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El paraiso de las mujeres - Vicente Blasco Ibanez

V >> Vicente Blasco Ibanez >> El paraiso de las mujeres

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Paso por entre estos guerreros, con toda la austeridad de su caracter
universitario y sus opiniones antimilitaristas, el profesor Flimnap. La
inesperada aparicion del Gentleman-Montana habia dado una importancia
extraordinaria a la traductora de ingles. En unas cuantas horas se habia
convertido en el personaje mas interesante de la Republica. El gobierno
le llamaba para conocer sus opiniones; el rector de la primera de las
universidades, que hasta entonces le habia considerado como un triste
catedratico de una lengua muerta y de problematica utilidad, se dignaba
sonreirle, y hasta en la noche anterior, despues del recibimiento del
Hombre-Montana, lo habia invitado a cenar para que en presencia de su
familia contase todo lo ocurrido.

Los periodistas de la capital iban detras de el pidiendole intervius, y
hasta lo adulaban, hablando con entusiasmo de varios libros
profesionales que llevaba publicados y nadie habia leido. Personas que
le miraban siempre con menosprecio hacian detener en la calle su
automovil universitario en figura de lechuza.

--Mi querido profesor Flimnap--gritaban--, siempre he sentido una gran
admiracion por su sabiduria y soy de los que creen que la patria no le
ha dado hasta ahora todo lo que merece por su gran talento. Cuenteme
algo del Hombre-Montana. ?Es cierto que se alimenta con carne humana,
como van diciendo por ahi los hombres en sus charlas y chismorreos?...

Pero el profesor Flimnap tenia demasiado que hacer para detenerse a
contestar las preguntas de las ciudadanas curiosas. Apenas habia dormido
en la noche anterior. Despues de su cena con el jefe supremo de la
Universidad se traslado a la Galeria de la Industria para convencerse de
que el Gentleman-Montana podia dormir provisionalmente sobre trescientas
cuarenta y dos carretadas de paja que la Administracion del ejercito
habia facilitado a ultima hora. Poco despues de amanecer ya estaba en
pie el buen profesor, conferenciando con todos sus companeros del
_Comite de recibimiento del Hombre-Montana._ Estos, divididos en varias
subcomisiones, iban a dirigir a quinientos carpinteros encargados de
fabricar, antes de que llegase la noche, una mesa y una silla apropiadas
a las dimensiones del gigante, y a una tropa igualmente numerosa de
colchoneros, que en el mismo espacio de tiempo fabricarian una cama
digna del recien llegado.

El profesor Flimnap se proponia entrar ahora en las habitaciones
particulares de uno de los altos senores del Consejo Ejecutivo, que
momentaneamente era el presidente del supremo organismo. Cada uno de los
cinco individuos del Consejo lo presidia durante un mes, cediendo su
sillon al companero a quien tocaba el turno.

Estos cinco gobernantes eran mujeres, asi como todos los que
desempenaban un cargo en la Administracion publica, en la Universidad,
en la industria o en los cuerpos armados. Pero como durante los luengos
siglos de tirania varonil todos los cargos y todas las funciones dignas
de respeto habian sido designadas masculinamente, la Verdadera
Revolucion creyo necesario despues de su victoria conservar las antiguas
denominaciones gramaticales, cambiando unicamente el sexo a que se
aplicaban. Asi, las cinco damas encargadas del gobierno eran denominadas
"los altos y poderosos senores del Consejo Ejecutivo", y las otras
mujeres directoras de la Administracion publica se titulaban
"ministros", "senadores", "diputados", etc. Por eso Flimnap habia
protestado al oir que el gigante le llamaba profesora en vez de
profesor. En cambio, los hombres, derribados de su antiguo despotismo y
sometidos a la esclavitud dulce y carinosa que merece el sexo debil,
eran dentro de su casa la "esposa" o la "hija", y en la vida exterior,
la "senora" o la "senorita".

Flimnap habia creido necesario, teniendo en cuenta su nueva importancia
oficial, llevar bajo el brazo una gran cartera de cuero, semejante a la
que ostentaban los altos funcionarios del Estado cuando iban a despachar
con los senores del Consejo Ejecutivo. En esta cartera guardaba las
actas de las tres sesiones que habia celebrado el _Comite de
recibimiento del Hombre-Montana,_ asi como los presupuestos de gastos,
presentes y futuros, para la manutencion de tan costoso huesped. Ademas
llevaba una traduccion, en idioma del pais, que habia hecho de los
versos escritos por el Gentleman-Montana en su cuaderno de notas.

