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El paraiso de las mujeres - Vicente Blasco Ibanez

V >> Vicente Blasco Ibanez >> El paraiso de las mujeres

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Un oficial de los del casquete alado corrio galantemente a proteger a
las recien llegadas, con el interes que merece el sexo debil, y las tres
senoritas acogieron con gesto ruboroso las atenciones del militar.

Gillespie se dio cuenta de que la doctora seguia sus impresiones con
ojos atentos, sonriendo de su asombro.

--Ya le dijo, gentleman, que veria usted grandes cosas. No olvide que
este es el pais de la Verdadera Revolucion.

Todavia pudo hacer Edwin nuevas observaciones. Vio con estupefaccion
entre el publico, repelido y mantenido a distancia por la fuerza armada,
mujeres menos lujosas que la familia recien venida de la capital, pero
igualmente con largas tunicas.... Y sin embargo parecian hombres a causa
de sus barbas o de sus rostros azulados por el rasuramiento. En cambio,
todos los individuos de aspecto civil que llevaban pantalones y
mostraban ser trabajadores del campo, obreros de la ciudad o acaudalados
burgueses, venidos para conocer al gigante, tenian el rostro lampino y
las formas abultadas de la mujer.

Encontro, sin embargo, algunas excepciones, que sirvieron para
desorientarlo en sus juicios. Vio verdaderos hombres, cuyo aspecto
vigoroso no se prestaba a equivocos, y que, sin embargo, marchaban sin
el embarazo de las faldas. Estos hombres iban casi desnudos, al aire su
fuerte musculatura, y sin mas vestimenta que un corto calzoncillo. Todos
ellos mostraban la pasividad resignada, la fuerza brutal y sin
iniciativa de las bestias de labor. Algunos acababan de desengancharse
de pesadas carretas, de las cuales habian venido tirando hasta el
lindero del bosque, y se limpiaban el sudoroso cuerpo. Otros lavaban y
secaban los grandes aparatos que habian servido para la narcotizacion y
el registro del gigante.

Vio ademas Gillespie que la mayor parte de los jinetes que mantenian en
respeto a la muchedumbre eran hombres igualmente; hombres enormes y
barbudos, con una expresion de estupidez disciplinada, de brutalidad
automatica, reveladora de su situacion inferior. A pesar de que iban
armados con grandes cimitarras, su traje era una tunica igual a la de
las mujeres. Todos ellos parecian simples soldados. Varias muchachas de
belica elegancia, llevando sobre sus cortas melenas el casquete alado,
hacian caracolear sus caballos entre las de estos guerreros inferiores,
dandoles ordenes con un laconismo de jefes.

La doctora volvio a interrumpir las reflexiones del prisionero.

--Antes de que emprendamos la marcha a la capital, creo oportuno que
tome usted un ligero refrigerio. Mi gusto hubiese sido prepararle un
desayuno al estilo de nuestro pais, pero no hemos tenido tiempo para
ello, pues, como lo dije, su vida estaba en peligro, y nadie piensa en
dar de almorzar a un muerto. Podia haber hecho traer algunas de las
latas de conserva que guarda usted en su embarcacion, pero esta se halla
ya muy lejos.

La noticia hizo perder su calma al gigante.... iVerse privado de un bote
que representaba la unica probabilidad de volver al mundo de sus
semejantes!...

--Poco despues de la salida del sol--continuo la traductora--se han
encargado de remolcarlo hasta el puerto de la capital los navios de
nuestra escuadra del Sol Naciente.

Gillespie necesito mostrar su mal humor con palabras ofensivas.

--?Y que navios son esos?... ?Como unos barquitos iguales a juguetes,
con solo la fuerza de sus velas, van a poder remolcar mi bote, dentro
del cual cabe amontonada toda esa escuadra del Sol Naciente?...

--Gentleman--dijo la profesora con sequedad--, nuestros buques no tienen
velas; eso fue en tiempos remotos. Nuestros navios navegan a voluntad
sobre el agua y por debajo del agua. La misma energia que mueve nuestras
maquinas terrestres y aereas agita las colas de ellos con igual fuerza
que las de los peces mas veloces.... De su tamano no creo necesario
hablar. El tamano no significa nada. Nosotros hemos llegado a poseer
navios mas grandes que el que le trajo a usted, y los suprimimos por
inhabiles para defenderse.

