triste idea de los progresos de este pais, que
tanto parecian enorgullecer a la profesora de ingles.

El cordon de peones y jinetes empujo a la muchedumbre hasta los linderos
del bosque, dejando completamente limpia la pradera. Entonces, la
doctora, desde lo alto de su carro-lechuza, volvio a valerse del
portavoz.

--Gentleman Montana, puede usted incorporarse.

El ingeniero se fue levantando sobre un codo, y este pequeno movimiento
derribo varias escalas portatiles que aun estaban apoyadas en su cuerpo
y habian servido para el registro efectuado horas antes. Tres enanos que
vagaban sobre su vientre, explorando por ultima vez los bolsillos de su
chaleco, cayeron de cabeza sobre la tupida hierba de la pradera y
trotaron a continuacion dando chillidos como ratones. Sin dejar de huir
se llevaban las manos a diferentes partes de sus cuerpos magullados,
mientras una carcajada general del publico circulaba por los lindes de
la selva.

Al fin Gillespie quedo sentado, teniendo como vecinos mas inmediatos a
la profesora y sus secretarios, que ocupaban el automovil-lechuza, y por
otro lado a los tripulantes de las cuatro maquinas aereas, las cuales se
movian dulcemente al extremo de sus hilos metalicos, flacidos y sin
tension.

En esta nueva postura Gillespie pudo ver mejor a la muchedumbre. Sus
ojos se habian acostumbrado a distinguir los sexos de esta humanidad de
dimensiones reducidas, completamente distinta a la del resto de la
tierra. Los soldados; los personajes universitarios, mudos hasta
entonces, pero que se habian ocupado en adormecerle y registrarle; los
empleados, los obreros, todos los que se movian dando ordenes o
trabajando en torno de el, llevaban pantalones y eran mujeres.

Edwin vio que de un automovil en forma de clavel que acababa de llegar
descendian unas figuras con largas tunicas blancas y velos en la cabeza.
Eran las primeras hembras que encontraba semejantes a las de su pais.
Debian pertenecer a alguna familia importante de la capital; tal vez era
la esposa de un alto personaje acompanada de sus tres hijas. Concentro
su mirada en el grupo para examinarlas bien, y noto que las tres
senoritas, todas de apuesta estatura, asomaban bajo los blancos velos
unas caras de facciones correctas pero energicas. Sus mejillas tenian el
mismo tono azulado que la de los hombres que se rasuran diariamente. La
madre, algo cuadrada a causa de la obesidad propia de los anos,
prescindia de esta precaucion, y por debajo de la corona de flores que
circundaba sus tocas dejaba asomar una barba abundante y dura.


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