El buen profesor Flimnap estaba inquieto por la suerte de su protegido.
Gillespie le inspiraba un interes que jamas habia experimentado por
ningun hombre de su propia tierra. Dedicado por completo a los trabajos
lingueisticos e historicos, solamente habia tratado con mujeres, y estas
eran todas profesores malhumorados y de austeras costumbres. Sentia una
temblorosa timidez siempre que el rector le invitaba a alguna de sus
tertulias, donde habia hombres jovenes en edad de casamiento, ansiosos
de que alguien los sacase a bailar o que entonaban romanzas
sentimentales acompanandose con el arpa.

Ademas, en su afecto sincero por el recien llegado habia algo de
egoismo. Gracias al Gentleman-Montana, acababa de conocer
instantaneamente todas las dulzuras de la celebridad, siendo el
personaje mas popular de la Republica en los presentes momentos. Despues
de la fama de Gillespie venia la suya. iQue derrumbamiento tan doloroso
en la sombra si el gobierno acordaba la muerte de su gigante!...

La tarde anterior habia corrido hacia la capital a toda velocidad del
automovil-lechuza, prestado por su jefe el rector. Los altos senores del
gobierno estaban sobre un estrado junto al camino para ver llegar al
prisionero, teniendo a sus espaldas todo el vecindario de la capital, un
gentio tan enorme que se perdia de vista. Estos poderosos personajes lo
recibieron con grandes muestras de consideracion que no correspondian a
su humilde rango de profesor. El les hizo los mayores elogios de la
intelectualidad del gentleman gigantesco, declarandole distinto a todos
los colosos llegados antes al pais. Insinuo la conveniencia de guardarlo
por mucho tiempo, hasta saber, gracias a su cultura, los adelantos
realizados en el mundo de los hombres monstruosos, y copiar lo que
resultase aprovechable, si es que realmente habia algo digno de
imitacion, lo que le parecia algo problematico.

--Es lastima que este Hombre-Montana no sea una mujer....

Los senores del Consejo miraron con interes a Flimnap despues de sus
ultimas palabras, apreciandolo como un profesor de merito que habia
vegetado injustamente en el olvido, y mereceria en adelante su alta
proteccion. Tambien halago los gustos del rector, poderoso personaje
cuyos consejos eran siempre escuchados por los senores del organismo
ejecutivo.

El Padre de los Maestros--pues tal era su titulo honorifico--gustaba
mucho de los poetas, y hasta hacia versos cuando no estaba preocupado
por sus averiguaciones historicas. Todos los escritores de la Republica
alababan sus poesias como obras inimitables, siendo tales elogios el
medio mas seguro de alcanzar un buen empleo en la Ensenanza publica.

Al verlo Flimnap en el estrado de los senores del gobierno, se apresuro
a darle la noticia de que el gigante era tambien poeta, aunque "a su
modo", con toda la groseria y la torpeza propias de su sexo, pero
anadiendo que, a pesar de tales defectos, propios de su origen, parecia
poseer cierto talento.

--iOh Padre de los Maestros!--dijo--. Manana tendre el honor de
entregarle una traduccion hecha en nuestro idioma de los versos que he
encontrado en el cuaderno de bolsillo del Gentleman-Montana. Seria
deplorable que los altos senores del Consejo decidiesen su muerte. Mi
gusto seria traducir al ingles algunas de las inmortales obras de
nuestro admirable Padre de los Maestros, para que ese pobre gigante se
entere de que nuestra poesia ha llegado a una altura que jamas conocera
el, no obstante la grandeza material de su organismo.

Sonrio el Padre de los Maestros con modestia; pero esta sonrisa dio la
seguridad al profesor de que la vida del gigante estaba asegurada y que
este tendria ocasion de leer los versos del rector traducidos al ingles.

Luego, Flimnap recomendo a todos los ocupantes del estrado gubernamental
que mirasen al monstruo con los lentes de disminucion que habia traido
un companero suyo de la Universidad, profesor de Fisica, pues asi
podrian apreciarle tal como era.