Hubo un largo silencio despues de las palabras poco cordiales cruzadas
entre los dos. Pero la doctora no parecia tenaz en sus rencores y siguio
hablando:

--He tenido que improvisar un ligero desayuno con lo que encontre mas a
mano. Perdone usted su frugalidad y su monotonia. Cuando estemos en la
capital (si es que los altos senores del Consejo Ejecutivo quieren
concederle la vida a perpetuidad, o sea hasta que perezca usted de
muerte ordinaria), estoy seguro de que comera mejor.

Sin separarse el portavoz de la boca, empezo a rugir otra vez una serie
de palabras desconocidas, que despertaron gran actividad en los linderos
del bosque.

Un grupo de aquellos hombres bestiales y semidesnudos, fuerzas ciegas y
sometidas como los constructores de las Piramides faraonicas, avanzo por
la pradera tirando de un enorme cilindro vertical. Era una bomba
rematada por un largo piston. Esta bomba la acababan de limpiar los
vigorosos siervos, pues habia servido durante la noche para inyectar al
gigante su dosis de narcotico. Poco despues empezaron a salir de la
selva rebanos de vacas bien cuidadas, gordas y lustrosas. Parecian
enormes junto a los hombrecillos que las guiaban, pero no tenian en
realidad para Gillespie mayor tamano que una rata vieja. A los pocos
momentos eran centenares; al final llenaron la mayor parte de la
pradera, siendo mas de mil.

Numerosos enanos, que por sus trajes parecian hombres de campo y en
realidad eran mujeres, silbaron y agitaron sus cayados para ordenar y
agrupar a estos animales.

--Es todo lo que hemos podido reunir--dijo la profesora--. El _Comite de
recibimiento del Hombre-Montana,_ nombrado anoche por el gobierno, no ha
tenido tiempo para preparar mejor las cosas. Sin embargo, en pocas horas
nuestras maquinas terrestres y aereas han llegado a requisar todas las
vacas existentes en un radio de diez millas, como diria usted. Y ahora,
gentleman, vuelva a tenderse; adopte su primera postura para tomar un
poco de leche.

Pero Gillespie estaba pensativo desde mucho antes. Se dispuso a obedecer
la orden y luego se detuvo para mirar con una expresion interrogante a
la universitaria.

--Una palabra nada mas, y en seguida me tiendo.

La doctora le hizo ver con un gesto que estaba dispuesta a escucharle.
El americano mostro con un dedo los automoviles que le rodeaban, despues
las maquinas aereas inmoviles en el espacio, y finalmente las esbeltas
muchachas del casquete alado, armadas con lanzas, arcos y sables.

--No comprendo, profesora....

--Llameme profesor--interrumpio la dama universitaria--. Profesor
Flimnap.

--Esta bien--continuo el americano--. Digo, profesor Flimnap, que no
puedo comprender todas esas armas primitivas al lado de tanta maquina
terrestre y aerea, que me parecen perfectas, y de esa escuadra del Sol
Naciente de que me ha hablado antes.

El doctor hembra sonrio con superioridad.

--Ya le dije que los Hombres-Montanas deben asombrarse cuando nos
visitan, asi como nosotros nos asombrabamos al verles en otros tiempos.
Hay cosas que no comprendera usted nunca si no le damos una explicacion
preliminar. Y esta explicacion solo la recibira usted si los altos
senores del Consejo Ejecutivo quieren que viva. En cuanto a la
desproporcion entre nuestras armas y nuestras maquinas, no debe usted
preocuparse de ella. Vivimos organizados como queremos, como a nosotros
nos conviene.

El joven no quiso mostrarse vencido por el aire de superioridad con que
fueron dichas tales palabras, y anadio:

--Entre los objetos que han sacado de mis bolsillos habra visto usted
seguramente una maquina de hierro formada por un tubo largo y un
cilindro con otros seis tubos mas pequenos, dentro de los cuales hay lo
que llamamos una capsula, que se compone de una porcion de substancia
explosiva y un pedazo de acero conico. Tengan mucho cuidado al mover la
tal maquina, porque es capaz de hacer volar a uno de los navios de su
escuadra del Sol Naciente. Con varias maquinas de la misma clase ustedes
serian mucho mas fuertes que lo son ahora.

La universitaria abandono el portavoz para reir con una serie da
carcajadas que le hicieron llevarse las manos a las dos curvas
superpuestas de su pecho y de su abdomen.

