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Publishers Newswire Announced Today its Latest List of Books to Bookmark, for Q4/2008
REDONDO BEACH, Calif. -- Publishers Newswire, an online resource for small publishers, as well as lesser known and first-time book authors, has announced its latest quarterly 'Books to Bookmark' list, for Q4/2008. This list is a round-up of new and interesting books which are often missed due to not originating from big name authors, or major New York book publishing houses.

Book, 'Letters From Heroes', captures triumphs of the men and women who served in World War I and II
GILROY, Calif. -- The hardships, struggles, hopes and triumphs of the men and women who served in World War I and World War II is wonderfully captured in 'Letters From Heroes' (ISBN: 978-1-58909-570-0), by Edward T. Cook, a new book just published by Bookstand Publishing. This poignant collection of real letters from real servicemen allow the reader to see things through the eyes of these soldiers and understand their thoughts about war, training, sickness, the enemy and even their food.

In New Book, Mystery of the 6,000 Year Old Science and Art of Astrology Has Been Solved
SAN FRANCISCO, Calif. -- Author of the new book, ASTROMASKS (ISBN: 978-0-615-23386-4), Vijay Rishii Ph.D., announced today that his book reveals the secret code behind the ancient and controversial science of astrology. The author decodes astrology using a new concept of complementary pairs, and gives new meanings to the zodiac signs and their real connection to humans on earth, which has never been done before in the entire history of astrology.

El paraiso de las mujeres - Vicente Blasco Ibanez

V >> Vicente Blasco Ibanez >> El paraiso de las mujeres

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Ahora empiezan a fundar circulos hombrunos, en los que discuten sobre su
estado presente y forjan planes de emancipacion, hablando pestes contra
las mujeres. Ya existen dos clubs de esta clase, solidamente
constituidos uno de solteros y otro de casados.

Hasta hay jovenes que escriben, usurpando la pluma a las mujeres. Esto
indigna a nuestros venerables personajes del tiempo de la Verdadera
Revolucion que aun no han muerto, los cuales son partidarios del metodo
antiguo y proclaman la necesidad de que el hombre, para ser virtuoso,
debe vivir metido en su casa y no saber leer.

Algunos jovenzuelos audaces forman agrupaciones con el nombre de Partido
Masculista. Su doctrina la titulan el Varonismo. Pero debo anadir que
las mujeres se rien de esto, y los diarios lo aprovechan como un tema de
burlas e ironias para divertir a sus lectores.

Dentro de las casas la rebelion de los "varonistas" suele tener mas
importancia. A veces, la mujer, duena absoluta del hogar, como lo exigen
las buenas costumbres, se ve obligada a poner mal gesto y a infundir un
poco de miedo a su companero masculino, pues este pretende usurparle sus
funciones y grita que no quiere ser esclavo.

Me dira usted que asi empezaron las mujeres antes de la Verdadera
Revolucion; pero el caso no es el mismo. Solamente puede sonar con la
conquista del poder quien posea las armas, y mientras los "rayos negros"
hagan su trabajo destructor, nuestros antiguos despotas no llegaran a
conseguir que renazca el pasado.




VII

El mas grande de los asombros de Gillespie


Siempre que el doctor Flimnap se presentaba con algun retraso en el
alojamiento del gigante, creia necesario explicar el motivo de su
tardanza.

--Esta manana no pude venir, gentleman, porque asisti a una reunion de
autores de la _Gran Historia de las Mujeres Celebres._ Necesitaba dar
cuenta del estado actual del tomo cincuenta y cuatro, de cuya redaccion
estoy encargado. Falta poco para que lo termine, pero con la llegada de
usted tuve que suspender tan importante trabajo.

Y como Gillespie mostrase cierta curiosidad por la enorme obra, el
profesor le dio explicaciones sobre su caracter y sus tendencias.