Al entrar al dia siguiente en el despacho del jefe mensual del gobierno,
vio con alegria que el doctor Momaren, el Padre de los Maestros, estaba
hablando con el supremo magistrado. Flimnap, antes de dar cuenta al
presidente de todos sus trabajos, ofrecio a Momaren varias hojas de
papel con la traduccion de los versos de Gillespie. El Padre de los
Maestros, colocandose ante los ojos unas gafas redondas, empezo su
lectura junto a una ventana. Cuando Flimnap acabo su informe sobre los
trabajos para la instalacion del gigante, el personaje universitario se
aproximo conservando los papeles en su diestra.

--Algo flojitos--dijo con una severidad desdenosa--. Son
indiscutiblemente versos de hombre, y de hombre enorme. Pero seria
injusto negarle cierta inspiracion, y hasta me atrevo a decir que aqui
entre nosotros aprendera mucho, si es que llega a ejercitarse en el
idioma nacional.

--Para eso, ioh Padre de los Maestros!--dijo Flimnap--, sera preciso que
el pobre gigante viva.

--Mi opinion es que debe vivir--interrumpio el presidente--. Mi esposa y
mis ninas lo encontraron ayer muy simpatico al verle entrar en la
ciudad. Un hijo mio, que es del ejercito del aire y montaba una de las
maquinas que lo condujeron, me ha contado cosas muy graciosas de el.
Todos los muchachos de la Guardia gubernamental lo encuentran igualmente
muy agradable, y hasta algunos afirman que es hermoso.... Tuvo usted una
buena idea, profesor Flimnap, al aconsejar que lo mirasemos con lentes
de disminucion.... Yo opino que debemos dejarle vivir, aunque sea
unicamente por una temporada corta. Resultara carisimo, pero la
Republica puede permitirse este lujo, lo mismo que mantiene a los
animales raros de su Jardin Zoologico. Y usted ?que opina de esto,
ilustre amigo Momaren?

El Padre de los Maestros, convencido de que para el jefe del gobierno
resultaba infalible la menor de sus palabras, se limito a decir con
lentitud:

--Opino lo mismo.

--Entonces--continuo el presidente--, si usted manifiesta esa opinion a
mis companeros de Consejo, como todos ellos respetan mucho su alta
sabiduria, la vida del gigante queda segura.

El profesor Flimnap, deseoso de ocultar la satisfaccion que le producian
estas palabras, se apresuro a pedir la venia de los dos altos personajes
para abandonar el salon. Llegaba hasta el un rumor creciente de
muchedumbre. El gran patio del palacio debia estar ya repleto de
invitados. Una musica militar sonaba incesantemente.

Escapo Flimnap por unos pasillos poco frecuentados, temiendo tropezarse
con los periodistas, que iban a la zaga de el desde el dia anterior
pidiendole noticias frescas. Dos diarios de la capital, siempre en
escandalos a rivalidad, publicaban cada tres horas una edicion con
detalles nuevos sobre el Hombre-Montana y sus costumbres, poniendo en
boca del pobre sabio mentiras y disparates que le hacian rugir de
indignacion. Uno de los diarios defendia la conveniencia de respetar la
vida del gigante, y esto habia bastado para que la publicacion contraria
exigiese su muerte inmediata, por creer que la voracidad tremenda de tal
huesped acabaria por sumir al pais en la escasez, siendo causa de que
miles y miles de compatriotas pereciesen de hambre.

El profesor odiaba por igual a los dos periodicos y a las demas
publicaciones, que enviaban sus redactores detras de el como si fuesen
perros perseguidores de un ciervo asustado.

Deseoso de pasar inadvertido, subio a los pisos superiores con la
esperanza de encontrar un asiento en las galerias que daban al patio, y
estaban ocupadas esta manana por las esposas y las hijas de todos los
personajes de la Republica.

Su galanteria de mujer bien educada le obligo a permanecer de pie, para
no privar de asiento a los seres debiles y masculinos de larga tunica y
amplio manto que habian venido a presenciar la fiesta. La gloria del
profesor iba acompanada de una nueva vision de la existencia. Nunca le
habia parecido la vida tan hermosa y atrayente. Todas aquellas matronas
de barba canosa y brazos algo velludos, graves y senoriles, con la
majestad de la madre de familia, no podian conocerle por la razon de que
el habia rehuido hasta entonces las dulzuras y placeres de la vida
social. Nadie podia adivinar en su persona al celebre profesor Flimnap,
tan alabado por todos los periodicos. Despues hizo memoria de que en la
misma manana los diarios mas importantes habian publicado su retrato, y
procuro ocultar el rostro cada vez que un hombre se echaba atras el velo
para mirarle con vaga curiosidad.