--iCuantas palabras--dijo al extinguirse su risa--, cuantas palabras
para describirme un revolver! iPero si yo conozco eso tan bien como
usted!... Las gentes que hoy han visto el suyo (los cargadores y los
marineros) seguramente que no saben lo que es; pero para nosotros, las
personas estudiosas, esa maquina del tubo grande y de los seis tubos con
sus capsulas explosivas resulta una verdadera antigualla. Ademas, la
consideramos repugnante e indigna de todo recuerdo. No intente,
gentleman, deslumbrarnos con sus descubrimientos. Aqui sabemos mas que
usted. Prescinda da nuevas observaciones y acuestese prontito a tomar su
leche.

El americano tuvo que obedecer, avergonzado de su derrota. Las vacas, en
fila incesante, subian y bajaban por una dobla rampa situada junto a la
bomba. Cuando estaban en lo alto, al lado da la boca del receptaculo,
los siervos forzudos las ordenaban rapidamente con un aparato, arrojando
la leche en el interior del enorme vaso de metal. Varios hombres tomaron
el doble balancin del piston para subirlo y bajarlo, impeliendo el
liquido del interior. Mientras tanto, otros de los siervos desnudos
desarrollaban los flexibles anillos de una manga de riego ajustada a la
bomba.

--Abra usted la boca, Gentleman-Montana--ordeno el profesor hembra.

Gillespie obedecio, e inmediatamente le introdujeron entre los labios
una barra de metal ampliamente perforada, de la que surgia un chorro de
leche mas grueso que el brazo musculoso de cualquiera de aquellos
atletas. Gillespie bebio durante mucho tiempo este hilillo de liquido
dulzon, algo mas claro que la leche de otros paises.

--?Quiere usted mas?--pregunto la traductora--. No tema ser importuno.
Nuestros agentes continuan en este momento su requisa de vacas por todos
los distritos inmediatos.

Pero el gigante se mostraba ahito del amamantamiento por manga de riego,
e hizo un gesto negativo.

Volvio a rugir el portavoz dando ordenes, y huyeron las vacas hacia la
selva, perseguidas por los gritos, las pedradas y los garrotes en alto
de sus conductores. Desaparecio igualmente la maquina que habia servido
el desayuno, y los siervos atletas empezaron a trabajar en torno del
cuerpo de Gillespie.

En un momento le libraron de las ligaduras que sujetaban sus munecas y
sus tobillos. Al desliarse el enroscamiento de los hilos metalicos, las
maquinas voladoras tiraron de estos cables sutiles, haciendolos
desaparecer. Pero no por esto se alejaron. Las cuatro permanecieron
inmoviles en el mismo lugar del espacio, como si esperasen ordenes.

--Gentleman--volvio a decir Flimnap--, ha llegado el momento mas dificil
para mi. Vamos a partir para la capital, y necesito recordarle que la
continuacion de su existencia no es aun cosa segura. Falta saber que
opinion formaran de usted las altas personalidades del Consejo
Ejecutivo. Pero yo tengo cierta confianza, porque el corazon justo y
fuerte de las mujeres es siempre piadoso con la debilidad y la
ignorancia del hombre. Ademas, cuento con la buena impresion que
producira su aspecto.

"Usted es muy feo, gentleman; usted es simplemente horrible. Su piel,
vista por nuestros ojos, aparece llena de grietas, de hoyos y de
sinuosidades. Como usted no ha podido afeitarse en dos o tres dias, unas
canas negras, redondas y agujereadas empiezan a asomar por los poros de
su piel, creciendo con la misma rigidez que el hierro. Pero si le miran
a usted con una lente de disminucion, si le ven empequenecido hasta el
punto de que se borren tales detalles, reconozco que tiene usted un
aspecto simpatico y hasta se parece a algunas de las esposas de las
altas personalidades que nos gobiernan. Yo pienso llegar a la capital
mucho antes que usted, para rogar al Consejo Ejecutivo que le mire con
lentes de tal clase. Asi, su juicio sera verdaderamente justo....

"Y ahora, perdoneme lo que voy a anadir. Yo no figuro en el gobierno; no
soy mas que un modesto profesor de Universidad. Si de mi dependiese, le
llevaria hasta la capital sin precaucion alguna, como un amigo. Pero el
gobierno no le conoce a usted y guarda un mal recuerdo de la groseria de
los Hombres-Montanas que nos visitaron en otros tiempos. Teme que se le
ocurra durante el camino derribar alguna casa de un puntapie o aplastar
a las muchas personas que acudiran a verle. Puede usted perder la
paciencia; la curiosidad del publico es siempre molesta; hay hombres que
rien con la ligereza y la verbosidad propias de su sexo frivolo; hay
ninos que arrojan piedras, a pesar de la buena educacion que se les da
en las escuelas. El sexo masculino es asi. Por mas que se pretenda
afinarle, conserva siempre un fondo originario de groseria y de
inconsciencia. En fin, gentleman, tenemos orden de llevarle atado hasta
nuestra capital, pero marchando por sus propios pies.