Era el Padre de los Maestros el que la habia ideado, con la noble
ambicion de hacer olvidar hasta los mas remotos vestigios de la soberbia
masculina. Momaren consideraba necesario demostrar al mundo actual que
los grandes benefactores de la humanidad y del progreso habian sido
siempre mujeres. Los creadores de religiones, los filosofos, los santos,
los inventores, todos habian pertenecido al genero femenino; pero los
hombres, para apropiarse su gloria, falseaban las viejas cronicas,
incorporando a su sexo estas hembras gloriosas.

Gracias a la revision historica ideada por Momaren, todo iba a quedar en
su verdadero lugar, y las generaciones futuras se enterarian de que en
ningun tiempo habia existido un hombre verdaderamente celebre, pues los
que aparecian en la Historia como tales eran mujeres que los varones
habian cambiado de sexo.

Edwin, al oir mencionar al Padre de los Maestros, quiso saber por que
razon su maquina rodante y su litera tenian la forma de una lechuza.

--En nuestro pais, gentleman--continuo el profesor--, procuramos dar a
todos los objetos una forma artistica y simbolica, de acuerdo con los
gustos o la profesion de sus duenos. La lechuza es el emblema de nuestra
ciencia. A semejanza de este animal nocturno, el sabio vela mientras los
demas seres duermen.

Flimnap quiso hacer un regalo a su protegido. Del mismo modo que ella
gustaba de contemplar a Gillespie a traves de una lente de disminucion,
deseo que este emplease una lente de aumento para verla.

--Temo, gentleman, que sus ojos, acostumbrados a abarcar unicamente las
cosas enormes, no lleguen a distinguir los detalles y delicadezas de una
mujer pequena como yo.

Y el profesor, al decir esto, se ruborizaba, bajando los ojos.

Al fin, una tarde, al salir del plato-ascensor, recomendo a dos
servidores que cargasen con un disco de cristal llegado con ella. Era
del tamano de una rueda de carreta, y habia sido labrado en el Palacio
de Ciencias Fisicas de la Universidad Central. Flimnap se excuso de
traer con retraso esta lente, que habia prometido para el dia anterior.

--No es mia la culpa, gentleman. El profesor de Fisica tuvo esta manana
un hijo, y esto le ha hecho retrasar unas cuantas horas la entrega del
cristal.

Aprovecho la ocasion Gillespie para preguntar algo que le traia
preocupado desde que supo la gran victoria de las mujeres. ?Como habian
conseguido las vencedoras, dedicadas la mayor parte del tiempo a los
asuntos publicos, emanciparse de la servidumbre de la maternidad?

--iOh, gentleman!--dijo Flimnap--. Eso podia ser un problema en otra
epoca, cuando la ciencia estaba aun en sus descubrimientos elementales.
La maternidad entre nosotros no representa ya mas que una corta
molestia. Un simple resfriado da mas que hacer y obliga a mayores
perdidas de tiempo. Este progreso de la ciencia es el que mas ha
favorecido nuestra emancipacion. Las mujeres solo tienen que preocuparse
por unas horas del acto maternal, e inmediatamente vuelven a sus
trabajos, sin guardar huella alguna del accidente. Mi colega el profesor
de Fisica debe estar a estas horas trabajando en su laboratorio.

--Pero ?quien cuida a los hijos?--pregunto el gigante.

--Les cuidan los varones, como es su deber. Antes de venir aqui he
visitado a la esposa masculina de mi colega el profesor de Fisica, que
estaba en la cama con su pequeno. Son los hombres los que se acuestan
para dar calor al recien nacido, mientras las mujeres vuelven a sus
funciones, momentaneamente interrumpidas, para ganar el dinero que
necesita la familia.

El gigante lanzo una carcajada que hizo temblar el techo de la Galeria,
levantando un eco tempestuoso. Despues, al serenarse, conto al profesor
que muchos pueblos salvajes, alla en la tierra de los gigantes, habian
seguido la misma costumbre.

--Es que esas pobres gentes--dijo el sabio con sequedad--presentian sin
saberlo el triunfo de las mujeres.