Se fue tranquilizando al notar que las damas solo se fijaban en el fondo
del patio, ocupado unicamente por las mujeres. Los guerreros de la
Guardia, siempre con una mano en la empunadura de la espada y
acariciandose con la otra sus rizosas melenas, miraban a lo alto,
sonriendo a las senoritas, emocionadas bajo sus guirnaldas de flores y
sus velos. Algunas de ellas, que ya se consideraban en edad de
matrimonio por haberles apuntado la barba, contestaban a estas miradas
con guinos, que equivalian a frases amorosas, evitando el ser vistas por
las cenudas matronas sentadas a su lado. Este espectaculo frivolo, que
un dia antes habria sido despreciado por Flimnap, le emocionaba ahora
con honda sensacion de ternura.

--iOh, amor!... iamor!--murmuro el sabio.

La vida es hermosa, y el reconocia que guarda dulzuras y misterios no
sospechados por la Universidad.

Para vencer esta emocion inoportuna, se fue fijando en los personajes
que llenaban el patio. Un estrado, todavia desierto, era para el Consejo
Ejecutivo, los ministros y demas dignatarios. En otros estrados, ya casi
llenos, estaban los padres y los esposos de todas las damas que ocupaban
las galerias. Flimnap conocia a muchos por los retratos aparecidos en
los periodicos. Eran personajes parlamentarios, famosos a causa de sus
discursos. Algunos habian pertenecido al Consejo Ejecutivo y deseaban
volver a el, apelando a toda clase de intrigas para conseguirlo.

Guiado por la curiosidad y los comentarios de varias damas barbudas,
acabo por fijarse el profesor en una de las mujeres que ocupaban el
estrado de los senadores. Era Gurdilo, el celebre jefe de la oposicion
al actual gobierno: una hembra alta, desprovista de carnes, con el cutis
avellanado como si fuese de correa, y unos tendones gruesos y tirantes
que se marcaban en el cuello, en los brazos y en las demas partes
visibles de su cuerpo. Los ojos tenian una agudeza fija e imperiosa, y
su gesto era avinagrado, como de persona eternamente indignada contra
todo lo que no es obra suya.

El profesor, que por vivir dedicado a sus raros y profundos estudios
concedia escasa atencion a las cuestiones de actualidad, no se habia
fijado nunca en este personaje; pero ahora le miro con gran interes.
Adivinaba en el a un enemigo del Gentleman-Montana. Bastaria que el
gobierno decidiese el indulto de Edwin para que Gurdilo aconsejase su
muerte, como si de esto dependiese la felicidad nacional. Ademas, el
diario que pedia la supresion del Hombre-Montana habia ya reproducido en
una de sus ediciones ciertas palabras inquietantes del temible jefe de
la oposicion.

Vio el profesor como agitaba los brazos con violencia al hablar a sus
companeros del Senado, al mismo tiempo que fruncia el entrecejo y torcia
la boca con un gesto de escandalizada severidad. Esto le hizo creer que
estaba protestando de la ceremonia presente, de que el pobre gigante
hubiese sido conducido a la capital; en una palabra, de todo lo hecho
por el Consejo Ejecutivo y de cuanto pensase hacer.

Pero las observaciones del profesor fueron interrumpidas repentinamente
por el principio de la ceremonia. La musica militar, que seguia tocando
en el patio, quedo ensordecida por el redoble de una gran banda de
tambores que se aproximaba viniendo del interior del palacio.

Los altos y poderosos senores del Consejo Ejecutivo solo podian
presentarse en las ceremonias oficiales rodeados de gran pompa.

Entraron en el patio los tambores, que eran unos treinta, y detras de
ellos igual numero de trompeteros. A continuacion desfilo una tropa del
ejercito de linea, o sea de aquellas muchachas con casco de aletas que
Gillespie habia visto al despertar. Los soldados iban armados, unos con
arcos y otros con alabardas. Despues pasaron los guardias porta-espada,
llevando con la punta en alto y sostenidos por sus dos manos cerradas
sobre el pecho unos mandobles enormes que brillaban lo mismo que si
fuesen de plata.