"Nada de fabricar una enorme carreta y de amarrarle sobre ella, siendo
arrastrado por centenares de caballos. Esto resultaria interminable y
haria durar su viaje varios dias. Ademas, es indigno de nuestro
progreso, a pesar de que usted nos cree barbaros porque hemos querido
olvidar la existencia de la polvora. En tres horas llegaremos a la
capital. Usted podra marchar a grandes pasos, sin salirse del camino, y
le escoltaran a gran velocidad nuestras maquinas terrestres y voladoras.
Pero como nuestros gobernantes no le conocen y temen una humorada como
las de aquel Hombre-Montana que se enloquecia bebiendo un liquido
caustico, sera usted sometido a las siguientes precauciones:

"Una maquina voladora ira delante, despues de haber enroscado un cable a
su cuello. Otra volara detras, con su cable amarrado a las dos manos de
usted cruzadas sobre la espalda. Puede avanzar sin miedo. Los
tripulantes de nuestros voladores conservaran siempre flojos estos lazos
metalicos. Pero por si usted intentase (lo que no espero) alguna
travesura, le advierto que los guerreros del aire tienen orden de dar un
tiron inmediatamente con toda la fuerza de sus maquinas, y que los tales
cables metalicos cortan lo mismo que una navaja de afeitar.... Y ahora,
gentleman, pongase de pie con cierta precaucion, para no causar graves
danos en torno de su persona. Debemos separarnos por unas horas; yo
marcho delante. Ademas, la comunicacion va a quedar interrumpida entre
nosotros desde el momento que usted recobra la posicion vertical,
aislandose en su grandeza inutil.

El ingeniero quiso protestar, algo ofendido por las precauciones a que
se le sometia.

--Ni una palabra mas--insistio el doctor--. Le advierto que anoche casi
demolio usted en la obscuridad una de nuestras maquinas voladoras al dar
un zarpazo en el aire. Falto poco para que cayese al suelo desde una
altura enorme, matandose sus tripulantes. Despues de esto, reconocera
que nuestro gobierno obra prudentemente al no tratarle con una confianza
ciega.

Se aparto el vehiculo-lechuza, sin que por esto la traductora, dejase de
dar ordenes a traves de su bocina.

Gillespie, despues de convencerse de que no quedaban cerca de el
personas ni animales a los que pudiera aplastar, empezo a incorporarse.
Sus piernas, tras una inmovilidad de tantas horas, estaban entumecidas y
se resistian a obedecerla. Al fin se puso de pie despues de largas
vacilaciones, y al recobrar su posicion vertical, los arboles mas altos
quedaron a la altura de su pecho. Todo su busto sobrepasaba la
centenaria vegetacion, y la muchedumbre de enanos, casi invisible bajo
el ramaje, saludo con un largo rugido la cabeza del gigante al surgir
esta por encima del bosque. Podian apreciar ahora la grandeza del
Hombre-Montana mejor que cuando le veian tendido en el suelo.

Los tripulantes de las maquinas voladoras se unieron a esta ovacion
haciendo evolucionar sus quimericas bestias en torno del rostro de
Gillespie. Pasaban tan cerca, que este tuvo que echar atras su cabeza
por dos veces, temiendo que le cortase la nariz una de aquellas alas
escamosas con sus puntas agudas como cuchillos. Las muchachas del
casquete dorado y larga pluma saludaban con risas los movimientos
inquietos del gigante. Pero una orden venida de abajo acabo con estos
juegos, restableciendo el silencio. Todavia la traductora rugio su
ultima orden, antes de partir.

--Gentleman-Montana, ilas manos atras! Gillespie lo hizo asi, y, apenas
hubo cruzado sus manos sobre la espalda, sintio en torno de las munecas
algo que parecia vivo y se enrollaba con una prontitud inteligente. Era
el cable metalico de la maquina que iba a volar detras de el. Al mismo
tiempo, otro monstruo del aire descendio con toda confianza al verle con
las manos sujetas, y quedo flotando cerca de sus ojos.