Su enfado por las risas del Gentleman-Montana no duro mucho. Ademas,
Gillespie, queriendo desenojarla, se coloco bajo una ceja la lente que
le habia regalado para que la contemplase. El enorme cristal estaba
pulido con una perfeccion digna de los ojos de los pigmeos, los cuales
podian distinguir las mas leves irregularidades de su concavidad.

Vio Edwin a su amiga, a traves del nitido redondel, considerablemente
agrandada. A pesar de su obesidad era relativamente joven, sin una
arruga en el placido rostro ni una cana en la corta melena. Gillespie,
que la creia de edad madura, no le dio ahora mas de treinta anos, y
acabo por sonreir, agradeciendo la mirada de simpatia y admiracion que
el profesor le enviaba a traves de sus anteojos de miope.

Luego se dio cuenta de que el profesor, a pesar de la severidad de su
traje, llevaba sobre su pecho un gran ramillete de flores. Flimnap acabo
por depositarlo en una mano del gigante, acompanando esta ofrenda con
una nueva mirada de ternura.

Lo unico que turbaba su dulce entusiasmo era ver que la cara del coloso
se hacia mas fea por momentos. Aquellas lanzas de hierro que iban
surgiendo de los orificios epidermicos tenian ya la longitud de la mitad
de uno de sus brazos. Habia dirigido en las ultimas veinticuatro horas
dos memoriales al Consejo que gobernaba la ciudad pidiendo que le
facilitase una orden de movilizacion para reunir a todos los barberos y
hacerles trabajar en el servicio de la patria. Pensaba dividirlos en
varias secciones que diariamente cuidasen de la limpieza del rostro del
Gentleman-Montana, asi como de la corta del bosque de sus cabellos.

Al fin su tenacidad habia vencido la pereza tradicional de las distintas
oficinas por las que tuvo que pasar su demanda.

--Manana, gentleman, vendran a afeitarle y a cortarle el pelo. ?Donde
quiere usted que se realice la operacion?...

El prisionero prefirio el aire libre. Era un pretexto para permanecer
mas tiempo fuera de aquel local, cuyo techo parecia agobiarle, a pesar
de que se levantaba un metro por encima de su cabeza. Flimnap dio
ordenes para la gran operacion del dia siguiente, poniendo en movimiento
a la servidumbre del gigante. Pero estas ordenes, aunque el profesor
recomendo a su gente el mayor secreto, circularon por la ciudad.

Cuando los carpinteros, poco despues de la salida del sol, colocaron el
taburete del Hombre-Montana en medio de la meseta, al pie de la cual se
extendia el caserio de la Ciudad-Paraiso de las Mujeres, una muchedumbre
llenaba ya todo el declive, avanzando poco a poco hacia lo alto, a pesar
de los jinetes que intentaban mantenerla inmovil y a cierta distancia.

Los periodistas, siempre a caza de novedades, habian averiguado en la
noche anterior las disposiciones de Flimnap, y todos los diarios de la
capital anunciaron por la manana el primer rasuramiento y la primera
corta de cabellos del gigante despues de su llegada a las costas de la
Republica, lo que hizo que los desocupados acudiesen en grandes masas
para presenciar tan curioso espectaculo.

Gillespie mostro extraneza al salir de su alojamiento y ver a esta
muchedumbre inesperada. Pero el dia era hermoso, dentro de su encierro
habia una penumbra glacial, y creyo preferible sentarse al sol, teniendo
en torno a su taburete un espacio completamente libre de gente.

El alarido con que le saludo la muchedumbre extendida colina abajo fue a
modo de un saludo risueno. Sobre los miles de cabezas empezo a subir y
bajar una nube de gorras echadas en alto.

--iExcelente y simpatico pueblo!--dijo Gillespie, saludandole con una
mano.

Y mientras una nueva ovacion acogia estas palabras, ruidosas como un
trueno e incomprensibles para el publico, el gigante fue a sentarse en
su escabel.