De los tiempos del Imperio quedaba aun el ceremonial absurdamente
ostentoso de que se rodean los despotas. Varios pajecillos pasaron
moviendo altos abanicos de plumas blancas para que ningun insecto
viniese a molestar a los cinco magistrados supremos de la Republica.
Despues fueron desfilando estos uno por uno, pero no a pie, sino en
cinco literas llevadas a hombros por hijos de personajes influyentes,
pues tal honor representaba el principio de una gran carrera
administrativa. Las muchachas portadoras de las literas del Consejo eran
enviadas despues a gobernar alguna provincia lejana.

Pasaron igualmente las literas de los presidentes del Senado y de la
Camara de diputados, y a continuacion la del rector de la Universidad,
que tenia la forma de una lechuza y era llevada a brazos por cuatro
profesores auxiliares. Finalmente, cerraban la marcha, pero a pie, los
ministros, los altos funcionarios y un destacamento de la Guardia
gubernamental con largas lanzas.

Cuando los cinco del Consejo Ejecutivo y el Padre de los Maestros con
sus respectivos sequitos se instalaron en el estrado de honor, cesaron
de sonar las trompetas, los tambores y la musica, haciendose un largo
silencio. Iba a empezar el desfile de las cosas maravillosas que
formaban el equipaje del Hombre-Montana.

Un alto funcionario del Ministerio de Justicia, del cual dependian todos
los notarios de la nacion, avanzo con un portavoz en una mano y
ostentando en la otra un papel que contenia las explicaciones
facilitadas por el doctor Flimnap, despues de haber traducido los
rotulos de numerosos objetos pertenecientes al gigante. Estas
explicaciones arrancaron muchas veces largas carcajadas a la muchedumbre
pigmea, que sentia compasion por la ignorancia y la groseria del coloso.
En otros momentos, el enorme concurso quedaba en profundo silencio, como
si cada cual, ante las vacilaciones del inventario, buscase una solucion
para explicar la utilidad del objeto misterioso.

Lo que todos comprendieron, gracias a las explicaciones del profesor de
ingles, fue el contenido y el uso de unas torres brillantes como la
plata, que fueron pasando por el patio colocada cada una de ellas sobre
un vehiculo automovil. Estos torreones tenian cubierto todo un lado de
sus redondos flancos con un cartelon de papel, en el que habia trazados
signos misteriosos, casi del tamano de una persona.

La ciencia de Flimnap habia podido desentranar este misterio gracias a
la interpretacion de los rotulos. Eran latas de conservas. Pero aunque
el traductor no hubiese prestado sus servicios cientificos, el olfato
sutil de aquellos pigmeos habria descubierto el contenido de los enormes
cilindros, a pesar de que estaban hermeticamente cerrados. Para su
agudeza olfativa, el metal dejaba pasar olores casi irresistibles por lo
intensos. Todos aspiraban con fuerza el ambiente, desde los cinco jefes
del gobierno hasta los pajecillos porta-abanicos.

El paso de cada torreon deslumbrante era acogido con un grito general:
"iEsto es carne!..." Poco despues decian a coro: "iEsto es tomate!..."
Transcurridos unos minutos, afirmaban a gritos: "iAhora son guisantes!"
y todos se asombraban de que un ser en figura de persona, aunque fuese
un coloso, pudiera alimentarse con tales materias que esparcian un hedor
insufrible para ellos, casi igual al que denuncia la putrefaccion.

Deseosos de suprimir cuanto antes esta molestia general, los
organizadores del desfile hicieron aparecer en el patio a una veintena
de siervos desnudos, llevando entre ellos, muy tirante y rigida, una
especie de alfombra cuadrada, de color blanco, con un ribete suavemente
azul, y que ostentaba en uno de sus angulos un jeroglifico bordado, que,
segun la declaracion del profesor Flimnap, se componia de letras
entrelazadas.

Aqui la ciencia del universitario se extendia en luminosa digresion para
explicar a sus compatriotas la existencia del panuelo entre los
Hombres-Montanas, el uso incoherente que le dan y las cosas poco
agradables que depositan en el. Pero, como ocurre siempre en las grandes
solemnidades, el publico no presto atencion a las explicaciones del
hombre de ciencia, prefiriendo examinar directamente lo que tenia ante
sus ojos.