Ahora pudo ver bien a sus tripulantes: cuatro jovenes rubias, esbeltas y
de aire amuchachado. Gillespie hasta les encontro cierta semejanza con
miss Margaret Haynes cuando jugaba al _tennis_. Estas amazonas del
espacio le saludaron con palabras ininteligibles, enviandole besos. El
sonrio, y al oir las carcajadas de ellas pudo adivinar que su sonrisa
debia parecerles horriblemente grotesca. Estos seres pequenos veian todo
lo suyo ridiculamente agrandado.

La consideracion de su caricaturesca enormidad le puso triste, pero las
guerreras aereas volvieron a enviarle besos, como un consuelo, y hasta
una de ellas dirigio contra su nariz dos rosas que llevaba en el pecho.
Querian pedirle, sin duda, perdon por lo que iban a hacer con el
cumpliendo ordenes superiores.

Del fondo de la maquina voladora partio, silbando, un hilo plateado,
que, despues de dar varias vueltas en el aire como una serpiente
delgadisima, se metio por la cabeza de Gillespie, no parando hasta sus
hombros. El ingeniero se sintio cogido lo mismo que las reses de las
praderas americanas a las que echan el lazo. Un pequeno alejamiento del
avion, que tenia la forma y los colores de un lagarto alado, estrecho en
torno del cuello de Edwin el cable metalico.

Bajando sus ojos pudo examinarlo de cerca. Parecia hecho de un platino
flexible y era inutil todo intento de romperlo. Por el contrario, un
movimiento violento bastaria para que se introdujese en su carne lo
mismo que una navaja de afeitar, como habia dicho el profesor hembra.

Las tripulantes del lagarto aereo tiraron ligeramente de este hilo
metalico, y Gillespie, comprendiendo el aviso, dio el primer paso.
Ningun obstaculo terrestre se oponia a su marcha. La pradera estaba
ahora limpia de gente, lo mismo que los linderos del bosque. Todas las
maquinas rodantes, asi como las tropas de a pie y a caballo, habian
abierto la marcha, empujando a la muchedumbre para que se apartase del
camino.

Guiado por la maquina voladora que iba delante y dirigido igualmente por
la maquina de atras, que funcionaba a modo de timon, Gillespie solo
tenia que fijarse en el suelo para ver donde colocaba sus pies.

Empezo a marchar por un camino de gran anchura para aquellos seres
diminutos, pero que a el le parecio no mayor que un sendero de jardin.
Durante media hora avanzaron entre bosques; luego salieron a inmensas
llanuras cultivadas, y pudo ver como se iba desarrollando delante de el,
a una gran distancia, la vanguardia de su cortejo, compuesta de maquinas
rodantes y pelotones de jinetes. A su espalda levantaban una segunda
nube de polvo las tropas de retaguardia, encargadas de contener a los
curiosos.

Solo algunos audaces, contraviniendo las ordenes, se atrevian a llegar a
los bordes del camino. En torno de los pueblos de agricultores hervia el
vecindario, gritando y agitando sus gorras al pasar el gigante. Su
estatura permitia que lo viesen a larguisimas distancias.

Le obligaron a marchar sin descanso, porque el Consejo Ejecutivo deseaba
conocerle antes de que anocheciese. A las dos horas distinguio por
encima de una sucesion de gibas del camino, penosamente remontadas por
la vanguardia del cortejo, una especie de nube blanca que se mantenia a
ras de tierra.

Estaba envuelta en el temblor vaporoso de los objetos indeterminados por
la distancia. Solo el podia abarcar con su mirada una extension tan
enorme. Los tripulantes del lagarto volador examinaban la misma nube,
pero con el auxilio de aparatos opticos.

Una de las amazonas aereas le grito algunas palabras en su idioma, al
mismo tiempo que senalaba con un dedo la remota mancha blanca. El
gigante le contesto con una sonrisa indicadora de su comprension.

A partir de este momento la nube fue tomando para el contornos fijos.
Salieron poco a poco de la vaporosa vaguedad grandes palacios blancos,
torres con cupulas brillantes, toda una metropoli altisima, en la que
los edificios parecian de proporciones desmesuradas, sin duda porque sus
pequenos habitantes, por la ley del contraste, sentian el ansia de lo
enorme.

Esta capital de la Republica de los pigmeos se llamaba Mildendo en otros
tiempos. ?Como se titularia en el presente, despues de haber ocurrido lo
que el profesor Flimnap llamaba la Verdadera Revolucion?...




IV

Las riquezas del Hombre-Montana


El antiguo palacio imperial, construido por los soberanos de la
penultima dinastia, ocupaba el centro de la ciudad y era la residencia
de los altos senores del Consejo Ejecutivo.