La divertia contemplar como aquellos jinetes masculinos, barbudos y con
cimitarra, mandados por oficiales hembras, repelian a la muchedumbre
para que no avanzase hasta las puntas de sus zapatos. A un lado del gran
espacio completamente libre vio Gillespie un grupo de hombres que iba
descargando de cinco carretas varios cubos llenos de una materia blanca,
asi como ciertos aparatos misteriosos envueltos en fundas y una gran
tela arrollada lo mismo que un toldo. Debia ser el primer grupo de
barberos que entraba a prestar sus servicios.

Gillespie se sintio inquieto al darse cuenta de que el universitario no
habia llegado aun, a pesar de las promesas hechas el dia anterior.

--iProfesor Flimnap!--grito varias veces.

La muchedumbre pretendio imitar su voz, lanzando varios rugidos
acompanados de risas. El bondadoso traductor permanecia invisible.
Gillespie, irritado por esta ausencia, empezo a agitarse con una
nerviosidad amenazante para los pigmeos que se hallaban cerca de el.

De pronto se tranquilizo al ver que un hombre de larga tunica y envuelto
en velos, que habia permanecido hasta entonces inmovil en la puerta de
la Galeria, se aproximaba a su asiento. Cuatro esclavos le seguian,
llevando a hombros una larga escala de madera. La aplicaron a una
rodilla del gigante, y el hombre subio sus peldanos con agilidad, a
pesar de las embarazosas vestiduras, procurando que los velos
conservasen oculto su rostro.

Al quedar de pie sobre un muslo del Hombre-Montana, indico con gestos su
deseo de colocarse mas en alto para hablarle. El gigante lo tomo
entonces con dos dedos de su mano izquierda, lo deposito en la palma
abierta de su mano derecha y lo fue subiendo lentamente, hasta muy cerca
de su rostro. Esta ascension desordeno las envolturas del hombre velado,
quedando su rostro al descubierto.

--Gentleman--dijo en un ingles tan perfecto como el del profesor--, yo
pertenezco a su servidumbre, y creo que de todos los presentes soy el
unico que conoce su idioma. No se donde esta el doctor Flimnap; tambien
me extrana su tardanza. Pero si el gentleman desea algo, aqui estoy para
traducir sus deseos.

El hombrecito de los velos blancos tuvo que callar repentinamente para
afirmarse sobre sus pies y no caer de una altura tan enorme.

La mano de Gillespie habia temblado con la emocion de la sorpresa. El
pigmeo que tenia junto a sus ojos presentaba una rara semejanza con su
propia persona. Era un Edwin Gillespie considerablemente disminuido; sus
mismos ojos, su mismo rostro, igual estatura dentro de las proporciones
de su pequenez. Hasta creyo que su voz tenia el mismo timbre,
considerablemente debilitado. Parecia que era el mismo quien hablaba
desde una larga distancia.

De todas las maravillas que habia visto en la Republica de los pigmeos,
esta era la mas asombrosa. Lamento haber dejado dentro de la Galeria,
sobre su mesa, la lente de aumento regalo del profesor.

--?Quien es usted?--pregunto el gigante--. ?Como se llama? ?A que
familia pertenece?...

El hombrecillo, a pesar de que estaba en las alturas, miro en torno con
cierta inquietud, temiendo que alguien pudiese escucharle.

--Son demasiadas preguntas, gentleman, para que las conteste aqui--dijo
con una voz extremadamente debil, persistiendo en su miedo de ser
oido--. Bastele saber que mi protector es Flimnap, y que el me coloco
entre sus servidores despues de haberle prometido yo que nadie veria mi
rostro. Unicamente al notar la impaciencia del gentleman, y con el deseo
de serle util, me he atrevido a faltar a mi promesa. Le suplico que no
cuente nunca al profesor que me ha visto sin velos.

Iba a hablarle Gillespie, cuando llegaron a sus oidos los gritos de un
grupo de pigmeos que se agitaba junto a sus pies, mientras otros subian
ya por la escala de madera hasta una de sus rodillas.

Eran los barberos y sus servidores, que, una vez terminados los
preparativos de la operacion, querian empezarla cuanto antes. Algunos
tenian tienda abierta en la capital, y deseaban volver pronto a sus
establecimientos, donde les aguardaban los clientes. Estos trabajos
extraordinarios y patrioticos por orden del gobierno no eran dignos de
aprecio, pues se pagaban tarde y mal.