Un perfume de jardin que parecia venir de muy lejos empezo a esparcirse
por el patio, haciendo olvidar los densos hedores exhalados por las
torres plateadas. Las senoras y senoritas de las galerias se agitaron
aspirando con deleite esta esencia desconocida. Las mamas hablaban entre
ellas, buscando semejanzas y similitudes con los perfumes de moda entre
el sexo masculino. Algunas concentraban su atencion para poder explicar
en el mismo dia a los perfumistas de la capital la rara esencia del
Hombre-Montana, y que la fabricasen, costase lo que costase.

Luego entraron mas siervos desnudos llevando a brazo nuevos objetos.
Seis de ellos sostenian como un peso abrumador el libro de notas cuyas
hojas habia traducido Flimnap. Despues otros atletas pasaron, rodando
sobre el suelo, lo mismo que si fuesen toneles, varios discos de metal,
grandes, chatos y exactamente redondos, encontrados en los bolsillos del
gigante.

Estos discos eran de diversos tamanos y metales, llevando todos ellos de
relieve en sus dos caras un busto de mujer gigantesco y un ave de rapina
con las alas abiertas. Segun la explicacion del sabio Flimnap, servian
en el pais de los Hombres-Montanas como signos de cambio, y estaban
todos ellos comprendidos bajo el titulo general de "moneda".

Algunos eran de plata, y solo llegaban a las rodillas del siervo
atletico que se inclinaba sobre ellos para hacerlos rodar. Otros eran de
cobre, y poco mas o menos del mismo tamano. El publico, algo aburrido
por estos objetos sin interes, solo mostro cierta curiosidad al ver
cuatro discos movidos cada uno por dos hombres. Los tales discos
llegaban casi a la cintura de sus guias, y eran de oro macizo, teniendo
por adorno el relieve de una gran aguila con las alas desplegadas y una
especie de escudo con rayas y con estrellas.

Volvio a decaer el interes mientras iban desfilando otros esclavos por
parejas. Cada dos hombres llevaban entre ellos, lo mismo que si fuese un
cartelon anunciador, una faja de papel impreso mucho mas larga que alta.
Todos estos carteles tenian una capa de grasa y de suciedad, en la que
la vista microscopica de los pigmeos veia rebullir pequenisimos
monstruos del mundo microbiano. Los papeles estaban ornados de retratos
de Hombres-Montanas completamente desconocidos por el profesor Flimnap.
Todos ellos ostentaban la palabra "Banco" y una cifra seguida de la
palabra _dollar_.

El sabio profesor osaba emitir en su informe la teoria de que los tales
papeles tal vez representasen algo semejante a la moneda, pero sin poder
comprender su funcionamiento y su utilidad, y extranandose ademas de que
hubiese gentes que los aceptasen en lugar de los discos metalicos.

Tampoco el publico se fijo mucho en tales explicaciones. Deseaban todos
que terminase cuanto antes el desfile de los cartelones grasientos.
Entre las delicadas criaturas que ocupaban las galerias altas hubo
ciertos conatos de desmayo. Las matronas sacaban sus frasquitos de sales
para reanimar el dolorido olfato. En el estrado de los senadores se oyo
la voz del terrible Gurdilo.

--Solo una humanidad inferior--grito--puede llevar en sus bolsillos
semejantes porquerias. No creo que tengan empeno los Hombres-Montanas,
si gozan de sentido comun, en adquirir tales suciedades. Esto debe ser
simplemente un vicio, una mala costumbre del gigante que ha venido a
perturbarnos con su presencia.

Pero una nueva aparicion borro el malestar del publico, imponiendo
silencio al tribuno.

Varios hombres de fuerza avanzaron llevando sobre sus hombros una
especie de cofre cuadrado y muy plano. Parecia de plata, y sobre su cara
superior habia grabado un jeroglifico igual al que adornaba una punta
del panuelo.

El profesor Flimnap ignoraba lo que existia dentro de esta caja enorme.
No se habia creido autorizado para violar su secreto. El jefe de los
mecanicos de la flota aerea estaba alli con varios de sus ayudantes para
abrir el cofre, cuyo cierre habia estudiado durante toda la manana.

Colocaron los esclavos esta caja en el suelo verticalmente, mientras el
ingeniero y sus acolitos empezaban a forcejear en la cerradura, sin
resultado. Un martillazo dado por inadvertencia en una arista saliente
hizo que las dos enormes valvas de plata se abriesen de pronto, lo mismo
que una concha gigantesca, lanzando un crujido metalico. Los hombres de
fuerza se apresuraron a tirar de ellas, temiendo que se cerrasen, y
quedo visible su interior.


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