Incendiado repetidas veces en el curso de los siglos y bombardeado
durante las guerras, habia sufrido numerosas reconstrucciones; pero la
mas grande y vistosa databa de pocos anos despues de la Verdadera
Revolucion, suceso que habia iniciado un nuevo periodo historico. Los
cinco senores del Consejo Ejecutivo vivian en el centro del palacio; en
una ala estaba la Camara de diputados, y en la opuesta, el Senado.

A la manana siguiente de la entrada de Edwin en la capital, este
palacio, que era como el corazon de la Republica, reanudo su vida mas
temprano que en los dias anteriores. Fueron llegando los altos empleados
del gobierno y casi todos los diputados y senadores, a pesar de que las
sesiones parlamentarias solo empezaban a celebrarse despues de mediodia.

En sus inmediaciones se aglomero una muchedumbre de curiosos para ver
como centenares de siervos, con la ayuda de varias gruas, iban
descargando de una fila de camiones-automoviles enormes y misteriosos
objetos, cuya aparicion era saludada con largos murmullos de asombro.
Todo el pueblo recordaba el espectaculo extraordinario de la tarde
anterior, cuando llego el Hombre-Montana a los alrededores de la ciudad.
El Consejo Ejecutivo habia determinado darle alojamiento en la antigua
Galeria de la Industria, recuerdo de una Exposicion universal celebrada
diez anos antes.

Esta Galeria era la obra mas audaz y solida que habian realizado los
ingenieros del pais. El Hombre-Montana iba a pasearse por dentro de ella
sin que su cabeza tocase el techo. Diez gigantes de su misma estatura
podian acostarse en hilera de un extremo a otro de la grandiosa
construccion. Su ancho equivalia a cuatro veces la longitud del coloso.

Situada sobre una altura vecina a la ciudad, el prisionero podia
contemplar, sin moverse de su alojamiento, toda la grandiosa metropoli
extendida a su pies, asi como el puerto con sus numerosos navios al
ancla y los campos y pueblecillos cercanos, llegando con su vista hasta
la cordillera que cerraba el horizonte, en la que habia cumbres de
ciento ochenta metros, solamente exploradas por algunos sabios capaces
de morir como heroes al servicio de la ciencia.

Una fuerte guardia impedia que los curiosos subiesen hasta la vivienda
del gigante, donde se estaban realizando grandes trabajos para su comoda
instalacion. El publico, ya que no podia verle, concentraba su
curiosidad en todo lo que era de su pertenencia, y por esto desde el
amanecer se aglomero en torno del palacio del gobierno para contemplar
la llegada de los objetos extraidos del navio del Hombre-Montana, que
los buques de la escuadra del Sol Naciente habian remolcado el dia
anterior.

Solo los amigos del gobierno y los personajes oficiales tenian permiso
para entrar en el palacio y ver de cerca tales maravillas. El enorme
patio central, donde podian formarse a la vez varios regimientos y en el
que se desarrollaban las mas solemnes ceremonias patrioticas, fue el
lugar destinado para tal exhibicion. Mientras llegaba el momento, los
invitados entraban a saludar a los altos y poderosos senores del Consejo
Ejecutivo y a los dos presidentes de la Camara de diputados y del
Senado, que vivian igualmente en el inmenso edificio.

Los guerreros de la Guardia gubernamental, hermosas amazonas de aire
desenvuelto y gallardo, defendian el acceso a las habitaciones
reservadas o se paseaban en grupos por el patio al quedar libres de
servicio. Estos militares privilegiados, que gozaban la categoria de
oficiales, pertenecian a las primeras familias de la capital. Iban
vestidos de la garganta a los pies con un traje muy cenido y cubierto de
escamas de plata. Su casquete, del mismo metal, estaba rematado por un
ave quimerica. Apoyaban la mano izquierda en la empunadura de su espada,
mirando a todas partes con una insolencia de vencedores, o se inclinaban
galantemente ante las familias de los altos personajes que iban llegando
para la ceremonia. Algunas mamas, severas y malhumoradas, encontraban
atrevida la expresion de sus ojos. Otras matronas, cuya barba empezaba a
poblarse de canas, quedaban pensativas y melancolicas a la vista de
estos hermosos guerreros, que parecian despertar sus recuerdos. Las
senoritas que ya estaban en edad de afeitarse fingian rubor ante sus
miradas audaces; pero las que no se veian objeto de la belicosa
admiracion se mostraban nerviosas, envidiando a sus companeras.


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