Gillespie hablo rapidamente al joven vestido de mujer, para convencerse
de que vivia cerca de el, en el mismo edificio.

--Cuando terminen de afeitarme--le ordeno--suba a mi mesa y
conversaremos solos. Me inspira usted cierto interes y quiero
preguntarle algunas cosas.

Suavemente bajo la mano, no hasta su rodilla, sino hasta el mismo suelo,
procurando, que el joven no sufriese rudos vaivenes en tal descenso.
Luego se entrego a los barberos que invadian su cuerpo. Flimnap no iba a
venir, y era inutil retardar la operacion.

Sintio como aquellos hombrecillos subian a la conquista de su rostro lo
mismo que un enjambre de insectos trepadores. Tenia ahora una escala
apoyada en cada una de sus rodillas; sobre los muslos se alzaban otras
escalas mas grandes, cuyo remate venia a apoyarse en sus hombros, y por
todas ellas se desarrollaba un continuo subir y bajar de seres
diminutos, agitandose como marineros que preparan una maniobra.

En cada uno de sus hombros se coloco un grupo de aquellos siervos medio
desnudos que se dedicaban a los trabajos de fuerza. Manteniendose sobre
estos lomos, curvos, resbaladizos y cubiertos de tela en la que hundian
sus pies, fueron desenvolviendo dos rollos de cable. Partieron de abajo
unos silbidos de aviso, y poco a poco izaron, a fuerza de biceps, una
enorme lona cuadrada, que servia de toldo en el patio del palacio del
gobierno cuando se celebraban fiestas oficiales durante el verano. Esta
tela, gruesa y pesada como la vela mayor de uno de los antiguos navios
de linea, la subieron lentamente, hasta que sus dos puntas quedaron
sobre los hombros del gigante, uniendolas por detras con varias espadas
que hacian oficio de alfileres. De este modo las ropas del
Hombre-Montana quedaban a cubierto de toda mancha durante la laboriosa
operacion.

Los barberos eran mujeres y pasaban de una docena. El mas antiguo de
ellos, de pie en uno de los hombros y rodeado de sus camaradas, daba
ordenes como un arquitecto que, montado en un andamio, examina y dispone
la reparacion de una catedral.

Empezaron los hombres de fuerza a tirar de otras cuerdas para subir al
extremo de ellas grandes cubos llenos de un liquido blanco y espeso. Al
mismo tiempo, por las escalas ascendian nuevos servidores llevando unas
escobas de crin sostenidas por mangos larguisimos. Estas escobas fueron
metidas en los cubos desbordantes de jabon liquido, y los servidores
empezaron a embadurnar con ellas las mejillas del gigante, consiguiendo,
despues de una energica rotacion, dejarlas cubiertas de colinas de
espuma.

La muchedumbre rio al ver la cara del coloso adornada con estas vedijas
blancas, y tal fue su entusiasmo, que, rompiendo con irresistible empuje
la linea de jinetes, llego hasta muy cerca de los enormes pies.

Mientras tanto, los maestros barberos empunaban dos largos palos
rematados por hojas ferreas, a modo de guadanas bien afiladas, que iban
a limpiar el rostro del gigante de su dura vegetacion. Cada uno de los
aparatos era manejado por tres barberos, que rascaban con energia este
cutis humano mas grueso que el de un elefante del pais, llevandose una
gruesa ola de espuma, con las canas negras de los pelos cortadas al
mismo tiempo.

Abajo, en torno de las piernas del Hombre-Montana, el desorden iba en
aumento. Los jinetes eran escasos para contener la creciente muchedumbre
de curiosos. Ademas hacian mayor la confusion muchas familias de la alta
sociedad, que, al enterarse por los periodicos de un espectaculo tan
inesperado, llegaban ansiosamente sobre sus rapidos vehiculos. Estas
gentes privilegiadas se iban colocando junto al coloso, sin que los
oficiales de la policia se atreviesen a hacerles retroceder.

Los barberos que trabajaban en una de las mejillas de Edwin, viendo su
guadana completamente cubierta de espuma, creyeron necesario limpiarla
con un palo antes de continuar su labor.

--iAtencion los de abajo!--grito el mas prudente.

Y desde la considerable altura de los hombros del gigante se desplomo
una bola espesa de jabon del tamano de dos o tres pigmeos. Este
proyectil atraveso el espacio como un bolido semiliquido, cayendo
precisamente sobre uno de aquellos jinetes barbudos y de voz atiplada
que movian su alfanje para que retrocediese la muchedumbre. iiChap!!...

El caballo doblo sus rodillas bajo el choque, para volver a levantarse
encabritado, emprendiendola a coces con los curiosos mas proximos.
Mientras tanto, el guerrero vestido de mujer hacia esfuerzos por
librarse de aquella envoltura pegajosa, en la que flotaban unos canones
duros, negros y cortos.

En el lado opuesto ocurria al mismo tiempo una catastrofe semejante.
Acababa de llegar en su litera, llevada por cuatro esclavos, la esposa
masculina del Gran Tesorero de la Republica: un varon bajo de estatura,
cuadrado de espaldas, barrigudo, y que asomaba su barba de pelos recios
entre blancas tocas.

--iOjo con lo que cae!--grito otro barbero al limpiar su guadana.

Y la nube de jabon vino a desplomarse precisamente sobre la litera de Su
Excelencia, que se volco bajo el golpe, derribando a dos de sus
portadores.

Tales incidentes obligaron a los jinetes de la policia a dar una carga,
haciendo retroceder a la muchedumbre. Volvio a abrirse un ancho espacio
en torno al coloso, y solo quedaron en este lugar descubierto los
vehiculos de las gentes distinguidas.

Asi pudieron los barberos continuar tranquilamente el rasuramiento de
Edwin, dejando caer sus proyectiles de espuma densa, que al esparcirse
sobre la tierra hacian saltar inquietos y asustados a los corceles de
los guardias. Cuando dieron por terminada esta operacion, se dedicaron
al corte de los cabellos del gigante, trabajo mas rudo y peligroso.

Armados de un sable corvo que llevaban sostenido entre los dientes, iban
trepando por las laderas del craneo, agarrandose a los haces de cabellos
como si fuesen los matorrales de una montana. Luego, apoyandose
solamente en una mano y blandiendo la cimitarra con la otra, daban
golpes a diestro y siniestro en la espesa vegetacion. Este trabajo
divirtio mas al publico que el anterior, a causa de la destreza de los
trepadores y del peligro que arrostraban. Podian matarse si perdian pie
a tan enorme altura.

Un gran personaje distrajo momentaneamente la atencion de los curiosos.
Se abrio ancho camino en la muchedumbre para dejar paso hasta el espacio
descubierto a un carruajito de dos ruedas, en figura de concha, tirado
por tres esclavos melancolicos que llevaban por toda vestidura un trapo
en torno a sus vientres. Estas bestias humanas iban guiadas por una
mujer, seca de cuerpo, con nariz aquilina, ojos imperiosos y un latigo
en la diestra. La corona de laurel que adornaba sus sienes sirvio para
que la reconociesen hasta aquellos que habian llegado recientemente a la
capital.

--Es Golbasto; es el poeta--decian todos mirandola con admiracion.

Ella atraveso el gentio sonriendo protectoramente como un dios, paso
igualmente entre los oficiales hembras, que la saludaban como a una
gloria nacional, y considero que debia colocarse por su rango a la
cabeza de todos los vehiculos privilegiados, o sea junto a las piernas
del gigante.

Las gentes distinguidas dejaron de mirar al Hombre-Montana para fijarse
en el gran poeta, y esto hizo que Golbasto creyese necesario murmurar
algunas palabras, como si fueran dirigidas a ella misma, para
corresponder al homenaje mudo de sus admiradores. Sus ojos,
acostumbrados a las vertiginosas alturas de la sublimidad ideal, se
remontaron por los perfiles de la masa grosera del gigante hasta llegar
a la cuspide donde trabajaban los barberos hembras.

--iQue audacia! iQue seguridad!--dijo con una voz cantante que parecia
exigir acompanamiento de liras--. Unicamente las mujeres son capaces de
realizar un trabajo tan arriesgado.

Asi como los barberos iban cortando la vegetacion capilar, la
amontonaban en haces, atando estos con un cabello suelto, lo mismo que
si fuesen gavillas de trigo. Ya eran tantos, que los segadores se movian
con dificultad, y uno de ellos empujo involuntariamente uno de los
haces, haciendolo rodar por las laderas del craneo.

Grito, agitando su sable, para avisar el peligro; pero la pesada gavilla
fue mas rapida que su voz, y vino a caer sobre la poetisa, doblandola
bajo su fardo asfixiante. Corrieron a salvarla los oficiales que habian
echado pie a tierra y muchos de los curiosos privilegiados. La gloriosa
mujer daba chillidos creyendose herida de muerte, y la muchedumbre, a
pesar de su admiracion, acabo por reir de ella con alegre irreverencia.

Al verse sentada otra vez en su carruaje, libre de aquella avalancha
fustigadora, igual a un haz enorme de canas, el susto que habia sufrido
se convirtio en orgullosa colera.

--iAnimal grosero!--grito ensenando el puno a Gillespie, como si este
fuese el autor del atentado contra su divina persona--.
iHipopotamo-Montana!... iHombre habias de ser!... iY pensar que un gran
pueblo se interesa por ti!...

Enardeciendose con sus propias palabras, dio un fuerte latigazo a una de
las pantorrillas del gigante. Despues envolvio en otro latigazo a sus
tres corceles humanos, y estos, que conocian el idioma de la
flagelacion, salieron al trote, haciendo pasar el carruajito entre la
muchedumbre.

La agresividad de la poetisa casi origino una catastrofe.

El Hombre-Montana, al sentir el escozor del latigazo en una pantorrilla,
se llevo a ella ambas manos, inclinandose. Los que trabajaban en la
cuspide de su craneo perdieron el equilibrio, agarrandose a tiempo a las
fuertes malezas capilares para no derrumbarse de una altura mortal. Dos
hombres forzudos que estaban sobre un hombro cayeron de cabeza, y se
hubieran hecho pedazos en el suelo de no quedar detenidos por un pliegue
de la enorme lona que cubria el pecho del gigante.

La escala apoyada en una de sus rodillas perdio el equilibrio,
derribando de sus corceles a tres de los jinetes barbudos y dejandoles
mal heridos. Varios de sus companeros desmontaron para llevarlos al
hospital mas proximo.

Descendieron los barberos de la cabeza del gigante, declarando terminada
la operacion. La caballeria dio una carga para ensanchar el trozo de
terreno libre y que el Hombre-Montana pudiera levantarse, volviendo a su
vivienda sin aplastar a los curiosos.

Asi termino el trabajo barberil, y la muchedumbre empezo a retirarse
satisfecha de lo que habia visto y proponiendose volver a presenciarlo
tan pronto como lo anunciasen los periodicos.

Comio Gillespie a mediodia, sin que el profesor Flimnap apareciese sobre
su mesa. Varias veces giro su vista en torno, buscando al hombrecito de
vestiduras femeniles que tan semejante era a el. Alcanzo a distinguir en
diversos lugares de la Galeria, entre los esclavos ligeros de ropas que
formaban su servidumbre, otros varones encargados de labores menos rudas
y que iban con trajes de mujer, lo mismo que el protegido del profesor
Flimnap. Pero sentado a la mesa como estaba, por mas que puso la lente
aumentadora ante uno de sus ojos, no pudo reconocer al tal joven en
ninguno de los hombres envueltos en velos que pasaban por cerca de el,
ni tampoco entre los que se movian en el fondo del edificio, donde
estaban las enormes despensas para su manutencion.


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